Ya en la calle el nº 1047

El Nevazo de Abajo que fue, por Jesús López García

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El Nevazo de Abajo que fue

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

El Nevazo de Abajo que fue, por Jesús López García
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Corría el año 1976. Juan Vila, mi hermano Eliseo, que era un crío, y yo, subimos cargados con nuestros bártulos para acampar unos días en el Nevazo de Arriba, cortijo que actualmente está restaurado dignamente. Por entonces, estudiábamos los últimos cursos de Geografía y, con el entusiasmo de la juventud, íbamos a hacer un trabajo de campo sobre biogeografía en el entorno del arroyo Escaramujo, sitio que está al saltar el collado que sigue al “prao” del Nevazo.

Finalmente, no acampamos, sino que nos metimos con cierta temeridad en el cortijo del Nevazo de Arriba, que entonces estaba deshabitado. Y Allí pasamos casi una semana.

El Nevazo de Abajo que fue, por Jesús López García
Recreación del Nevazo de Arriba, por J. F. Jordán (2024)

Nuestra estancia coincidió con las labores de repoblación que el hoy extinguido ICONA hacía en el Calar de Ortega y en otros lugares de la finca del Nevazo de Abajo, que había adquirido el estado. En nuestra inocente juventud enviamos una carta a los ingenieros del ICONA -a los que en aquellos tiempos no había quien les tosiera- quejándonos de algunas de las actuaciones que allí estaban haciendo. Al menos nos contestaron, cosa que hoy día es difícil que haga cualquier administración.

Todas las mañanas íbamos a nuestro sitio de estudio, una formación relictual de bosque mixto mediterráneo, en la que se conservaban (y se conservan) ejemplares de quejigo y arce granatense, con sotobosque espinoso y caducifolio. Allí hacíamos nuestras cuadrículas, contábamos las plantas, anotábamos su estado, e intentábamos hacerlo lo mejor posible como estudiantes que éramos. Al atardecer regresábamos al cortijo, echábamos lumbre y comíamos de lo que nos habíamos traído y subido en mochilas por el camino antiguo, puesto que el que hay ahora no existía. En el silencio sobrecogedor de la noche y al amparo de lo que transmitían esas viejas paredes hablábamos de las cosas que se hablan cuando uno tiene esa edad y de algunas otras que tenían que ver con la antropología y con la naturaleza, porque teníamos inclinación por esos asuntos. El Vila contaba cosas del Nevazo de Abajo, porque conocía bien al Tío José, que fue el último que lo habitó, y porque había pasado algunos días allí, con esa familia.

El Nevazo de Abajo que fue, por Jesús López García
Ubicación del Nevazo de Abajo | Google Maps
El Nevazo de Abajo que fue, por Jesús López García
El Nevazo de Abajo y el Nevazo de Arriba | Google Maps

El caso es que, como acabo de señalar, el estado había adquirido la finca de El Nevazo de Abajo, que por consiguiente dejó de existir en su esencia campesina y serrana, y pasó a ser un monte público de carácter exclusivamente forestal. La finca está comprendida entre los términos municipales de Moratalla y Caravaca, pasando la raya casi pegada a la pared norte del cortijo, que es de Caravaca, lo mismo que el pozo de nieve que hay un poco hacia arriba, que fue del concejo caravaqueño para el abastecimiento propio.

El Nevazo de Abajo y su predio lo llevó durante casi toda su vida el Tío José. Tenía tierras de labor alrededor del cortijo, pero también en lo alto del calar, en la hoya del Potro, y también más abajo, en torno a la casa Chichas, de la que quedan aún unas pocas ruinas. También tenía monte, como es natural, y unos ranchales de riego, donde ahora hay nogueras en estado de abandono, debajo de la caída de agua que se forma en el cenajo en los temporales de lluvia. El agua para el riego venía de los derrames del arroyo que nacía en el prao y que permitía llenar una balsa de la que quedan unos restos. El tío José, así como otros serranos de los alrededores, también cazaba. Conejos y perdices, y otras cosas que le servían para la subsistencia de la familia. La caza entonces no era un deporte, sino una parte de aquella economía. Bajaba a Caravaca los lunes, que los lunes además de ser mercado también era día de transacciones entre tratantes, serranos y campesinos de todos los alrededores. El Tío José bajaba con las caballerías cargadas con huevos, con pieles de zorra o de tajón rellenas de paja, con sebo, con cera, y lo dejaba todo en la posá de Vila, luego hacía sus compras en casa de Nieto, de Diego Marín, o donde fuera, y por la tarde o al día siguiente subía monte arriba hasta su casa.

