Ángel Luís Peñalver Ruiz/Abogado.
I.-Estaban sentados al fresco en el corredor del patio interior de la aljibe.Los últimos días de Junio del año 1881 anunciaban un verano caluroso. Alonso de Góngora y Quirós y José María Caparrós, cura ecónomo de Santa María Magdalena comentaban, con estupor y pesar, las últimas noticias que llegaban desde Cartagena a cuyo puerto se habían desplazado esposas, padres e hijos de los desgraciados que habían partido hacia Argel para la campaña del esparto. Sucedió que Bou Amama, el día 11 se había sublevado contra la autoridad francesa y había dado muerte o apresado a buen número de los ochenta y ocho cehegineros que, junto con jornaleros de Caravaca y de pueblos de Almería se encontraban trabajando en el enclave de Saida..
Escucharon las notas de un piano y guardaron silencio. La melodía era un poema. Rebasaba la técnica y alcanzaba el lirismo. Un canto libre a la intimidad : amor, dolor y nostalgia. La pieza acabó en un dulce suspiro.-
Don Alonso llamó con cariño a Pastora y enseguida apareció una joven, casi una niña. Era la autora de la interpretación.-
Pastora ¿qué tocabas?, preguntó Don Alonso. La joven, vergonzosa ante la presencia del clérigo desapareció volviendo enseguida con una partitura que depositó sobre la mesa.-
En la cubierta blanca y con letra picuda de grandes caracteres se leía: Federico Chopin, y debajo, Nocturno Opus 9 núm. 2 en Mi Bemol, Mayor y una dedicatoria que rezaba “A  Madame Camile Pleyel”.-
Don Alonso se la pasó a Don José María y éste sí que conocía, dado su sobresaliente erudición, la vida del romántico compositor y pianista polaco que había fallecido en Paris varias décadas atrás.-
En la sala grande, el padre de su propietario Don Alonso de Góngora y Fajardo, había mandado colocarlo cuando lo trajeron de Madrid, en la misma época en la que el Casino de Cehegín se hizo de otro noble instrumento.Teclas de ébano y marfil del acreditado compositor y fabricante francés Joseph Pleyel.-
Don Alonso, aunque nada había dicho, tenía decidido que en su día pasara a manos de sus queridas nietas, Mª del Pilar y Mª Pastora.-
Al fin, tras tomar un sorbo de limonada helada el cura se despidió de Don Alonso quien a menudo le entregaba importantes donativos para remediar el hambre y la ignorancia que seguían castigando a Cehegín .-
Se despidieron en la puerta del callejón de los Poyos, enmarcada con dos columnas procedentes de la oculta e ignota Ciudad de Begastri, cuna de togas y cruces.-
En esa puerta, recordó Don Alonso, había caído asesinado su ancestro, el Alférez Mayor Don Alfonso de Góngora, según le relataba su padre Don Alonso de Góngora y Fajardo, quien sostenía que no fue un cara a cara; que Martín de Ambel le esperó y sin darle tiempo a defenderse acabó con su vida.-
Don José Maria encaminó sus pasos hacia la Parroquia. Al pasar ante el Casino, los socios que tomaban el fresco en la puerta, le saludaron con respeto y afecto.-
Don Alonso regresó al interior y penetró en el despacho desde el que con rigor gobernaba la inmensa hacienda.-
Había anochecido.Varias lámparas de gas iluminaban la estancia. Es cierto que prolongaban el día, como solía decir a menudo el notario Don Ildefonso quien trabajaba por la noche, pero él no soportaba los vapores que recargaban su cabeza.-
Tomó asiento ante una buena mesa de roble. Había dispuesto sobre el tablero numerosas escrituras amontonadas y ordenadas por fechas.
Ante la mirada inquisitiva de su padre, retratado en un cuadro que colgaba de la pared, se dispuso a escribir notas que tomaba de los documentos que repasaba uno a uno. Sintió inquietud, dejó la pluma y evitó mirar el cuadro. Creyó escuchar aquella voz del padre cuando en vida, al amor del hogar, relataba repetitivamente la historia de los Góngora y la ancestral rivalidad de los Fajardo..
