FÉLIX MARTÍNEZ MARTÍNEZ/FILÓSOFO

ESPACIO DE ALCOBA

Ha vuelto, al final ha llegado. No lo ha hecho como algo completamente nuevo, pero sí distinto y novedoso. Ha llegado septiembre y todo ha cambiado como si de un abismo estacional se tratara. El trabajo, los estudios, la tan odiada y maltrecha rutina se han presentado ante nosotros. Para mí personalmente es un alivio, pues mientras escribo estas líneas el cielo está nublado y en mi cara ya no aparecen surcos de leve corriente salina.

Espacio de Alcoba

Aunque no sea correcto desde un tiempo a esta parte me ha gustado comparar septiembre con los renacimientos, como ese nuevo comienzo que, sin embargo, forma parte de un ciclo. Me viene a la cabeza Jano, un dios de la mitología romana que era generalmente representado con dos caras, una opuesta a la otra. A este dios se le consagró el primer mes del año y, al mismo tiempo, la invocación pública era realizada el primer día del primer mes del año. En el castellano se ha ido modificando poco a poco, pues en latín Jano sería Janus o Ianus, pasando del latín Ianuarius a Janeiro y Janero y, de este, a la nomenclatura tal y como ahora la conocemos y utilizamos: enero. Como singularidad a esta anécdota lingüística nos encontramos con que los anglosajones sí han mantenido el nombre del primer mes del año más similar a la nomenclatura latina, pues el primer mes del año es llamado por ellos: January.

A pesar del párrafo anterior de esto no es lo que quería traer hoy, sería algo así como un tentempié, a los dioses a los que quería hacer referencia sería a Osiris y a Dioniso. Al primero de estos dioses lo traigo a colación tan solo como anécdota de un Dios que nace y renace, dejo esta historia a cargo de la curiosidad de los lectores. El que me interesa para estas líneas es dios griego, pues considero -judguen ustedes- que es el que mejor representa a este mes de septiembre. Existen varias teorías sobre el origen de este dios, sin embargo, su condición de dios que renace suele ser bastante similar. Hay una cosa curiosa de este dios y es la doble forma en la que podemos encontrar su representación, especialmente la escultórica. A Dioniso se le puede representar tanto de forma adulta como en forma todavía de niño. Este dios era dios del vino, pero también lo era de las festividades, los placeres, la danza o el teatro. Es esto último lo que me da pie a realizar una semejanza con nuestros tiempos. El verano, así en general, y los meses que las personas -las que tengan esa suerte- tengan sus vacaciones, en particular, es una ofrenda secularizada a nuestro querido Dioniso. El verano es la época donde más desenfreno ponemos a nuestra condición de seres finitos que quieren y pretender disfrutar de los placeres. El verano, no nos engañemos, es la época de excesos de manera predilecta, sin embargo, llega septiembre y con él queremos que llegue nuestra redención, nuestra vuelta al redil, nuestro pequeño comienzo a la vida armonioso y racional. Miramos atrás por el rabillo del ojo y vemos como Dioniso nos mira, no con recelo pues sabe que volveremos, aunque nuestra resurrección a lo convencional sea su muerte. Nos espera con una amplia sonrisa esperando a que volvamos a nuestra parte más vital, más acorde a nuestros instintos, a aquella parte de nosotros mismos que se rebela para quitarse unas ataduras impostadas y dejarse llevar por los placeres. Nos espera de nuevo en Navidad y, posteriormente, de nuevo en el verano que ya dejamos atrás.