Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Me estaba esperando sentada en el primer escalón de la casa donde reside su madre, con un café que iba tomando a pequeños sorbos.  Todos los fines de semana le dejo los suplementos del periódico y yo me quedo con el diario, es una costumbre que he adoptado desde que me separé, porque a ambos, a su madre y a mí, nos interesan estas dos partes de la prensa. Mi hija lo sabía y me estaba aguardando, aunque al principio no terminé de reconocerla del todo, quizás porque no me esperaba su presencia en aquel sitio y a aquella hora.

Cuando llegué frente a la casa se levantó con un ademán resuelto y elegante, hacía dos meses que no nos veíamos tan cerca,  me dijo que le diera un abrazo y me conmovió, no solo porque en ese instante reconocí a la futura y heroica enfermera, el grado lo acaba el próximo año, sino porque todavía estábamos saliendo de las tinieblas de la cuarentena y manteníamos el estado de alarma.

Pero los gestos extrañan cuando son inesperados y nacen del corazón. Opuse alguna objeción de tipo sanitario, aunque ella argumentó con una firmeza propia de su carácter que ninguno de los dos estaba contagiado sin duda y que no pasaría nada.

Fue el primer abrazo, mi primer abrazo en estos terribles tiempos del coronavirus, fue el abrazo dulce y reconfortante de mi hija, cuyo carácter sólido no le ha impedido nunca mostrar una delicadeza extremada. Y tal vez por este rasgo me sorprende muy a menudo, a sabiendas de que es más fuerte de lo que enseña y, sin embargo, su piel es nacarada y fina y sus maneras femeninas y sutiles.

Por supuesto que después de más de dos meses no pude ni quise evitar romper en un llanto desconsolado, casi infantil, el llanto de un hombre que se había mantenido confinado en su piso y que apenas había salido a la calle a comprar comida, a sacar dinero y a la farmacia, supuestos todos que nos permitía el estado de alarma.

Durante muchos años los padres cuidamos de nuestros vástagos con el mimo que ellos merecen y que la ternura natural impone, los cuidamos y los amamos sin pedir nada a cambio pues no creemos merecer nada, han venido al mundo porque los trajimos nosotros y muy a menudo nos dan alegrías y satisfacciones sin cuento, mis hijos al menos así me las han dado siempre. En algún tiempo lejano las familias tenían hijos para que en la vejez cuidaran de sus padres y heredaran la tierra; hace mucho que esta idea no tiene, por fortuna, sentido alguno. Hemos entendido que no siempre podrá ser así, que ellos apenas dispondrán de tiempo, atareados con sus respectivas familias y con sus trabajos, para ocuparse de nosotros, por eso preparamos un futuro en el que la asistencia social y los seguros hagan su tarea y se ocupen de los mayores.

Mientras abrazaba a mi hija, ese portento de fortaleza y dulzura, pensaba en la enorme suerte que yo había tenido   con su nacimiento, pues en este abrazo me resarcía, sin que yo le hubiera pedido nada, de todos los sinsabores de la crianza y de la educación, sus bracitos y sus manos rodeaban el cuerpo de su padre para protegerlo del mal que nos acechaba y me exoneraban de la ardua responsabilidad que suponía contagiarla.

Era mi primer abrazo y no lo olvidaría nunca