José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de la Región de Murcia

Hasta que comenzó a funcionar la denominada aldea global, los profesionales liberales no sólo vivían sino que se integraban en la vida social de los pueblos donde estaban destinados. Uno de los profesionales cualificados, junto al corredor de comercio, los jueces y el registrador de la propiedad era el notario, y uno de los notarios que ejercieron la profesión en Caravaca durante parte de la segunda mitad del S. XX fue el granadino D. Juan Torres López, quien llegó a la ciudad a primeros de enero de 1958 para ocupar la plaza que había dejado vacante su antecesor D. Juan Arroyo Pucheu, permaneciendo entre nosotros durante ocho años, hasta junio de 1965.

Hijo también de notario: D. Juan Torres García, quien murió en el ejercicio de la profesión en la localidad alicantina de Elda en 1936, fue el tercero de los hijos del matrimonio formado por aquel y su esposa María López Luque. Su formación media tuvo lugar en el prestigioso colegio de Santo Domingo de Orihuela, entonces bajo la advocación de la Inmaculada Concepción, y la universitaria en las universidades Central de Madrid y Salamanca, licenciándose en Derecho en esta última siendo rector de la misma D. Miguel de Unamuno y habiendo tenido maestros tan conocidos en la Historia de España como José María Gil Robles, Luís Recasens, José Antonio Oncea y Antonio Polo Ruiz, entre otros.

Con las ideas muy claras desde siempre, sobre cual habría de ser su profesión, comenzó a preparar las oposiciones a Notaría, que se vieron interrumpidas por la Guerra Civil. Aprobó las oposiciones al cuerpo de Notarios en 1942, obteniendo plaza primero en Valdepeñas de Jaén y después en Cuevas de Almanzora donde, curiosamente, sustituyó a Carlos Arias Navarro, último presidente del Gobierno del General Franco y primero del reinado de D. Juan Carlos I.

El 5 de enero de 1958 tomó posesión de la Notaría de Caravaca, única entonces en la ciudad, ubicada en la C. del Pilar nº 5, frente a las dependencias traseras del Círculo Mercantil, donde tuvo como oficiales, sucesivamente, a Juan José Mora Leante, Blas Salazar Talavera, Adrián Caparrós Molina y Miguel Reina Gironés.

En junio de 1944 había contraído matrimonio con la salmantina Mª Elena Reymundo Royo, con quien tuvo seis hijos: Juan, Manuel, Fernando, Javier, Elena y Ana María (ésta última nacida en Caravaca). Al llegar a la ciudad lo hizo solo, hasta que encontró acomodo para la familia. Como otros profesionales destinados en Caravaca, se alojó en el Hotel Victoria, al cuidado del recordado José Mari Robles, donde coincidió con Luís el de las Minas y el fiscal Vicente Recuero entre otros, y desde donde salió cuando pudo traerse a la familia, pocos meses después, al entonces denominado Chalet de Juan Rico, ubicado en la carretera de Murcia, frente a la fábrica de conservas de los Tudela, el almacén de Valentín el de las Patatas y el taller de chapistería de Pedro Navarro, por el que comenzó pagando la nada desdeñable cantidad mensual de 1000 pts. tras haber rechazado el edificio que le ofrecieron, sin rehabilitar, al comienzo de la Cuesta de la Plaza frente al Hotel Bernardo.          En Caravaca coincidió con profesionales cualificados como el juez de instrucción José María González Templado, el juez municipal Francisco García Rueda, el fiscal Vicente Recuero Cepeda, el registrador Enrique Bergón Oltra y el corredor de comercio José María Trueba de la Cantoya; habiendo tenido una oferta para hacerse cargo de la alcaldía de la ciudad, al cesar en la misma el médico Ángel Martín Hernández, por parte de su amigo Antonio Luís Soler Bans, entonces Gobernador Civil de la provincia; oferta que, por ética personal y profesional no aceptó.

También en Caravaca formó peña de amigos con el profesor  José Moya, el veterinario José Muelas, el abogado José Torné, el procurador Gabriel Elbal, el médico otorrino José Juan Parras, el también veterinario Desiderio Piqueras el registrador Enrique Bergón, el director de banco Ángel Orgilés, el alcalde Amancio Marsilla y los terratenientes Francisco Ruiz Zapata y Mateo el de la Pesquera quienes, junto a sus esposas, organizaban cenas en el Bar de Bartolo en la Cuesta de la Plaza y hasta llegaron a alquilar un autobús para desplazamientos familiares de placer.

Aficionado al Dominó, participaba en partida diaria vespertina en la cafetería Dulcinea de la Gran Vía, junto a sus amigos José Muelas, José Torné y Gabriel Elbal. Así mismo gran aficionado al deporte, desde su juventud en que alineó en el equipo de fútbol del colegio de Sto. Domingo de Orihuela, fue leal seguidor del Real Madrid y practicó la natación obteniendo algún que otro galardón. Frecuentaba en verano la piscina pública municipal, donde hoy se ubica el instituto Pérez Chirinos, en la que gustaba competir con Juan Torralba y Francisco Capitán España.

También aficionado al cine y al teatro, solía asistir, con su mujer, a los espectáculos de revista y comedia que la empresa Orrico contrataba cada lunes entre lo mejor de la escena española.

Muy familiar. Gustaba de reunir en su casa a los amigos y a los amigos de sus hijos en los años del comienzo de la TV, cuando en muy pocos hogares se disponía de la denominada caja tonta, y en los que la había se reunían familiares y amigos para su contemplación y seguimiento.

Entre sus actuaciones profesionales en Caravaca, aún se recuerdan las relacionadas con temas festeros, tales como las rifas y las  operaciones (o sistemas de rifa temporal  en cadena) en las que el Notario daba fe de la claridad con que todo se desarrollaba. Eran los primeros tiempos tras la reconversión de las Fiestas, cuando tanto escaseaba el dinero para financiarlas y tanta imaginación se utilizó para obtenerlo.

D. Juan y su familia partieron de Caravaca en 1965, ejerciendo la profesión, desde entonces, en Nules (Castellón), Elda (Alicante) y Madrid, donde se jubiló en enero de 1984. Allí falleció, con sesenta y siete años, víctima de complicaciones pulmonares que abocaron al efisema final.

A pesar de los pocos años transcurridos en Caravaca y del largo tiempo trascurrido desde su partida, el recuerdo del notario D. Juan Torres, así como el de su familia, permanece en el recuerdo de las gentes, por lo que su paso por esta tierra no puede considerarse como una anécdota, como en tantas ocasiones ha sucedido y sucede con quienes vienen pero no se integran, sino que tanto en el ejercicio de su profesión como en los demás aspectos de la vida, dejó su huella, que sigue fresca en la memoria y el cariño de la población.