FELIPA GEA/Psicóloga, Sexóloga y Neuropsicóloga/

ESPACIO DE ALCOBA

¡La sección de Espacio de Alcoba ha vuelto! Como ya sabéis, tanto Félix como yo (Felipa), venimos a deleitaros con temas de Filosofía, Psicología y Sexología. Nuestra labor es ayudaros en la búsqueda de vuestros intereses, inquietudes y problemas. Por mi parte, os seguiré dando respuestas a vuestras preguntas sobre Sexología y Psicología, y si necesitáis ayuda más allá de la duda, podéis pedir cita en nuestros diferentes servicios. Pues, además de los servicios de Psicología y Sexología, tenemos el novedoso servicio de “asesoramiento filosófico” dentro de los servicios de Filosofía. Y dicho todo esto, hoy me paso por aquí para que me conozcáis un poco más. Creo que es lo mínimo que puedo hacer, tras recibir un poquito de vosotras y vosotros a través de las preguntas e historias que me hacéis llegar.

Espacio de Alcoba

Me han preguntado muchas veces por qué estudié Psicología y la respuesta os la podría dar corta y sin florituras, pero no cumpliría la misión de abrirme y que me conozcáis. Mi unión hacia la Psicología se debe a la Sexología. Pues con unos 8-10 años (no recuerdo la edad exacta), viendo el emblemático programa que presentaba Isabel Gemio los domingos por la noche y que recordaréis como “Sorpresa, sorpresa”, apareció una sexóloga que iba a ser sorprendida. No recuerdo la sorpresa, pero sí lo que explicó. Dijo que había estudiado Psicología y que después se había especializado en Sexología, que su trabajo consistía en hacer que las parejas se llevaran mejor, que funcionaran mejor como pareja (y en la cama, por supuesto) y que la mala comunicación era una de las principales causas que hacían que las parejas fueran infructuosas. Aquello hizo que se me encendiera la bombilla, pues la comunicación en casa no era para echar cohetes y, en mi inocencia, yo decidí que estudiando eso podría solucionarlo. En ese momento miré a mi madre, le dije: “ya sé lo que quiero ser, quiero ser sexóloga” y ahí empezó mi ahínco.

Durante esos años que me quedaban de colegio, mi madre me firmaba autorizaciones para poder sacar libros sobre sexualidad humana al estilo de “Érase una vez…” (estoy segura de que recordaréis esos fascinantes dibujos educativos). Lo que no consigue olvidar mi mente es cómo los maestros y maestras del colegio me preguntaban insistentemente si había falsificado la autorización, y esto me pasó con cada una de ellas. Todavía me sorprende el recelo que existía con estos temas y me hacía pensar que estaba haciendo algo malo. Además, por desgracia, sigue existiendo. Estos libros estaban a buen recaudo bajo llave y en la estantería más alta de la biblioteca, en la zona a la que sólo tenía acceso la persona encargada de la biblioteca. Toda esta aura, además mi decisión inquebrantable, hizo que mi interés sobrepasara la infancia y llegara a la adolescencia sin surcos.

No creáis que en la adolescencia terminó el recelo del que os hablaba antes, pues parece que se hizo viral en la sala del profesorado que yo quería ser sexóloga y una profesora del instituto, a la cual no conocía, ni me dio clase hasta 3º de ESO, pasaba todos los días por mi clase para hacer esta pregunta jocosa: “¿dónde está la sexóloga Guijander?”. Después, creyéndose muy graciosa, se iba por el pasillo riéndose. Os podéis imaginar que cuando la tuve de profesora de Biología fue una auténtica tortura. No obstante, a pesar de todo aquello, terminé bachiller totalmente empecinada en que iba a estudiar Psicología y después me iba a especializar en Sexología, al igual que aquella mujer de “Sorpresa, sorpresa”. Pues, además de lo que os he contado, también era fascinante para mí el por qué el ser humano se comportaba de todas esas maneras, sobre todo cuando era en relación a algo que le incomodaba. Al fin y al cabo, yo no estaba haciendo nada malo y, como estaba mucho más informada que todas esas incómodas personas incómodas (sí no está mal escrito, pues se comportaban de manera incómoda y estaban incómodas), pues más fascinante me parecía que creyeran y se comportaran de manera tan disfuncional. Ahora, tras la carrera de fondo, lo puedo entender más.

El ser humano es previsible e imprevisible a la vez, aparte de muy terco, pues fijaros en mi terquedad desde la infancia, y es eso lo que hace que seamos tan fascinantes. Vosotros y vosotras, seres fascinantes, podéis salir de vuestra incertidumbre escribiéndome.

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