José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.
Uno de los iconos caravaqueños que sirvieron y sirven de referencia urbana y punto de encuentro entre la sociedad local, desde los primeros años cuarenta del pasado siglo hasta nuestros días, es el denominado Kiosco de Piedra, junto al Templete, en el cruce de caminos que tradicionalmente llevaron a Andalucía y Murcia, que regenta en la actualidad la tercera generación de la familia que lo construyó pocos años después de la conclusión de la Guerra Civil, siendo alcalde local Antonio Guerrero Martínez.


El citado kiosco fue fabricado por los hermanos José, Ginés y Santiago Gómez Guirao, con los bienes obtenidos de la venta de unas cabras heredadas de su padre. El Ayuntamiento les permitió la erección, en el lugar indicado, de un pequeño inmueble de obra, de doce metros cuadrados, dividido en dos espacios, uno dedicado a la exposición y venta de productos relacionados con la restauración y otro que servía de almacén y que, durante años, también sirvió de alojamiento a sus propietarios. El lugar siempre tuvo luz eléctrica, pero no agua corriente hasta la época como alcalde de Antonio García Martínez-Reina, sirviéndose de ésta primero en el cercano Río Ramoncico (junto al molino de este mismo nombre), y luego en la fuente pública que se instaló al otro lado José Gómez vendió la parte que le correspondía a su hermano Ginés, en 15.000 ptas., el 21 de febrero de 1953, comenzando a regentar el negocio a solas, junto a su mujer Carmen Martínez Sánchez (quien había sido en su adolescencia talladora de piedras preciosas en el taller que para ello había en El Porche, propiedad de los hermanos de La Papirusa), con quien tuvo a su única hija, Josefa, la actual propietaria del kiosco.
Ginés falleció muy pronto, el 18 de octubre de 1954, con lo que las dos mujeres hubieron de hacer frente a la vida desde el lugar indicado hasta que,  tres años después de enviudar Carmen, casó con Clemencio Fernández Martínez, quien aunque ayudaba en el discreto negocio, se ocupó siempre de los suyos propios, como marchante de ganado y tratante de almendra y fruta, en sociedad con el popular Patato.
El kiosco no tenía en principio hora de apertura y cierre. Abría al amanecer de cada día para atender a los braceros que allí se congregaban a la espera de ser contratados, a jornal diario, por los empresarios que también acudían al lugar para ello. Y cerraba cuando se podía, por la noche, comiendo y durmiendo en su interior sus ocupantes, como ya se ha dicho.
En el kiosco se proporcionaba a los clientes, en los años del ecuador del siglo pasado, copas de coñac, que se adquiría a granel a los Tudela, así como anís y licor café que compraban a Ángel López Guerrero, también a granel, en su destilería de la Canalica (hoy Sor Evarista), las cuales costaban a los consumidores la cantidad de 50 céntimos de peseta. También se suministraba vino de quina y vino tinto, mucho vino tinto en chatos, que era la bebida más barata. En verano, los clientes demandaban un curioso jarabe de limón y fresa mezclado con alcohol.
Con el tiempo, Carmen y su hija adquirieron cuatro pequeños veladores con sillas plegables de madera, que instalaban a diario junto al kiosco, donde consumían los clientes sus refrescos y bebidas preferidas, entre estos los asilados en el vecino Hospital que luego se convirtió en Residencia de Ancianos en el Camino de Mayrena. Carmen recuerda entre ellos a la popular Salerito, artista caravaqueña de fama internacional que acabó allí sus días. También acudían al kiosco los alpargateros que cosían suelas en las inmediaciones de la Cruz de los Caídos, los hiladores que hilaban la fibra del cáñamo en Los Andenes y los tratantes y marchantes de ganado, entre otros Juan calderón, Esteban Cerezo, Emilio Paulín y Los Chinches, quienes en verano disfrutaban de la sombra del tambalillo que Carmen, rústicamente fabricaba con unos palos de madera clavados en la tierra y unas sábanas a manera de toldo. Otros clientes asiduos del kiosco fueron el torero Pedro Barrera, Bernardino, Paco El Tonto y Enrique Montoya, así como el personal al servicio de la vecina casa señorial de los Sebastián de Erice (hoy Casa de la Cultura).
Pasado el tiempo el negocio de venta de alcohol y refrescos se amplió a la de café y de tabaco en hoja, vendido a granel y en cigarrillos que la propia Carmen liaba con una original máquina adquirida en la tienda de Diego Marín, que aún conserva la familia y que es digna de figurar en el más exigente de los museos de antigüedades. El tabaco lo compraban a Las Manuelas y en La Tercena, pero otras veces llegaba procedente del estraperlo, tan frecuente en los años previos al ecuador del S. XX al que asiduamente nos referimos. Los cigarrillos se vendían por unidades, aunque con el tiempo y la práctica Carmen aprendió a hacer paquetes de veinte. Después llegarían las cajetillas: los Ideales, el Caldo de Gallina, los Celtas y el rubio Bisonte que adquirían con asiduidad D. Gonzalo (el padre de la cantante recientemente fallecida Mari Trini), y su hermana la Vizcondesa, cuando ambos se desplazaban desde su finca de Ocho Casas, en Singla, a visitar a sus tíos D. Cristóbal Rodríguez y Dª. Gloria Pérez Miravete, quienes, como se sabe, vivían en el vecino chalet desgraciadamente demolido hace pocos años.
También proporcionaba el kiosco a sus clientes pipas, garbanzos torraos, avellanas y caramelos, que adquiría a granel Carmen al tío José Izquierdo en la Cruz de los Caídos y servían de ligera tapa al vaso de vino servido en uno de los tres mostradores o en los veladores de alrededor.
La vecindad desaparecida del kiosco estaba formada por el ya mencionado Molino Ramoncico, la alpargatería de Gonzalo el Tece (con su gran alpargata-anuncio dispuesta en uno de los balcones del inmueble), Blas Reales y Pascuala, que vendían vinos y cerveza. Germán el fabricante de ruedas de carro, la fragua de Reinón y los comestibles de La Villena, entre otros, habiendo visto desaparecer o transformarse negocios, familias y edificios que aún permanecen en el recuerdo de los mayores, como El Fielato (caseta de madera donde el Concejo cobraba impuestos a los productos que entraban para su consumo en la localidad, atendido por Pedro Fuchina, el Cortinas, Navarro y Antonio Morote).
Ni que decir tiene que el Kiosco de Piedra hacía su particular agosto los lunes, día de mercado y, sobre todo, durante las ferias de mayo y octubre, ya que el emplazamiento del ganado mular y ovino tenía lugar en sus inmediaciones, así como durante la época de recolección del albaricoque, en cuyas fechas estivales se reunían allí los obreros para ser contratados por los patronos.
Para concluir no quiero dejar de mencionar el producto estrella allí proporcionado a los clientes cada tarde del tres de mayo, durante El Parlamento y el Baño de la Cruz en El Templete. Me refiero a la popular y sabrosa fuchina, invento de Florencio, a base de cuatro componentes entre los que figuran el limón y el anís. La bebida se popularizó en los primeros años sesenta, tras la reconversión de las Fiestas de la Cruz, atribuyéndose el nombre de la misma a los moros Khatar y concretamente a Alfonso El Caillo y a Manolo Mané.