Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

He vuelto a reconciliarme con el otoño, que fue durante toda la infancia y la juventud mi estación predilecta, me gustaban los grises húmedos y fríos y los marrones hogareños y cálidos, porque me sentía en casa, en mi pueblo y en mi barrio, en aquella infancia de calles caprichosas y tendidas sobre la ladera de un cerro mágico desde las que era posible vislumbrar la sierra, las cañadas y un horizonte de sueño y de bruma frente al que departíamos muchas tardes mis amigos del Castillo y yo, o jugábamos a la bola o al churro o a la vaca y permitíamos que los años pasaran sobre nosotros con ligereza inconsciente como si nada tuviera que ver con nuestras vidas.

Moratalla era en aquellos días, y lo sigue siendo, un pueblo de otoño y de invierno, una sorpresa de nieve y de verdes, de cielos helados pero dulces bajo los que nunca faltaron los charcos de aquellas calles mal pavimentadas donde jugábamos a un fútbol rudimentario y echábamos cuentas acerca de un futuro que nos parecía lejano e imposible, y que jamás creímos alcanzar, de hecho, alguno de nosotros no ha llegado a verlo.

En otoño volvíamos de la vendimia en Francia y nos íbamos a la escuela con el mismo aire aventurero, firme y decidido con que  habíamos ido al tajo francés durante casi dos meses de fatiga y escaseces, porque otra cosa no, pero reaños hemos tenido siempre de sobra y hemos sabido buscarnos la vida en cualquier sitio, a cualquier precio. Nos han faltado y nos faltan gobernantes municipales, inteligentes y honrados, y nobles y con vocación de servicio público, que amen verdaderamente a Moratalla.

Entonces yo era un muchacho de invierno y hoy, mientras me instalo estos días de octubre en mi piso del centro y me hago con el nuevo espacio, los olores diferentes, la luz de la calle entrando por las ventanas e inundando de gracia otoñal los rincones, siento que he recobrado de repente aquella alegría de los días cortos y de los anocheceres rápidos, de las noches entrañables con la familia junto a la chimenea, ahora que mis noches las paso solo junto a la tela y la calefacción está centralizada, y he logrado, al fin, estar conmigo mismo en tan buenas relaciones como lo he estado con tantos amigos y tantas amigas toda mi vida.

Anduve cabizbajo y cariacontecido durante unos años por la ausencia de luz que me traía noviembre, como si hubiese perdido aquella vieja alegría autumnal que tanto me llenaba, acaso porque he creído siempre que la luz y el buen tiempo son pasajeros y superficiales y que es el frío y la penumbra los valores climáticos y emocionales que permanecen del todo en mi corazón, y esto que llega de la primera luz que vemos, permanece para siempre, constituye una huella constante en nuestra alma y nos acompaña el resto de nuestra vida. Por unos meses y por efecto de una crisis sentimental extravié mis señas de identidad y me acució el temor de las sombras, como si me hubiera convertido en un hombre diferente, anduve perseguido por las postreras luces de las tardes y enfrascado en una soledad que me era hostil, hasta que convertí la extrañeza en cercanía y la soledad en un bien reconfortante. Y un día, después de escribir páginas y versos durante dos años de encierro, llegó el amanecer y respiré el aire libre.

Y este otoño he vuelto a perdonar mis debilidades y apaciguar mis demonios interiores, porque todo anda, por fortuna, bien, la casa sosegada, como escribió San Juan y el corazón ya no halla fuera del bien centro y reposo, en palabras de Lope.

Y a buen entendedor…