PASCUAL GARCÍA

Me acuerdo que de muchacho la única razón por la que yo me levantaba temprano con buen ánimo era cuando mi padre me llevaba a buscar guíscanos a la sierra; ni siquiera  tenía que repetírmelo dos veces, me echaba fuera de la cama como un tornado, me bebía la leche que mi madre me había calentado siempre en exceso, porque mi madre se excedía en todo lo referente a sus hijos y me disponía a disfrutar de la jornada con el hombre con el que he trabajado en casi todas las faenas de la huerta y del campo, desde cortar leña para el invierno, cavar patatas, coger albaricoques, cortar uva en la vendimia de Francia, coger hortalizas en los invernaderos del Campo de Cartagena, recolectar almendras o varear las oliveras que llevábamos al tercio, y gracias al cual estoy trabajando ahora en otras labores muy distintas y mucho más satisfactorias, pues a su lado aprendí, siempre fue mi peor jefe, el más duro y el más exigente, que era preferible estudiar de firme y aspirar a otras actividades de mayor ambición y de ejercicio más sosegado porque la tierra y los animales que él conocía y amaba con tanta vehemencia, pericia y profundidad solo daban disgustos y mucha faena. Tienes que estudiar para defenderte en la vida, recuerdo que me decía, y esa defensa consistía en ocupar los mejores puestos, no permitir que nadie te humillara y proteger a los tuyos. Pero aquellas mañanas de otoño camino de los lugares del monte que él conocía como la palma de su mano donde daríamos con las manchas de guíscanos y llenaríamos los cestos y volveríamos a la hora de comer decididos a asombrar a mi madre con el botín preciado de la jornada no podré olvidarlas  nunca. Recuerdo a mi padre y a mi tío en mitad de las chaparras, perdidos durante minutos porque su entusiasmo no tenía límites, subiendo y bajando repechos de la sierra, saltando piedras y árboles caídos, descendiendo por barrancos y ramblas hasta dar con el sitio exacto en el que él sabía que hallaríamos las ansiadas piezas micológicas. Y, en efecto, nunca nos volvimos de vacío, siempre le pusimos a mi madre sobre la mesa  docenas de ejemplares que ella lavaba y freía de inmediato con la alegría compartida.

Hace años que apenas puede dar una vuelta por el pueblo por las mañanas y desde unos días acá ni siquiera eso, permanece sentado en un sillón de la entrada de la casa, come, si tiene hambre, a la hora que le corresponde y se acuesta o lo acuesta Fátima, la mujer que lo cuida en casa junto a su hija y que pasa las noches velando su sueño y su salud, mientras nosotros, sus hijos, atendemos a nuestras obligaciones laborales, a nuestras familias y a nuestros hijos, pero siempre atentos a la salud y a los avatares de mi padre, sobre todo los fines de semana, que acudimos a Moratalla, damos una vuelta por la casa, ponemos en orden los desperfectos, la economía y los pequeños sobresaltos sanitarios del anciano que ya nos mira desde otra parte, que ya no anda deprisa, acostumbrado a cruzar todos los campos del pueblo, desde Benámor a San Juan con una punta de ovejas o de cabras para venderlas en el mercado de ganado de Caravaca, porque sus días se están avabando.

En noviembre cumplirá noventa y tres años, casi un siglo, y se llevará a la otra parte del Leteo sus propios enigmas, sus viejos sueños y sus constantes desasosiegos. Ha hecho posible algunos deseos fundamentales, entre ellos ver a sus hijos disfrutando de una excelente posición social y económica, aunque naciéramos en el barrio del Castillo, a sus nietos que son su proyección y que triunfarán en la vida sin duda, pero en lo que a mí respecta, ya no me llamará los domingos de otoño para ir al monte a coger guíscanos, aunque donde él vaya es posible que no falte nunca algo que hacer.