BASILIO PUJANTE CASCALES

Parte Javier Cercas en El impostor de un dilema moral: ¿escribir la historia de un impostor equivale a justificar sus mentiras? Él defiende que no, que su intención al contar la vida de Enric Marco, un nonagenario catalán que durante años se hizo pasar por superviviente de un campo de concentración nazi, es simplemente conocer las razones de esta impostura. Sin embargo, da la sensación durante buena parte del libro de que Cercas trata de convencernos de que no quiere en ningún caso reivindicar la figura de Marco, quien, gracias a la repercusión de la propia obra, va a volver a la primera plana de la actualidad casi una década después de que estallara el escándalo. Es ese tono moralizante que destila a menudo el libro lo peor de una obra compleja y en cuya lectura descubrimos diversos enfoques del tema.
El primero de estos planos en los que el libro se va desdoblando sería la propia vida de Marco, que ocupa la parte central de El impostor. La biografía del protagonista es narrada por Cercas en las tres versiones que posee y que se van mezclando para crear al personaje. En primer lugar tendríamos la historia de su vida tal y como Marco la había contado hasta que un historiador demostró que era, en parte, falsa. En segundo lugar, la biografía que el impostor, ya desenmascarado, le cuenta a Cercas en las entrevistas que tienen. Pero ésta sigue teniendo lagunas o maquillaje, Marcos sigue mintiendo, por lo que el autor realiza una labor de investigación para acercarse a la tercera y definitiva versión: la verdad.
Pero tan importante como la historia de Marco, con su discutible participación en la Guerra Civil, con su papel como líder de la CNT durante la Transición y con su ascenso y posterior caída como supuesto superviviente del nazismo, es la narración de cómo el libro se fue gestando. Cercas convierte, con su acostumbrada habilidad, en material narrativo todo el proceso que lo llevó de rechazar durante años el proyecto de la biografía de Marco a escribir finalmente El impostor. Esta estructura externa del libro es interesante en la medida en la que conocemos mejor las disyuntivas del autor sobre la consideración que le merece Marco y las opiniones de otras personas cercanas al libro. En ocasiones, sin embargo, Cercas cae en la redundancia (¿hace falta enumerar dos veces los nombres de los jóvenes que nada más acabar la Guerra Civil se opusieron a los vencedores en el extrarradio de Barcelona?) e incluye algunos de los artículos que escribió cuando estalló el tema cuya pertinencia es discutible.
En ese juicio moral sobre el gran impostor que está implícito (y a veces no tanto) durante todo el libro, Marco aparece condenado, pero Cercas quiere huir de dogmatismos y logra una descripción compleja del protagonista. Si bien jamás se justifica que inventara su paso por el campo de concentración nazi de Flossenburg, el autor llega a la conclusión de que, como un Alonso Quijano moderno, Enric Marco se inventó a los cincuenta años una nueva identidad sin otra intención que ser querido, como todo narcisista, y adquirir relevancia pública. El resto, el héroe de la resistencia antifascista, el campeón de la memoria histórica, lo creamos entre todos para satisfacer nuestras propias necesidades de conocer y enaltecer una vida tan ejemplar como la que Marco inventó.