Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Aunque nuestro DRAE (Diccionario de la Real Academia Española) no distingue del todo entre la palabra infidelidad y la palabra deslealtad, me da la impresión de que cualquier hispanohablante conoce la sutil diferencia entre ambos términos. Los separa un claro matiz sexual. Deslealtad es un vocablo blanco que nos recuerda nuestra falta de apoyo a un amigo o a un proyecto, nuestro cambio de opinión a una idea o a una empresa, la traición a nuestros propios principios  éticos, sean estos los que sean, y todo ello en un ámbito intelectual, moral o social, pero la infidelidad es otra cosa, y aquí estamos de acuerdo todos; el portero de tu edificio no te será nunca infiel por que le pase tu dirección a una firma de seguros, ni tu amigo del alma por que le cuente uno de tus secretos íntimos a su novia; ni tu jefe por no mantener su palabra de guardarte el puesto de trabajo hasta que acabaras la mili. Todos sabemos que la infidelidad no es eso, siendo todo eso terriblemente decepcionante y, a veces también, doloroso.

En cambio somos infieles del todo y sin remisión alguna cuando al final de la cena de Navidad nos marchamos con nuestra compañera del trabajo a tomar una última copa y no regresamos a casa con nuestra esposa hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Nadie dudaría de que en el ínterin ha ocurrido algo grave, aunque tal vez muy satisfactorio para nosotros y para la compañera. No digamos nada de esas relaciones al margen de la otra y del otro que se dilatan en el tiempo y que, en ocasiones, son más reales que la que mantenemos en nuestro propio hogar.

Digo todo esto porque se ha puesto de moda el eufemismo desleal, cuando se quiere decir, en realidad, infiel, la nueva palabra tabú, que desde algunos programas televisivos nos salta a la cara y sus conductores nos la evitan para que no nos haga daño. Es posible que el primer término sea más grave a veces que el segundo, porque no implica solo un intercambio de fluidos temporal o un asunto de piel y de cama, sino algo más arraigado al corazón y a los sentimientos, pero lo que está claro es que la carga sexual de infiel nos provoca cierto rechazo, suena como una detonación lingüística    en lo más profundo de nuestras acendradas y pacatas costumbres burguesas y nos cuesta horrores deglutirla y hacer bien la digestión; ser desleal es otra cosa, un pecadillo de gente guapa y elegante, un desliz apenas significativo, como si se nos manchara de ceniza nuestro imponente abrigo de lana y nos la quitáramos con un leve toque de la mano. Ser desleal es muy poco, aunque a algunos les haya costado su trabajo, la ruina económica o una amistad de décadas.

Algo se ha invertido en nuestra escala de valores o, tal vez, todo depende del ámbito en el que se use la palabra. Para un militar, se trataría de una traición, y en años de guerra, llevaría aparejada la pena de muerte, como lo sería para un agente del servicio secreto, y para un alto técnico de una empresa, significaría la venta de una importante información exclusiva acerca de cualquier prototipo o un objeto de consumo. Y no creo que conservara su trabajo si lo pillan a tiempo.

Le demos las vueltas que le demos sólo se es infiel a uno mismo y no serlo entraña una fortaleza de ánimo y unas agallas que no todos tenemos siempre. Pero sea como sea, utilicemos la palabra justa y hablemos con propiedad, que la mayoría puede soportarlo.

Al menos, yo sí.