Había escrito su respetado padre, Don Alonso de Góngora y Fajardo, toda la genealogía de la familia en sus distintas ramas, las crónicas de Cehegín y la historia de los Reyes contemporáneos. Guardaba, celosamente, en un estuche de madera unos rollos de papel, atados con una cinta de seda. Eran las copias de la causa criminal que se tramitó en la Chancillería de Granada contra Martín de Ambel,.Sin embargo, Góngora Guirós, aunque se había sentido tentado de hacerlo, jamás la había abierto. No deseaba remover cenizas de tiempos demasiado lejanos.
Don Alonso de Góngora y Fajardo, el del cuadro, había nacido en Cehegín en el año 1794 cuando el ejercito revolucionario francés, enviado por Robespierre, invadió el reino de Navarra. Ello fue el resultado de la errática política del Duque de Alcudia, Manuel Godoy, favorito del Rey Cazador, cartel que el pueblo había colocado a Carlos IV .
Era hijo de Don Alonso de Góngora Guevara y de Doña Manuela Fajardo Fernández.-
En realidad, la genealogía de los Góngora es casi inextricable y aquel Don Alonso de Góngora, Alférez  Mayor de la villa, no era mas que un eslabón de la cadena.
Aseguraba su padre, Don Alonso, el escritor y erudito, que una fatídica noche del mes de Abril del año 1623, el asesino le esperaba amparado en la oscuridad, armado de un terciado. Se lanzó sobre el desprevenido Alférez y le segó la garganta. Cuando los criados oyeron ruido y abrieron el portal, el cuerpo de Don Alonso yacía en la calle. Sus ojos abiertos mostraban sorpresa y terror. La vida se le escapaba a borbotones. No pudo hacer testamento ni confesar, actos indispensables para todo hombre de honor en aquel tiempo..
Su padre logró reunir una nutrida biblioteca. Se vanagloriaba de contar con obras de César, Salustio, Tito Livio, Tácito, y sobre todo guardaba con especial celo un ejemplar de La Filosofía Oculta de Cornelio Agrippa.
No fue un cara a cara como argumentó Ambel durante el juicio .Y la causa de honor tampoco se acreditó a pesar de que D. Cristóbal de Ambel gastó toda su hacienda en la defensa del hijo. Fue condenado, pero se recogió a andana, con el patrocinio de todos conocido en aquel siglo. El derecho de asilo sagrado databa de un Privilegio del Papa Bonifacio V, al que Carlos V, el César, hubo de ceder, más tarde, en el Concilio de Trento, en pos de la bendición papal en la cruzada que sostenía contra los herejes luteranos.
Sea como fuere, en contra se contaban versiones adversas, Don Alonso siempre rehuía el tema. El suceso ya estaba enterrado por el transcurso del tiempo, como los protagonistas. Alguien, en tiempos venideros, investigaría y escribiría la verdadera historia.
Cansado, se retiró al dormitorio y desechando la ayuda de su criado, Matías, se desvistió y echó sobre el enorme lecho. Dormía solo, desde que su esposa, Doña Antonia Dolores López Urrea dejó este mundo. Cayó en un sueño profundo inducido por la valeriana y miel que tomaba cada noche.
A veces se desplazaba a Bullas para visitar las fincas que poseía en esa villa. Aprovechaba para visitar a su hijo ,Don Alfonso de Góngora López quien había contraído matrimonio con la joven prima Doña Ana María Marsilla y Góngora.
Regresaba a Cehegín encerrándose con la servidumbre en el caserón de la calle Mayor de Arriba num.24.Tenía su entraba principal por la cuesta de los Poyos.
La soledad le abrumaba.
Era ya un anciano con más de setenta años. Entonces recordaba la historia que contaba en las tertulias del Casino, Don Joaquín Chico de Guzmán y López, asegurando que un marinero inglés llamado Alexander Selkirk había vivido cuatro años solo, rodeado de tortugas y cernícalos en las islas que descubrió el cartagenero Juan Fernández. De esa historia y de la odisea del capitán Pedro Carreño, se había apropiado un viajero, bebedor, espía, jugador, huido de los acreedores, llamado Daniel de Foe, para escribir la conocida novela Robinson Crusoe..-
Don Alonso dejó de acudir a la tertulia .
