JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

En enero de 1948 y propiciado por las autoridades religiosas portuguesas, se inició una corriente de fervor hacia la imagen de la Virgen de Fátima que traspasó las fronteras del vecino país y se extendió por toda EspañVirgen de Fátima en casa del empresario Don Tomasín tras la primera salida de su santuario en Cova de Iría a Ayamonte (Huelva), y posteriormente a Sevilla en julio siguiente, durante el pontificado en la sede Hispalense del cardenal Segura.

A aquella primera salida mariana por tierras cercanas de Andalucía, siguió pronto la gran peregrinación por todas las tierras de España de la imagen «peregrina», con grandes manifestaciones populares enmarcadas dentro del nacional-catolicismo de la época, imagen que también visitó Caravaca.

La citada corriente de fervor mariano hacia la imagen milagrosa aparecida en 1917 a los tres pastorcitos (Francisco, Lucía y Jacinta), rodeada por el misterioso secreto («el Secreto de Fátima») que tanto interés despertó en las generaciones de nuestros padres y abuelos, desvelado por Lucía en su vejez al papa Juan Pablo II, motivó el que algunas iglesias locales propiciaran peregrinaciones internas de tipo doméstico, como la que se organizó por los domicilios caavaqueños en los primeros años cincuenta, sin poder precisar con certeza la fecha exacta del comienzo de la misma, que con tanta ilusión acogió la sociedad local y tanta rivalidad suscitó entre las familias en el recibimiento y ornato del lugar donde en cada casa se depositaba la imagen durante veinticuatro horas.

Cada tarde, siempre a las 8, sin variación según la estación (pues en aquella época no había horario de invierno y verano como hoy sucede), se producía el traslado procesional de un domicilio a otro según el abultado estadillo de visitas que controlaba Emilio Andréu (el popular «Emilio el de la lonja»). Durante el traslado callejero se rezaba el rosario, dirigido por el párroco D. José Barquero Cascales, y se cantaban canciones religiosas por todos conocidas, como el «Ave María de Fátima». («El trece de mayo, la Virgen María, bajó de los cielos a Cova de Iría… A tres pastorcitos la Madre de Dios, descubre el misterio de su corazón…Haced penitencia haced oración, por los pecadores que imploran perdón…»). Al llegar a la puerta del domicilio receptor de la imagen, el trono se depositaba en mesita destinada al efecto, preparada con antelación por la familia, se terminaba de rezar el rosario y se cantaba la «Salve» (en latín, entonces por todos conocida), y el propio Emilio «el de la lonja» ó Martín Robles (el de «los Elías») se encargaba de trasladar manualmente la imagen desde su trono hasta el altar doméstico, preparado en el mejor lugar de la casa con tanto gusto y primor por los dueños de la misma.

A lo largo de la trasnochada y de toda la noche (pues las puertas de ese domicilio no se cerraban durante las 24 horas de la estancia virginal en el mismo), acudían vecinos, familiares y amigos, se rezaba el rosario y si se disponía de piano acudía la profesora de música Dª. María Rodríguez («la del Maestro de Música») a tocar melodías sacras. En cada caso, a los pies de la imagen se disponía una bandeja donde se depositaba la ofrenda en metálico del grupo familiar o social, que se entregaba a la Iglesia y que sirvió para edificar la entonces denominada «Ermita» (hoy parroquia de San Francisco»).

Al día siguiente, poco antes de las 8 de la tarde, de nuevo Emilio Andréu o Martín Robles (según un protocolo establecido y conocido por ellos mismos), sacaban la imagen de nuevo al trono, dispuesto a las puertas del domicilio receptor, y a la hora mencionada comenzaba un nuevo traslado tal como se ha descrito, y ello tanto si hacía buen o mal tiempo y si frío o calor.

Los traslados de la Virgen de Fátima por la gran mayoría de los domicilios caravaqueños dieron para mucho. Además del aspecto religioso que en todo momento se puso de manifiesto, también fueron momento o motivo de encuentro y cita para familiares, amistades y parejas que no tenían otro instante para verse. Oportunidad para negocios de compraventa, y venta e intercambio de lotería y, oportunidad también para el galanteo entre adolescentes que se encontraban «casualmente». Los citados traslados vespertinos eran muy concurridos, y en muchas ocasiones excusa para entrar en determinados domicilios, así como para el cotilleo y la comparación de tal o cual altar con el resto de los visitados, ya que se llegaron a construir verdaderas obras de arte efímero, e invertir cantidades considerables de dinero en la erección y arreglo floral de los mismos.

Por más de un año se prolongó aquel recorrido mariano en el que también participaron el convento del Carmen, el colegio de Monjas de la Consolación y los monasterios de clausura de las Claras y Carmelitas Descalzas, el cual concluyó con una gran procesión con la imagen por las calles de «la Carrera» (la tradicional «carrera del Corpus»).

Durante aquel período de tiempo se produjeron anécdotas sin cuento de las que los lectores de más edad tendrán las suyas propias y a quienes invito a su actualización en la memoria. En muchos lugares la estancia de la Virgen se inmortalizó con la llamada a fotógrafos callejeros locales como «el Chavo» o «Serrano», quienes dejaron sus trabajos para la posteridad. El viejo trono utilizado en los traslados, fue sustituido por otro más moderno y cómodo, pintado en azul celeste, fabricado y regalado por la empresa «Muebles Gran Vía», coincidiendo con la visita de la Virgen al hogar de sus dueños. Los domingos de mayo y octubre se organizaron «rosarios de la aurora» con salida y regreso al domicilio donde se encontraba la imagen, y fue costumbre generalizada que el dueño de la casa anfitriona obsequiara a la Virgen con hermoso clavel o rosa natural, que depositaba en las manos de la misma a su llegada al domicilio.

Años después, y en diversas ocasiones, la misma imagen de la Virgen de Fátima ha vuelto a hacer recorridos domésticos urbanos, pero con menos lujo e imaginación en la construcción de altares y por espacios de tiempo menor. La imagen, a todas luces inartística y fabricada en Olot, que aún se conserva en El Salvador y que años después fue coronada, sabe mucho de los caravaqueños que formaron la sociedad local del ecuador del S. XX, que tantos deseos y súplicas depositaron a sus pies y que, con cariño maternal ha mantenido en silencio.