PASCUAL GARCÍA

Ya he escrito en otras ocasiones acerca de aquella semana jubilosa que pasé en el cortijo del Salto, en la casa de mi familia, de los tíos y los primos de mi padre. Allí viví el momento más cercano a la naturaleza de toda mi vida. Recuerdo que las gallinas ponían sus huevos en cualquier parte de los alrededores de la casa y que los muchachos (éramos apenas una media docena) jugábamos a encontrarlos y se los llevábamos a las mujeres de la casa. Tengo la absoluta certeza de que aquellos fueron los huevos más felices que disfruté nunca, y debo reconocer que estaban riquísimos, fritos, en tortilla o pasados por agua, porque el Salto era un paraíso natural en las cañadas de Moratalla, encaramado en la Sierra del Cerezo, alejado del tráfago urbano, pues se requerían dos largas horas a pie o en mula por una terrible senda o atravesando el monte para llegar al pueblo, y eso sólo se hacía los sábados por la mañana para proveerse de todo lo necesario.


Escribo esto porque empieza a ponerse de moda en la industria agroalimentaria lo que se ha llamado con cierta prosapia de una ingenuidad ecologista apabullante huevos procedentes de gallinas felices frente a los huevos de granja con gallinas enjauladas, que dejarán de venderse, o al menos esa es su intención, en un futuro no muy lejano, y para ello el producto irá etiquetado como es debido; Hemos oído también hace unas semanas que en Suiza se ha promulgado una ley que prohíbe cocinar o congelar a las langostas cuando todavía viven, por lo que es preciso acabar con ellas antes de esta operación. Resultaría cómico, si no fuera grotesco y, aún más, si no se revelara como un inicio de retroceso en la evolución humana. Plantearse si un huevo procede de una gallina feliz o de una enjaulada es como plantearse si el agua que bebemos a diario ha tenido un buen viaje desde la fuente de origen hasta el grifo donde la recogemos en un vaso o si el pan que comemos no ha sufrido violencia alguna en la siega del trigo con una sanguinaria hoz, en el amasado y en el obligatorio horneado. Constituye, admitámoslo, un asunto, cuanto menos, entre chocante y estúpido y, desde luego, absolutamente baldío si tenemos en cuenta los grandes problemas de la humanidad. Empezamos con la felicidad de los huevos y el respeto a las langostas y acabaremos promulgando leyes que lleven a la cárcel, sin que el sufrimiento humano en este caso sea relevante, a quienes pesquen en la orilla de un río, maten un cerdo por San Martín o se coman una hamburguesa sin haberse cerciorado antes de qué manera se convenció a la vaca para que nos concediera el sabroso don de su carne. A este paso vamos a tener que conformarnos con un plato de acelgas aliñadas con un poco de aceite, acosados por vegetarianos y veganos, temibles ecologistas y animalistas de pro que pretenden convencernos y obligarnos a adoptar sus gustos sin reparar en un ineludible grado de libertad, en el omnímodo sentido común y en la necesidad de sobrevivir a toda costa le pese al animal que le pese, aunque no debamos, por nuestra educación y buenas maneras, mostrarnos crueles sin causa con el resto de las especies.
Un huevo feliz, un huevo de una gallina feliz repartido entre casi ocho mil millones de habitantes que ya tiene el planeta toca a muy poco y me temo que no vamos a conseguir ocho mil millones de huevos felices a diario, entre otras cosas porque la felicidad es una entelequia a la que aspiramos todos y muy pocos consiguen.
Así que mojen su pan en el huevo, sea feliz o desventurado, y disfruten ustedes.