Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

He pensado siempre que un alcalde es el cargo político más cercano al pueblo, al menos, así tendría que serlo, igual da que lo sea de un pueblo pequeño o de una gran ciudad. Un alcalde debiera estar buena parte de su jornada en la calle, tomando cuenta de las necesidades de su gente e intentando cumplirlas en al grado máximo posible. Esa sería la única ideología respetable para votar a un hombre o a una mujer que regirán los destinos del lugar donde uno habita acompañado de sus vecinos. Lo demás son monsergas.

A la postre a un alcalde se le recuerda por lo que ha hecho por el pueblo. De Moratalla quedarán para mí tres figuras municipales relevantes, mi amigo Antonio Arias, primer alcalde de la democracia, Candi que supo y tuvo los arrestos de llevar una verdadera ideología de izquierdas al consistorio y que ahora lo está pagando, y algunos años antes, en las postrimerías del franquismo, un hombre que reformó con valentía y generosidad todo el barrio del Castillo, limpió los ejidos y  los vertederos, metió las grúas, con las que los muchachos de entonces disfrutamos una barbaridad y dejó todo de acuerdo con aquella célebre máxima de Alfonso Guerra, pues el barrio no volvió ya a conocerlo ni la madre que lo parió, y antes había sido pobre y precario, marginal y sucio, ruinoso y tercermundista, un estercolero donde se arrojaba la basura y todos hacían sus necesidades, como esa cara oculta de un tiempo ignominioso y vergonzante que España vivió, pero sobre todo los pueblos pequeños y los barrios marginales. Y yo nací en aquel barrio.

Un día entraron las excavadoras y las grúas, las grandes máquinas que llegaban de no sabíamos dónde y  lo mudaron todo, enterraron la podre y la basura, sacaron la tierra, crearon los nuevos terraplenes que más adelante afianzaron con muros de piedra, se plantaron árboles y vegetación apropiada, se pusieron bancos y barandas,  y de aquel viejo ejido deprimente y paupérrimo, que de forma paradójica se encontraba junto a la fortaleza medieval más visitada y flamante, surgió un entorno casi bucólico desde donde podían contemplarse las vistas más espectaculares de Moratalla.

El hombre que llevó a cabo aquel milagro fue uno de los alcaldes más importantes que ha tenido Moratalla, Pedro el Joyero, y curiosamente todo aquello sucedió con Franco todavía vivo, el viejo dictador que moriría algunos años después, y mientras sustituía al verdadero alcalde, don Fernando, el mestro, pero estoy seguro de que todo esto fue iniciativa de un hombre valiente y  concienciado, con visión de futuro, que amaba a Moratalla y le dolía como me puede doler a mí las cicatrices de sus calles y de sus barrios, que se levantó de su poltrona, se echó a la calle y realizó una de las obras públicas más relevantes de la modernización y el aseo de una villa medieval que había sufrido una posguerra terrible, con barrios principales anclados en el pasado y barrios periféricos sumidos en la indigencia y, aun, en la miseria.

No me parecería disparatado que alguna de esas calles o cualquier otra le fuese dedicada a él, porque un hombre así, un alcalde de esa clase no permitiría que la ruina campase hoy a sus anchas por Moratalla, que las casas caídas y los escombros afearan una población repleta de encanto y de belleza.

Si fue capaz de meter aquellas grandes máquinas en Las Torres para mover miles de kilos de tierra qué no haría en estos días para limpiar los cascotes, las viviendas caídas, las calles sucias y envilecidas, las pintadas de mal gusto por doquier, la nobleza rebajada y ultrajada de rúas con historia y con prosapia  que los actuales regidores son incapaces de solucionar.

No sé por dónde anda en estos días mi amigo Pedro el Joyero, al que debo agradecerle aquel prodigio de mi infancia, pero debería trazar un plan de mejora del urbanismo municipal y ejercer por unos años el cargo de asesor.