PASCUAL GARCÍA

Por aquellos años el primer plato que servía tu madre de la olla familiar cada día era para tu padre. No solo se trataba e una cuestión de orden y preferencia, sino que además era en la superficie donde se concentraba la sustancia del guiso, el potaje o del cocido, y la madre, siguiendo aquella vieja tradición, recogida en el refrán: cuando seas padre comerás huevos, porque era el hombre quien traía, tras durísimas horas de trabajo físico, el escaso dinero para la manutención de la familia, se ocupaba de que el hombre de la casa se hallase bien alimentado para poder arrostrar todas las penalidades laborales del día.


Mi madre servía a mi padre el primer plato, nos servía a los hijos después y ella se echaba la última con una ordenada ortodoxia doméstica que llegaba de muchas generaciones atrás, siempre por la vía femenina, y que ella respetaba como un mandamiento sagrado.
Tiene su lógica si lo piensas bien, aunque parezca una lógica machista, pero la vida era muy dura entonces y lo único importante era sobrevivir. Trabajaba el padre, la madre atendía la casa y los hijos asistían a la escuela si les era posible; aunque la realidad era que terminaban trabajando todos dentro y fuera de casa, en la recogida de los frutos de temporada o en cualquier otra ocasión que se les presentaba, aunque fuera el hombre quien contaba, al fin, como cabeza de familia.
Por fortuna y con el paso de los años hemos ido superando ese estado de calamidad económica y de penuria social, pues en España, pese a la crisis acuciante, se come todos los días, aunque no se trabaje tanto.
En cambio, mi esposa, lo vengo observando desde que nacieron mis dos hijos, no me pone a mí nunca el primer plato. Si estamos en familia, porque el primero ha sido siempre para ellos, para los reyes de la casa y, si hay alguien de fuera sentado con nosotros a la mesa, porque la cortesía obliga a darle preferencia al que no es de dentro. Y para colmo es que tampoco soy yo el único de la familia que gana el pan de cada día con el sudor de su frente, también ella aporta un beneficio pingüe y, por lo tanto, deberíamos echarnos a la vez los primeros dos platos para cumplir con el viejo precepto, aunque hoy en día ya no constituya un drama, por fortuna, comer a diario.
Las costumbres cambian con la evolución de los tiempos y con ellas la escala de valores y la ética de una era. No solo son los hijos los primeros para comer, sino que lo son en todos los ámbitos de la vida hasta extremos, en ocasiones, ridículos, que no parece beneficiarles en todos los casos.
Aunque tal vez lo que a simple vista parece un triunfo de la civilización lleva aparejado un exceso en la consideración de la importancia que los más pequeños han terminado adquiriendo en la esfera social y de la familia hasta el punto de erigirse en algún caso en verdaderos tiranuelos cuya actitud suele desembocar en comportamientos de carácter indeseable. Es únicamente un síntoma más de cómo han cambiado las cosas y de que a veces no sustituimos actitudes negativas por cualesquiera otra mejores. Nos movemos como en un péndulo, de forma radical, como si huyéramos de nuestros propios errores en dirección a otros errores distintos.
Tampoco es que la culpa sea de ese primer plato que la madre le sirve a cada uno de sus hijos porque el padre es uno más de la familia y ya no necesita comer huevos.
No, tampoco es eso.