Ya en la calle el nº 1051

El olor del albaricoque

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Pedro Antonio Martínez Robles

<<Hueles a fruta madura y a juventud>>, solía decirle a María José en aquellas noches de junio en las que yo esperaba a la puerta de la fábrica de conservas a que terminara su turno de trabajo para acompañarla hasta su casa en una larga caminata después de una agotadora jornada en la cocina de la conservera. Era al principio de nuestro noviazgo; éramos jóvenes y entonces no nos importaba caminar. Ella aprovechaba sus vacaciones, tras finalizar el curso en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos, para ganarse un buen dinero en unas largas jornadas de doce y catorce horas diarias metiendo en botes aquellos albaricoques partidos y deshuesados cuyo aroma llevo grabado en la memoria desde esos hermosos días de mi infancia, de mi adolescencia y de mi juventud.

En ese periodo de casi treinta años que soy capaz de recordar entre 1965 y principios de los años noventa, advertíamos en el pueblo una creciente actividad al inicio del verano. Los estudiantes, con los libros de texto “recién aparcados”, colgaban de sus hombros las capazas fruteras para aprovechar la campaña de recolección en una época en la que todas las manos eran pocas y el dinero extra que podían ganarse suponía un enorme alivio para sus casas, sus vacaciones estivales y parte de los gastos del curso próximo. No sé por qué motivo, el ciclo de cultivo y maduración del albaricoque búlida era más largo en esos años y su cosecha se prolongaba entonces prácticamente hasta finales de junio; casi toda nuestra huerta y gran parte de la vega estaban ocupadas por albaricoqueros de esa aromática y exquisita variedad que hoy apenas encontramos, sustituida, desafortunadamente, por otras variedades de ciclo más temprano, tal vez de frutos más vistosos, pero de carne ácida, con poco sabor y sin aroma.

No quiero pecar de nostálgico (aunque quizá, a mis años, inevitablemente, lo sea), ni quiero caer en ese tópico de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, pero cuando me acuerdo de ese “olor a fruta madura y a juventud” que yo percibía en María José (mi novia entonces y mi esposa hoy) en 1979, en 1980, o en 1981, tras su jornada laboral en la fábrica de conservas, o recuerdo el aroma que colmaba mi calle en los meses de junio del segundo lustro de 1960, cuando mi padre dejaba aparcado junto a la acera de la puerta de mi casa el viejo Leyland cargado con cajas de albaricoques búlidas para transportarlos hasta las fábricas de conserva, no puedo evitar que algo se mueva en mi memoria, en mi olfato y en mi corazón.

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