MAGDALENA GARCÍA/@garciafdez
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Si quieres trasladarte a otra época, si quieres percibir el olor a papel manchado por el pasado del tiempo, trasladarte más allá de lo que cuentan las páginas de una novela, solo tienes que moverte por el Centro Histórico de la Ciudad de México. Por la calle Donceles, por ejemplo.
Llevo años soñando con tener una biblioteca en casa, con librerías que lleguen hasta los techos altos de una casa antigua, con escaleras de madera… Supongo que será el sueño de muchos, y no me salgo de lo común.
Cuando paso por cualquier mercado de venta de libros antiguos, me gusta pararme ante ellos y disfrutar con las reliquias que me encuentro… Pero también me gusta agarrarlos, tocarlos, pasar las páginas rápidamente y olerlo, y dejar que ese olor me traslade al momento que yo quiera.
La imaginación es libre, y de eso, más que nadie, saben los libros y la persona que lee. A veces está bien soñar con ese libro de pasta dura, marrón, roto por su uso, de páginas amarillas. Pero más bonito es imaginar a quién perteneció, si lo compró o se lo regalaron, si lo leyó o lo dejó en una estantería porque quedaba bien que la gente llegara y vieran que tenía libros, y que pensaran de esa forma que era una persona culta.
El libro que yo escogí, «¡El Buen Camino! La Guía Turística de México», no es una novela que te cuenta la historia de dos amantes… Es la antigüedad del libro en sí el que te la narra. Quizás se la regaló una mujer a su amante. Otra mujer. Quizás quiso con ello llevarla lejos de su zona de «confort», donde nadie pudiera descubrir que ambas vivían una historia de amor en una época donde la homosexualidad estaba castigada, donde el amor era solo legal entre un hombre y una mujer, y donde realmente el amor no era lo importante, sino la apariencia. Porque si realmente se hubiera entendido el amor en todos sus sentidos, hubiera dado igual con quién se acostara una persona.
Esa guía turística te traslada a la alegría, la pasión, el sufrimiento, el llanto, la despedida. Y una de ellas la guardó como quien guarda el tesoro más preciado de su vida… Aquello que te hace sentir, con todo lo que ello conlleva.
Y cierras las páginas y lo devuelves a su lugar para retomar la realidad, una realidad que, desafortunadamente, evoluciona muy despacio.
Y seguí recorriendo la calle, acariciando cada libro, acariciando el exilio, la revolución, la guerra, la «democracia», cada beso, cada muerte, la lluvia, el viento, el sol…
Y me pregunto si somos tan libres cómo pensamos, si realmente hemos evolucionado tanto… O ¿todavía nos seguimos escondiendo? Sigamos leyendo para crear consciencias despiertas, para seguir soñando e imaginando un mundo mejor, para saber expresarlo y escribirlo y de esa manera poder llegar a más gente.
Eso es lo que me enamora de ella, la imaginación, la capacidad de volar más allá de lo que hay escrito.