Pedro Antonio Martínez Robles

(A Bernardina López Martínez, in memoriam)

Hay un lugar en el tiempo y en el espacio de nuestras vidas que ha de marcarnos de manera definitiva y que ni siquiera el drama atroz de la desmemoria podrá arrebatarnos. Un lugar que cada uno guarda más en el corazón que en el hipocampo de su cerebro.

Hace años, muchos años, falleció Bernardina, una tía de María José, mi mujer. Era joven todavía, pero la mano terrible del Alzheimer menoscabó, en los últimos años de su vida, el rosario feliz de sus recuerdos. Nació y creció en el entorno bucólico de la finca de Cañaverosa, un paraje donde mete una porción de su lengua la vega del río Segura, abrigado por las escarpaduras de la sierra y por los sotos y bosques de ribera; un lugar donde, para soñar, solo es preciso dejarse llevar por la magia natural que lo envuelve y que yo he tenido la fortuna de visitar en numerosas ocasiones. Hay un caserío sobre la vega, pinos, bosque, frutales, zarzamoras, y un puente de maromas de hierro y tablas centenarias que cruza el río. Y hay también, en los aledaños del caserío, un pino tan alto como el cielo, con un tronco inabarcable por el abrazo de dos hombres juntos. Y junto al pino un poyo, un poyo de piedra natural para soñar en el que Bernardina pudo contemplar, tantas veces, el lento declinar de sus tardes adolescentes, donde pudo vivir la ilusión de los primeros escarceos del amor de su vida, donde pudo escuchar el lento, casi imperceptible, pero vivo, rumor del monte que se alza allí mismo, junto a ese pino y ese poyo, donde pudo advertir el grito largo y encendido de los vencejos de abril, de julio y de septiembre, y el canto de los jilgueros, y el susurro eterno de las palabras del agua en el lecho próximo del río… Pudo tal vez la desmemoria, en el dolor de los últimos años de su existencia, borrar imágenes, días, viajes, sucesos, pero nunca las sensaciones que pudieron hacerla sentirse dichosamente viva en un lugar tan simple, tan sencillo y tan hermoso –tantas veces rememorado– como el pino del poyo, en el corazón del paraje de Cañaverosa.

Cuando Bernardina falleció, yo acompañé a la familia en el último viaje de sus cenizas hasta ese hermoso lugar donde se alza el majestuoso pino junto al que reposa el sillar vacío que tanta vida y tantos sueños pudo ofrecerle en su juventud y al que siempre regresaba en los espacios más lúcidos de su memoria, y contemplamos por ella la escarpadura del monte que allí mismo se inicia, su manto silencioso de agujas, de romeros y de aliagas a los pies de las coníferas, y el apagado caserío, y el hondón de la vega, y escuchamos por ella el grito de los pájaros por encima del bosque y por debajo del cielo, y desde el viejo puente de maromas de hierro y tablas centenarias que tantas veces cruzó, entregamos a la eterna palabra del río el último testimonio de su cuerpo, en ese lugar al que siempre y de manera definitiva quiso regresar.

Hay un lugar en el tiempo y en el espacio de nuestras vidas que ha de marcarnos de manera definitiva, un lugar que no reside en la cabeza, sino en el corazón y al que siempre querremos regresar por una última vez y para siempre; busquémoslo entre las páginas de nuestra vida, porque aunque no seamos capaces de recordarlo, es seguro que lo sentimos.

 

Calasparra, 18 de enero de 2020