Su mundo se estrechaba demasiado, Tenía que dedicar el tiempo que le quedaba a dos capítulos inexorables. Se estremeció removiendo las sábanas. Se levantó temprano abrigándose con la bata de noche. La voz tronante del sereno se alejaba. Apoyó una mano huesuda, moteada de años en la mesa y lentamente cogió la pluma internándose en el vacío. El hombre del cuadro, su padre, le animó sin hablar.
Termina. Yo vigilo.
Comenzó a releer notas de años atrás.
“Estuve por primera vez con una mujer a los dieciséis años. Era una dama madura y elegante.”
Don Alonso dejó la pluma melancólico.
Pensó en sus nietas y entonces creyó escuchar el poema de aquella tarde pero el piano callaba.
Llamó a su criado Matías para que le concertara cita con Don Ildefonso, el Notario, y con la cabeza recostada en el sillón se quedó dormido.
Con el número de protocolo 56 del año 1882 del Notario Don Ildefonso González y Gómez, figura el testamento otorgado por Don Alonso de Góngora y Quirós el día 3 de octubre de 1882. Legó sus bienes, a favor de sus hijos Don Alfonso, Dª Ana María, Dª Maravillas y Dª María Mañuela de Góngora y López. Hubo otra hija, Doña María del Amparo, pero había fallecido el día 1 de julio de 1960 a los veinte años en estado de soltera.
Don Alonso ya había entregado a sus hijos las legítimas de su madre, Doña Antonia Dolores López Urrea, y los de sus abuelos maternos, Don Joaquín López Sánchez y Doña Josefa Urrea Peralta, así como las respectivas dotes.
Actuaron como testigos Don Donato Lorencio y Guijarro, comerciante, Don Francisco Martínez y Alcaraz, maestro de instrucción pública y Don Cristóbal Sánchez y Lorencio, propietario. Don Joaquín Chico de Guzmán y López era el Juez testamentario. Practicó la liquidación del impuesto de la herencia de las distintas hijuelas e inscripción de éstas en el Registro de la Propiedad de Caravaca.
El día 1 de julio de 1887, Don Alonso otorgó un Codicilo, reformando el testamento. Contaba entonces con setenta y tres años. La causa fue el fallecimiento de su hijo Don Alfonso a quien había legado todos los escritos de su padre, Don Alonso de Góngora y Fajardo, la genealogía de la familia, la historia de los Reyes de España y el estuche de madera, que por tal causa pasaron a sus hijas Doña Ana María y Doña Antonia Maravillas y a su nieto Don Alfonso de Góngora y Marsilla.
Dictó un segundo Codicilo el día 6 de diciembre de 1888 por el que anuló el legado
del piano Pleyel, de la sala grande, que había otorgado a favor de su hija, Doña Antonia Maravillas y pasó a disposición de sus nietas, Doña María del Pilar y Doña María Pastora Melgares y Góngora, hija de la suya Doña Ana María de Góngora y López junto con un documento privado incógnito hasta ahora, autorizado por el Notario, Don Gabriel González González, del que solo se sabe que impartía precisas instrucciones para la posesión del piano en la posteridad, de forma que siempre permaneciera en el seno de la familia Góngora.
No otorgó más disposiciones testamentarias, como se deduce del Certificado de Últimas Voluntades, expedido en Madrid el día 18 de julio de 1889 a instancia de Don Joaquín Chico de Guzmán y López, Diputado Provincial y de Don José Ciller y Quirós, Abogado y Auditor de Marina, Jueces Testamentarios. Actuaron como peritos para el justiprecio de los bienes, Don José Navarro Ruiz , carpintero, Don Antonio Carrasco Jiménez, cerrajero, Doña Ginesa Adam Tapia, costurera, Don José López Ibáñez, maestro albañil, Don Alfonso Martínez Valera y Don Juan Antonio Ciller Palud, y como testigos, Don Francisco Molina de Egea y Don Ramón Rodríguez Medina, alpargateros. Mejoró a su hija, Doña Ana María de Góngora y López, con la casa de la Calle Mayor de Arriba, número 24, en cuya sala principal seguía estando el piano, más un descubierto cercado de tapias a sus espaldas, en la calle Jardín antes Carnicerías. Esta casa, hoy mal conocida como de las Boticarias, pues debería titularse de los Góngora, dado la larga historia del inmueble, se componía de cuatro plantas y cincuenta habitaciones, patio en el centro y aljibe, con extensión de 864,74 metros cuadrados, lindando, según escritura otorgada por Don Pedro Alfonso Melgares Góngora y Doña Pastora Melgares Góngora ante el Notario de Cehegín, Don Pedro Giménez Lorente, el día 8 de febrero de 1906, frente cuesta de los Poyos (hoy Alonso Góngora), derecha entrando calle de La Unión, izquierda y espalda Doña María Isabel Ruiz (hoy Hospital de la Real Piedad).No olvidó a los sirvientes. A Concepción 175 pesetas y a Matias 75 pesetas.
