Pedro Antonio Martínez Robles

Con frecuencia añoramos algo que perdimos alguna vez, sin saber dónde ni cómo ni  cuándo; algo que hoy, con toda probabilidad, no nos resultaría en absoluto de utilidad, pero a cuyo recuerdo seguimos aferrados como si se tratara de un elemento imprescindible para poder seguir respirando, aunque sea bajo la presión de esa pequeña y absurda losa que pone en nuestra conciencia el hecho de haberlo perdido. Yo he ido guardando muchos objetos inútiles por lo que simplemente podríamos llamar “su valor sentimental” y he ido dejando o perdiendo otros en el camino, cuyo extravío lamento cuando su imagen asalta mi memoria, y que no sirven para otra cosa que para entregarme a ese peligroso ejercicio de la nostalgia que nos trae más dolor que alegrías, aunque a veces nos complazca su melancólico, sosegado dolor.

De todas esas cosas que he ido dejando por esas trochas de la vida, hay una que vuelve a mí de manera recurrente cada vez que recuerdo mis convulsos años de adolescencia; esa época en la que, emulando a quienes nos aventajaban en algunos años, organizábamos bailes caseros como aquellos que con arrobo pude admirar casi a hurtadillas en una casa de mi calle, y en los que sonaban esas inolvidables canciones de los 60 de los Beatles, o aquellas míticas melodías de los grupos españoles, como “Con un sorbito de champagne”, “Lola”, “Tú me dijiste adiós”, o “Anduriña”. Ese objeto, perdido hace ya tantos años, y añorado de vez en cuando, no era otro que un comediscos de color naranja de aquellos que se pusieron de moda a principios de los años 70 y que mi primo Manolo, de quien guardo vivos y emocionados recuerdos, me regaló a su paso por Calasparra en su viaje nupcial con Mari Carmen. Fueron unos días, quizá no más de dos, creo recordar que del otoño de 1973, en los que pude acompañar a la pareja de mis primos, recién casados, a los pocos establecimientos de ocio nocturno que había entonces en el pueblo. De ellos recibí el generoso gesto de aquel regalo inesperado, que acompañaron de un par discos con las canciones que aquel año habían triunfado: “Soledad”, de Emilio José, y “La estrella de David”, de Juan Bau. Y fue con aquel comediscos a pilas con el que en más de una ocasión llegamos a reunirnos en el entonces amplio salón de la planta baja de mi casa para celebrar aquellos inolvidables bailes de adolescencia en los que empezábamos a sentir el pálpito de la vida y que fueron el germen de amistades tan perdurables como el tiempo que nos lleva y, en ocasiones, de parejas que se unieron para siempre.

Hermosos aquellos años y ya dolor por su lejanía.

Quizá ese afán por retener los objetos con los que nos identificamos en alguna etapa de nuestra vida no obedezca a otra cosa que a la engañosa creencia de que, conservándolos, podemos retener también un pedazo de ese tiempo que se nos fue para siempre. Cualquier día vuelvo a la casa de mis padres y entro en la habitación nº 16, que es donde dice mi hermano Javier que están guardadas todas esas cosas inservibles que alguna vez nos dieron un tiempo inolvidable, y busco por ahí a ver si encuentro el comediscos de color naranja y con él un trozo de mí mismo.

 

 

 

7 de noviembre de 2020