Juan Fernández del Toro

Fotografías: Archivo Municipal de Mula

En el siglo XVI Mula experimento un importante crecimiento urbano tras el derribo de sus murallas. Fue entonces cuando aparecieron en la villa dos grandes espacios abiertos hasta el momento inexistentes: la plaza y la corredera. La primera se convirtió en el centro neurálgico de los muleños, mientras que la segunda asumió el papel de anchurón en las afueras de la villa y en la que  se realizaba la feria anual de ganado, que tenía lugar en septiembre, así como los alardes semestrales a los que estaban obligados los hidalgos.

Paseo de Mula

Paseo de Mula

Con los años, la corredera dejó de utilizarse para aquellos alardes y comenzó a ser poco más o menos un estercolero. Su situación a las afueras, su desuso y que no fuera propiedad de un particular fueron las condiciones propicias para que los muleños vertieran allí toda clase de inmundicias. Para revertir la situación de este espacio, por la insalubridad que suponía, en la primera mitad del siglo XIX se limpió y plantó una alameda, pasando a conocerse como Plaza de San Francisco, por encontrarse en las inmediaciones del convento franciscano.

Fue ya en 1861 cuando se decidió realizar importantes obras para construir un paseo o glorieta, como lo llaman en los viejos papeles del Archivo Municipal, a costa de arrancar los árboles de la alameda, cuya subasta sirvió para costear las obras en una mínima parte. El proyecto, que pasó por diversas modificaciones por el escaso presupuesto del Concejo, fue redactado por el Arquitecto Provincial de Murcia, Juan José Belmonte y Almela, y las obras ejecutadas por el maestro de obras muleño José López Sanz, el mismo que en 1865 construyó el Heredamiento de Aguas de Mula. Los trabajos duraron algunos años y varias fases, tanto que ocuparon toda la década de 1860. Al parecer, el resultado poco tuvo que ver con lo inicialmente proyectado.

Para entonces, el paseo alcanzó tal importancia que incluso tenía guarda propio y se ponía especial atención en su cuidado, sobre todo de la fuente que se colocó allí. Además, en 1883, se acondicionó un escenario para que la Banda Municipal de Música pudiera deleitar allí a sus vecinos con exquisitos conciertos, lo que pone de manifiesto la aceptación de los muleños al nuevo espacio público. Se convirtió en una importante zona de recreo.

En 1919 mudaría su nombre al de Glorieta de Juan de la Cierva, en honor al destacado político murciano nacido en Mula. Sin embargo, la denominación como paseo ya estaba profundamente arraigada en los muleños y así siguió conociéndose popularmente. Por aquellos años, el mercado se celebraba en el paseo entre los meses de noviembre y abril, mientras que el resto del año era la Plaza del Ayuntamiento la encargada de asumirlo. También a esta época corresponde una importante reforma del lugar.

La obra de 1920 dio un nuevo aire al paseo, una apariencia acorde a los gustos de la época. A ella corresponde la construcción de la glorieta anexa al paseo, de forma circular, donde se colocaron cuatro fuentes chapadas en llamativos azulejos, hoy sustituidas por otras prefabricadas que nada tienen que ver con las originales. Esos azulejos también decoraban los muretes perimetrales de los alcorques, que todavía se dejan entrever en algunas zonas. Aún hoy podemos ver las columnas de fundición que sostenían los faroles y que fueron fabricadas por la Fundición Peña de Murcia. Una inscripción grabada en cada una de ellas lo recuerda.

Tras la Guerra Civil, volvió a cambiarse el nombre del paseo, en esta ocasión por el de Glorieta del Generalísimo, homenajeando al dictador, al tiempo que la plaza se denominó de José Antonio Primo de Rivera.

Las obras de años posteriores fueron modificando el aspecto del paseo, perdiendo la esencia que alcanzó en los años veinte. Mención aparte merecen aquellos proyectos desarrollados para el paseo a través de un concurso en 2009, pues los estudios históricos, imprescindibles para una correcta restauración, brillaron por su ausencia.  Suerte que aquello quedara solo en el papel…