El patrimonio de Don Alonso de Góngora y Quirós se componía de más de cien fincas inmuebles en los términos de Cehegín y Bullas. Sirva como curiosidad que poseía una de estas en la Tercia de Cehegín, lindando con Don Juan Martínez Oliva, y que todavía, en parte, es propiedad de Don Amador y Don Diego Moya Fernández – los Góngoros– sobrenombre que reciben por desviación del apellido Góngora. Dicha finca fue propiedad de Don Alfonso Moya Godínez, padre de éstos, quien la recibió de su madre, Doña Josefa Godínez y Góngora,.descendiente de Doña María Manuela Góngora. La cadena sucesoria es evidente. Además, también por el apellido Godínez puesto que Don José Godínez Leante, abogado, fue el esposo de la anterior, siendo así que engendraron un hijo llamado Luís, a quien la gente llamaba la Sota de Oros, quien también ejerció como abogado y murió asesinado, colgado por los pies, por unos malhechores que pretendían robar en su domicilio de la calle mayor de Abajo, una casa próxima a la que en estos tiempos habita Don Andrés López.
Como hombre de su tiempo, casta y educación, Don Alonso de Góngora y Quirós, cumplió el último capítulo de su vida. Confesó y recibió la extremaunción. El Cura, Don José María Martínez Ramón, Párroco de Santa María Magdalena se llevó a la tumba los pecados que perdonó al anciano Góngora..
Falleció en su casa de la calle Mayor de Arriba, rodeado de sus hijas y nietos, el día 6 de Abril de 1889.
Su hija Doña Antonia Maravillas, falleció, en la misma casa, el día 1 de Marzo de 1903 dejando sus bienes a sus sobrinos Doña Pastora, Don Pedro Alfonso y Don Ramón  Melgares y Góngora, cuando falleciese la usufructuaria, su hermana, Doña Ana Maria Góngora y López.
Doña Pastora Melgares y Góngora contrajo matrimonio con un hombre que le llevaba trece años, Don Juan Antonio Delgado Morales, recaudador de impuestos de Caravaca. Comoquiera que el recaudador intentó dedicar los bienes de su esposa al juego, el matrimonio devino en separación y Doña Pastora regresó a Cehegín trayendo consigo el piano Pleyel.
Vivió Doña Pastora los últimos años de su vida con su hija Doña Pilar Delgado Melgares de Aguilar, en la Calle Mayor de Cehegín ,num.15,1. Al fallecer ésta, el piano pasó a propiedad de Doña Ana María Lorencio Delgado ,esposa de Don Juan Martínez Martínez , funcionario que fue del sindicato vertical, y medalla del Trabajo .
De tal unión nacieron y viven Doña Maria del Pilar, Doña Paquita y Doña Maria Teresa Martínez Lorencio..
El precioso instrumento, de madera de nogal, está incólume, testigo mudo de más de ciento setenta años de historia de la familia Góngora y de sus descendientes, en la calle Mayor de Cehegín num.15.1.
Anoche, al pasar, por la noble calle, creí escuchar el nocturno de Chopin, el que aquella tarde del mes de Junio del año 1881 tocaba Pastora.-
O quizás solo se trató de la imaginación.

Nota del autor: todas las personas que se citan existieron. Las circunstancias históricas son ciertas e igualmente lo relatado acerca del piano Pleyel.-Era entonces Párroco de Santa Maria Magdalena, Don José María Caparrós y su conversación con Don Alonso, así como lo conversado en las tertulias del Casino pudieran haber ocurrido pero son licencias literarias .La forma en que murió Don Alonso, el Alférez, ha sido inducida por la lógica, pues no parece que Don Martín y él se batieran en duelo porque estos se celebraban en descampados y no en la misma puerta del domicilio de uno de los contrincantes.No obstante las versiones son libres.