Del Tío José cuentan bastantes cosas quienes lo conocieron, porque debió ser un hombre singular, uno de los últimos serranos de estas montañas, que vivió de lo que sacaba de la tierra, pero también del monte y sus productos. Y también de la vida en comunidad, porque el tío José tocaba la guitarra y cantaba a su peculiar modo, participando en los bailes que se hacían en la casa y en otros cortijos de los alrededores.

El Nevazo de Abajo que fue, por Jesús López García
Cortijo del Nevazo de Abajo en 1977 | Foto: Jesús López García

El caso es que, como antes dijimos, la finca se la vendió su dueño al estado y del estado continúa siendo. He podido recuperar la foto que acompaña a este texto y que es del tiempo en el que he contado que estuvimos haciendo esos estudios. Seguramente será la única foto que se conserve del cortijo del Nevazo de Abajo y para mí tiene un enorme valor, porque creo que no solo son importantes los monumentos civiles, militares y religiosos, que se consideran patrimonio primordial de nuestro pasado, sino también aquellos en los que latió la vida de las familias humildes y anónimas. La fotografía solo es una muestra testimonial, pero suficiente para rendir memoria al Tío José y a su familia, y también a los que vivieron en esos montes, porque allí había vecindad con todos los cortijos que dieron vida a las sierras de Benámor y el Gavilán, unos pertenecientes a Caravaca y otros a Moratalla. De los padres y madres de esas familias quedan muy pocos, si es que queda alguno, pero los hijos siguen entre nosotros. La mayoría en Caravaca, que aquí han hecho su vida, aunque la infancia la tienen grabada en su interior, así como sus entusiasmos y sus penalidades. Destaco aquí a mi amigo Policarpo Álvarez -Poli- que llevaba dentro la grandeza de las montañas entre las que se crio, y que nos dejó prematuramente hace unos años.

Al cortijo del Nevazo de Abajo le dio el tiro de gracia el propio estado. En aquellos tiempos, y seguramente en estos también, a esas construcciones, algunas centenarias, no se les otorgaba el valor suficiente como para conservarlas, ni tan siquiera para dejar testimonio de ellas, ni tampoco a los que las habitaron, ni a los albañiles de campo que las construyeron con los medios y técnicas apegadas a la naturaleza con que se ejecutaban. Nadie clamó por ellas.

Derribaron la casa, sus anejos, corrales, pajar, horno. De muerte natural desaparecieron la era de trillar, que estaba a la parte de arriba, el monumental olmo, la placeta. A los que dirigieran esa maniobra destructiva no se les ocurrió otra cosa que poner allí un merendero, una mesa y unos bancos de piedra, que tapan con vulgaridad la memoria de la vida que hubo en ese mismo solar.

Las gentes que transitan por ahí actualmente al Nevazo de Abajo le llaman “los segundos merenderos”, un epitafio que nos entristece a los pocos que nos queda en la conciencia ese pasado, porque ni siquiera se ha hecho el esfuerzo de conservar el nombre: “Nevazo de Abajo”.

El Nevazo de Abajo que fue, por Jesús López García
Restos del cortijo del Nevazo de Abajo en la actualidad | Foto: Jesús López García

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Un comentario

  1. Cortijos derribados y grandes repoblaciones también se hicieron en Nerpio.
    Como cortas de grandes pinos, centenarios nogales y hasta hermosos tejos, hoy protegidos , para la armada.
    Todas las épocas pasadas dejaron huellas en el territorio y en los recuerdos de las gentes.
    Hoy también estamos perdiendo, a sabiendas, gracias a las políticas agrarias un patrimonio rural, sabiduría usos y costumbres que no se podrán recuperar. También el respeto al mundo rural y su entorno, respeto que merece por méritos propios y que en unos años no quedará ni rastro. Será irreversible, ahora tus crónicas aún se leen y comprenden, en unas décadas, salvo un milagro ya no quedará nada.
    En pocas generaciones, de todos los conocimientos que atesoraban nuestros abuelos, estamos logrando que los desconozcan nuestros nietos.
    Incluso me atrevo a decir que, en pocas décadas, quienes residan en nuestras queridas sierras, si alguien lo hace, no serán de nuestra estirpe. Se cierra o termina el árbol genealógico que durante algunos siglos hemos mantenido.
    Un saludo

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