Pascual García (garciapascual@hotmail.com)

A uno le da la impresión algunos días, mientras atiende a los informativos de la tele o lee la prensa, de que estamos a merced de esas bestias civilizadas por las que siempre hemos sentido, paradójicamente, una ternura tan particular como correspondida, porque nos han acompañado, nos han sido fieles y nos han demostrado cariño, nos ayudan en ciertas tareas y muchas veces forman parte de nuestras vidas. Hasta hace unos años no eran más que perros obedientes, juguetones y un tanto díscolos, a veces, pero de un tiempo a esta parte han empezado a mostrarse agresivos de un modo casi radical y peligroso, y uno ya va por la calle con cierta precaución, sobre todo si lleva a sus hijos. Las noticias de niños degollados o malheridos por sus propias mascotas son tan habituales como lamentables.

Yo tuve de muchacho un ejemplar hembra, sin pedigree ni raza ni otros atributos que un inmenso instinto y su afecto por mí. Un buen perro nos marca sin duda para el resto de nuestra vida, pero es inadmisible que arriesguemos la integridad de los nuestros y nos expongamos nosotros mismos a una situación, a mi parecer, tan aventurada como ridícula. Ha cambiado, desde luego, la relación entre el animal y el hombre y a estas alturas del siglo, a algunos les gustaría ver a los toros lidiando y matando a los toreros en justa revancha por tantos años de noble tauromaquia, pero en este planeta, para bien y para mal, el que sigue mandando sobre todos los seres vivos es el hombre.

Aquellos perros de mi infancia en Moratalla eran callejeros, listos como el hambre, útiles y sin remilgos. Vivían con valentía, azuzaban a los burros en la cuesta del Castillo, exterminaban las ratas de los corrales y movían su rabo diminuto cada vez que los llamábamos. Eran un poco como nosotros, sin demasiada clase, pero nobles, de familia humilde pero valientes y estaban hechos a la dureza de la existencia.

Pero el país alcanzó cierto nivel económico y comenzamos a darnos al lujo, a la alta gastronomía, a la enología y adquirimos el privilegio decadente de los hoobys. Pasamos de comer, beber y entretenernos con una partida de tute a leer las revistas de moda, las listas de los mejores restaurantes y de los vinos más conspicuos. Y, por fin, nos compramos un perro de raza.

Igual nos daba que fuesen razas autóctonas de Groenlandia que depredadores humanos, pequeños como ratones o enormes como sambernardos. A veces no cabían en el piso de noventa metros y los padres pasaban la mitad del día paseando a sus animales por el parque, ahora ya con una bolsa de plástico en la mano derecha para ir recogiendo sus excrementos con una ternura y una disposición que algunos nunca tuvieron para con sus propios hijos.

Uno se estremece, cuando pasa a su lado una joven menuda y de complexión delgada tirando de un perrazo con evidentes dificultades para conducirlo, sin bozal ni medidas de seguridad alguna. No puede ser de otro modo, porque un pit bull terrier, un dogo argentino, un doberman o un rottweiller no son  animalitos dóciles, y lo peor de todo es que, en ocasiones, terminan por no reconocer ni a sus propios dueños. Me indigna la actitud benevolente, permisiva y civilizada en exceso con los perros y con los dueños que causan la muerte de un niño. No me gusta la crueldad gratuita, pero en el pueblo y en el barrio del que yo provengo un animal así era una bestia de la que era mejor deshacerse lo antes posible. Los derechos humanos atañen únicamente, como su nombre indica, a los hombres y a las mujeres que pueblan la Tierra. Para el resto de las criaturas, no hay otras leyes que las del equilibrio ecológico, el interés o la compasión.

Acariciamos el lomo y la cabeza de un pastor alemán o de uno de esos diminutos burreros de mi barrio y nos congratulamos por la corriente de afecto que se establece, pero si nos muerde la mano o, por desgracia, muerde el cuello de uno de nuestros hijos, no puede haber otra clemencia que la de entregar sus restos a la tierra para siempre.

Parece como si habitáramos en los últimos años el reino de las bestias y fueran ellas, esos temibles perros de presa (en muchos casos pertenecientes a razas creadas artificialmente por la maldad del hombre con fines casi delictivos) las que hubiesen iniciado una encarnizada cacería humana.

Echo de menos aquellos pequeños ejemplares caninos de las calles del Castillo, audaces y de mal genio, pero obedientes a la voz de sus amos, recostados sobre las baldosas al sol de los inviernos o en los rincones frescos de la canícula, supervivientes como todos nosotros de un tiempo de carestía y de rigores, inquietos, pero inofensivos. Perros de barrio que acompañaban nuestros juegos y nuestras horas de asueto, inolvidables y cercanos.