PASCUAL GARCÍA

Desde muy pequeño adquirí la fascinación por el tabaco como se adquiere una enfermedad crónica de la que uno ya no podrá librarse nunca. Me gustaba la aureola del humo llenando las habitaciones, las imágenes cinematográficas, la cocina donde mi abuelo se calentaba delante de la chimenea, los descansos del trabajo en la huerta (era preceptivo fumar dos veces por la mañana y una más por la tarde y quien no lo hacía, se limitaba a descansar el tiempo que los otros invertían en esta tarea), después de las comidas, en los bares, en el aula donde los maestros y los profesores entretenían sus horas consumiendo un pitillo tras otro, a la salida de Misa, en los banquetes de boda o comunión, en los duelos.

Recuerdo que en la tele se anunciaba una marca concreta de tabaco con la imagen de un vaquero montado a caballo sobre un vasto páramo, que al final de la jornada encendía un cigarrillo y exhalaba el humo blanco con un gesto de virilidad, la de un héroe que ha salvado mil peligros y ha arribado sano al rancho donde pasará la noche.

Entonces fumaban los hombres como una obligación, un marchamo de hombría indispensable y los muchachos admirábamos aquella seguridad con que se ponían el cigarrillo en los labios, encendían el mechero y lo prendían de un modo casi automático. Los ancianos cumplían con un rito más complejo y elaborado. Extraían un papel de seda de su librillo rojo, abrían la petaca y echaban unas hebras de tabaco sobre el papel ligeramente ondulado, que ellos comenzaban a enrollar mañosos, diestros, con la parsimonia de una costumbre centenaria. Luego mojaban con la punta de su lengua el papel por ambos extremos, modelaban con pericia el cigarrillo y se lo ponían en los labios. Yo los observaba atento, mientras sacaban un mechero de piedra y sacudían la rueda con el canto de la mano. Entonces se llenaba todo de un olor aromático, acercaban la mecha al cigarro y  lo encendían con delectación, satisfechos de haber concluido el proceso con éxito y de estar disfrutando de su esfuerzo.

Un ritual así no se olvida fácilmente. Tal vez por esta razón, era muy joven cuando empecé a fumar, a escondidas con mis amigos, mientras saboreaba el riesgo de una prohibición que vulnerábamos desafiantes, ingenuos, aún cachorros, porque del mundo de los adultos nos interesaban, sobre todo, los gestos, las formas, la apariencia. Luego, la vida me trajo nuevas oportunidades para disfrutar del tabaco. Estudié la carrera con su compañía y durante noches enteras me mantuvo despierto encima de los apuntes. Las primeras noches de amor  y todas las demás se clausuraron indefectiblemente con la celebración de un cigarrillo. Después de comer, por la noche, con una copa en la mano, mientras esperaba a mi primera novia y, más tarde, a la que habría de ser mi compañera, durante todos los cafés de la mañana y de la tarde, en los descansos de la instrucción militar o en las largas noches de cuartel, con un buen libro en la mano o escuchando música, en las tensas jornadas de las oposiciones, en mis primeras clases  en Lorca hace ya más de veinte años, pues todavía se permitía fumar en el aula, mientras concebía cada uno de mis libros, sentado al principio frente a la máquina de escribir y más tarde, ante la pantalla del ordenador. Toda una vida con un cigarrillo entre los dedos o entre los labios, paladeando el sabor acre y explosivo de una bocanada de humo que te despertaba, te enardecía, te tranquilizaba.

Una tarde de invierno de hace doce años me tumbé en el sofá para dormir la siesta, como todos los días, junto a la estufa encendida y, cuando pude levantarme casi dos meses después, ya no fumaba. El proceso de desintoxicación fue radical, pero necesité mucho tiempo para asegurarme de que podría vivir sin el tabaco, de que podría seguir escribiendo y de que sería capaz de afrontar todo lo bueno y todo lo malo que la vida me trajera a partir de ese instante sin recurrir de inmediato al paquete de cigarrillos.

Sería estúpido por mi parte proclamar aquella simpleza de que no hay mal que por bien no venga. En realidad, yo siempre soñé con morirme como mi abuelo, a los ochenta y seis años y fumando todavía, sentado en el portal de mi casa y liando sus últimos cigarros de picadura. Lamentablemente no va poder ser. La fortaleza de aquellos hombres, que sufrieron una rigurosa selección natural de pequeños y tuvieron la suerte de alcanzar de mayores los últimos avances de la medicina nada tiene que ver con nosotros, vacunados contra todo y vulnerables a una mayor cantidad de enfermedades, que la vida moderna, los excesos en la alimentación y el sedentarismo no han hecho más que intensificar.

Estas palabras no pretenden ser un elogio del tabaco, una defensa de un producto nocivo que está causando demasiadas muertes y demasiadas enfermedades. Pero cada uno de nosotros es responsable de su propia vida, y yo ya no podré concebir la mía sin esa parte que me arrebató un terrible accidente hace ya algunos años. Me queda el consuelo de ser un fumador pasivo al que tampoco permiten este pequeño, casi diminuto vicio. Cada mañana me levanto y desayuno con el recuerdo de aquellos primeros cigarrillos con los que saludaba el nuevo día. Ya no me obsesiona el tabaco, pero pienso en la intensidad con la que viví ciertos encuentros amorosos, algunos hallazgos literarios y un sinfín de conversaciones con amigos. La vida continúa cuando abro la puerta y salgo a la calle para dirigirme a mi trabajo. Escribo por las tardes con un vaso de agua cristalina sobre la mesa y por la noche el amor huele a la piel de mi esposa y al perfume que suelo regalarle.