JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

El derrumbe parcial de la cubierta del Palacio de la Encomienda caravaqueño, ocurrido el 30 de mayo pasado, ha vuelto a poner sobre la mesa de discusión, siempre tan llena de asuntos pendientes, el tema de la conservación del patrimonio arquitectónico local, una de las ofertas históricas al peregrino o turista que llega a la ciudad por motivos diversos, y este año 2017 especialmente por el muy especial del Jubileo.

El tejido arquitectónico público ofrece un buen estado de conservación tras su rehabilitación paulatina. Sin embargo, no sucede igual con el privado, y ello por culpa de las excesivas trabas para su restauración y rehabilitación que ponen las administraciones local y regional, que en un evidente exceso de celo acaban aburriendo a la propiedad de inmuebles históricos o simplemente de interés ambiental, hasta su abandono y posterior desaparición. En la mente de todos permanecen edificios como la Casa de S. Juan de al Cruz, la Casa de la Virgen, el Convento de S. José y algún que otro palacete del tejido monumental, además de “La Tercia”o “Encomienda”, de moda desafortunadamente estos días por la razón mencionada. Convengamos en que el edificio privado no pertenece únicamente a su dueño, sino que de la propiedad participa la ciudadanía por su carácter monumental o ambiental. Pero esa afirmación tiene un matiz. La fachada es de todos, forma parte del conjunto monumental. Igual sucede con las alturas, pero permitamos que su interior se rehabilite de acuerdo con las necesidades de quienes viven en su interior en el S. XXI y no de quienes vivieron en el XVII o en el XVIII cuando se construyeron. Hay soluciones que ya se han tenido en cuenta en otras comunidades autónomas, en las que sin devaluar un ápice el exterior, se puede actuar en el interior para evitar su inhabitabilidad, abandono y ruina posterior.

El Palacio de la Encomienda fue declarado en ruina “inminente” en marzo de 1979, por el Ayuntamiento que presidía Pedro García-Esteller Guerrero. Consecuencia de tal declaración fue la negativa a abandonarlo del comercio de comestibles de “Los Elías”, ubicado en parte de los bajos del mismo, al considerar que no existía peligro alguno como argumentaba el Ayuntamiento. La negativa de los últimos “Elías” fue avalada por el arquitecto José Alberto Sáez de Haro quien, en razonado escrito a la entonces Delegación del Ministerio de Cultura en Murcia alegó que el daño que afectaba al edificio se encontraba en el segundo cuerpo y en el del fondo, pero que el cuerpo de fachada, de dos crujías, y la bodega, estaban en perfecto estado, negándose a aceptar el proyecto presentado por la propiedad para hacer en el solar que quedaría tras el derrumbe, una edificación en forma de CE, con espacio central abierto a la calle “que rompería totalmente el trazado primitivo, de gran interés urbanístico”. El arquitecto mencionado aconsejaba que en el caso de una nueva edificación deberían abrirse soluciones urbanísticas que permitieran el mantenimiento de la edificación principal. Como consecuencia de aquel escrito y de otros apoyos a la conservación del cuerpo noble de la edificación y su fachada a la C. de Rafael Tejeo, se paralizó el proyecto comenzando a partir de ahí su degradación hasta nuestros días.

Para preservar el inmueble en delante de especulaciones contra su integridad, y tras los informes oportunos de la Administración Regional, el Ministerio de Cultura, por Resolución de 30 de julio de 1982 de la Dirección General de Bellas Artes, Archivos y Bibliotecas, incoó expediente de declaración como monumento histórico-artístico a favor del inmueble citado (BOE de 11 de octubre de 1982), incoación que no llegó a ver concluido el expediente de declaración posterior como BIC ya que, el 23 de noviembre de 2009, la Dirección General de Bellas Artes y Bienes Culturales de la Consejería de Cultura y Turismo ( competente ya en estos asuntos tras las transferencias en materia cultural a las Comunidades Autónomas) declaró la caducidad del procedimiento de declaración de monumento histórico-artístico de “La Tercia” o Palacio de la Encomienda de Caravaca, archivándose el expediente administrativo abierto en su día para la incoación (BORM de 11 de diciembre de 2009).

Desde entonces mucho se ha escrito sobre el inmueble en cuestión, tanto en las páginas de este periódico como en la Revista de Fiestas de la Stma. Cruz. La última página de su historia la escribió el propio edificio a finales de mayo pasado, al no soportar más, por su ancianidad, el paso y el peso de los años; y también el descuido humano hacia él. Fue prudente “La Tercia” al no causar daños personales, pero el serio aviso que dio, en nombre propio y en el de sus compañeros que se encuentran en parecidas condiciones de salud, no debe caer en saco roto, y sí concienciar a la sociedad local sobre el futuro próximo de nuestro patrimonio cultural, sobre todo el arquitectónico.

Un curioso documento de julio de 1658, conservado en el Archivo Regional, aporta una más que interesante información sobre la distribución interior del edificio, con motivo del traspaso de poderes en la administración de la Encomienda por parte de Fernando Salsamendi a favor de Pedro Ladrón de Guevara, en presencia del gobernador y alcalde mayor de la entonces villa de Caravaca Francisco León Santos. En el documento citado se menciona la “portada de piedra franca labrada” y el zaguán distribuidor, efectuando un detallado recorrido interior en el que se da cuenta de las puertas y ventanas, con sus cerraduras y armarios. La ubicación de la cocina, el lavador, las escaleras de acceso, fregador y bodega. Jaraíces de aceite, cuarto para la leña, despensa y terraza. Sala de granero, palomar y “sala de la quinta mesa” (¿?) en los aposentos que están empezados a hacer”. Curiosamente se da más importancia a las dependencias destinadas al almacenamiento de productos de la tierra que a las estancias de ocupación humana. Para nada se menciona, por ejemplo, el espacio destinado a dormitorios, posible sala de recepción etc. Siendo el que podríamos pensar salón principal (iluminado por el balcón central de la fachada), un lugar destinado a granero; lo que no siempre pudo ser así, pero así era en 1658.

El edificio tiene su historia que está deseando contar a quienes quieran escucharla. Sugiero a quien o quienes corresponda, dejarlo que se exprese públicamente y que se le ofrezca la oportunidad (con generosidad y mirando al futuro) de ser útil a la sociedad, despojado de lo superfluo en nuestros días.