Pedro Antonio Martínez Robles

Nunca he sabido por qué le llamaban La Fábrica del Hierro a aquel descampado en las afueras del pueblo, y quizá no llegue a saberlo nunca. Aquello era entonces un lugar remoto, muy próximo hoy sin embargo, devorado ya por las construcciones, irreconocible, apenas a 200 metros de la casa cuartel de la Guardia Civil, pero en ese tiempo del que hablo, aquel ejido quedaba en el extrarradio y llegar hasta allí implicaba alejarse demasiado del núcleo de población, salir del pueblo. Yo tenía menos de diez años cuando mi hermano Juan Carlos me dijo que los de un grupo escolar distinto al nuestro nos habían retado allí, en La Fábrica del Hierro, a un partido de fútbol y andaba en juego una caja de quintos de cerveza, impensable trofeo para un chiquillo de hoy con esa edad tan tierna como la que yo tenía entonces, pues ahora, con esos años casi de recién nacidos en los que acaban de despegarse la tetina del biberón de la boca, además del agua, solo conocen el nocivo sabor de los refrescos azucarados. Tampoco he sabido nunca de dónde salió el dinero para comprar aquella caja de cerveza, ni me preocupó entonces, ni me preocupa ahora, aunque imagino que aquella gestión debieron realizarla los alumnos más adelantados de mi grupo escolar, los que andaban ya en los 13 o 14 años. No recuerdo cual fue el resultado, quién ganó el partido ni qué fue de la caja de quintos de cerveza, pero me acuerdo perfectamente de mi crecida sensación de ser mayor  ante aquel reto, y de la estoica paciencia con que recibía en mis espinillas los bárbaros zapatazos de mis adversarios y sus pisotones en mis menudos pies. Es cierto que luché, no sé si con mejor o peor fortuna, pero sí con toda mi voluntad, en medio de aquel espacio de maleza seca, hollada por nuestros pies, que habíamos convertido en improvisado campo de fútbol, con dos grandes piedras en cada fondo para marcar las porterías.

Recuerdo aquel reto, en apariencia insustancial, como el principio de mi responsabilidad individual ante los desafíos que la vida iría poniendo ante mí, como los pone ante todos, y en los que no importa realmente tanto el trofeo que disputamos como la entrega personal por superarlos.

Han pasado muchos años desde aquella tarde, y ha pasado la vida como un ciclón que todo lo devasta.  De La Fábrica del Hierro no queda ya ni la menor huella, quizá la memoria, solo en algunos, de aquel día en que nos entregamos, siendo críos, a aquella hazaña de rivalidades futbolísticas en la más de uno soñamos con superar aquel reto inicial sin sospechar siquiera que era sólo el primer peldaño de una altísima escalera en cuya cima no nos aguarda ningún trofeo, sino el inmenso vacío de haber llegado a un final sin premios, pero con la satisfacción de haber luchado por el legado más hermoso: el de la vida.

 

21 de noviembre de 2020