Francisco Fernández García
Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

Una de las primeras generalidades que nos encontramos cuando nos referimos a nuestras fiestas es aludir a su carácter histórico, lo que es cierto, pero no en el sentido en el que últimamente se incide, sino en el del mantenimiento de ceremonias y
rituales propios, realizados sin a penas interrupciones y variaciones durante varios siglos.


El origen de nuestras fiestas no fue la recreación de la leyenda de la milagrosa aparición de la Vera Cruz, ni su vinculación a una determinada época de nuestra historia, como ahora puede parecer, sino la delimitación del marco temporal para conmemorar su festividad con la realización de una serie de rituales, se supone que surgidos en diferentes momentos, de tanta trascendencia que desde su inicio se constituyen en parte esencial, siendo desde entonces elementos indispensables en la particular celebración de la festividad de la Invención de la Cruz en nuestra ciudad. Así pues, aunque en nuestras fiestas hay elementos que a lo largo de la historia se mantienen sin apenas cambios, existen también otros que han ido añadiéndose en diferentes épocas y cuya perdurabilidad ha sido variada.
Si bien no existen documentos al respecto, podemos precisar que el primer acto, el más antiguo, tuvo que ser la celebración de una misa el día de su festividad, es decir, el 3 de mayo. Posiblemente se comenzaría a oficiar en la capilla de la Vera Cruz, en el castillo, para posteriormente, y por razones de espacio, trasladarse a la primitiva iglesia del Salvador, aunque existen también testimonios bajomedievales acerca de su realización durante algún tiempo en un altar ubicado en las cercanías de la puerta principal de la muralla por la que se accedía a la villa. A este acto, de estricto significado religioso, no tardaron mucho en unirse los motivados por los intereses económicos, es decir, las ferias y mercados que tenían lugar con ocasión de la festividad. Antes de proseguir, debemos considerar el triple efecto que las fiestas tienen para la comunidad que las celebra: solemnización del hecho religioso, descanso laboral y posibilidad de comercio, siendo este último de gran interés para los vecinos, puesto que de este modo podían tanto satisfacer sus necesidades, como dar salida a los productos locales. En la descripción más antigua de nuestras fiestas, debida a la pluma del canónigo Antonio Oncala en 1546, se recoge ya este factor comercial como uno de los de mayor relevancia de las fiestas: «ay feria de muchas y varias mercadurias, animales, y otras, cosas».
El primer ritual propio de nuestras fiestas es el baño en el agua que tiene lugar el 3 de mayo, día de su festividad. Desde que Juan de Robles Corbalán publicara en 1615 su célebre libro se toma como válida su afirmación de que se inició en 1384, cuando el concejo de Lorca solicitó una carga de agua bendecida por la Vera Cruz para combatir una plaga de langosta que asolaba sus campos y los colindantes de Totana. Aunque no tengo dudas sobre la veracidad del suceso, creo que este no fue su principio, sino una de las varias ocasiones (tal vez la más antigua) en que diferentes concejos solicitaron agua bendecida por la Cruz de Caravaca para dicho uso, pues resulta un tanto improbable que la idea de introducirla en agua para bendecirla partiera de otro lugar distinto a nuestra villa, donde se conservaba y se le rendía culto con bastante anterioridad. Además de este caso, conocemos otros dos: en 1406 por el concejo de Murcia y 1407 por el de Orihuela; basándose, el primero de ellos, en que «era fama e es ello asi que el agua dela santa vera crus de carauaca que donde quiera quela echase que no faria mal la langosta».
La celebración de este ritual conllevaba el traslado de la reliquia al lugar elegido para su realización, lo que pudo dar origen a la procesión, aunque Robles Corbalán discrepa de este punto: «Antiguamente no la bañauan, solo la traìan en procesion por las calles que oy la lleuan para que los forasteros, y naturales pudiesen gozar de su vista». Las descripciones más antiguas poco dicen acerca del acompañamiento de la procesión, siendo Oncala el que más detalles ofrece, anotando la participación de «muchos Religiosos, y Sacerdotes de la Villa, y otras partes con danças, y musicas entre gran muchedumbre de Peregrinos, que hinchen todas las calles». Habrá que esperar a 1722, fecha de publicación del libro compuesto por Martín de Cuenca, para encontrar nuevos datos: «se hacia con la Soberana Cruz una solemne procesion, más á lo militar que á los eclesiàstico; porque se componia casi toda ella de una numerosísima compañia de militares con su Capitan, Alférez y demàs cabos, como si estuvieran en guerra viva». Este acompañamiento militar fue con el tiempo sustituido por una soldadesca armada, compuesta de voluntarios, cuya finalidad era acompañar a la Vera Cruz en sus traslados procesionales, siendo su característica más acentuada los constantes disparos de arcabucería. Esta soldadesca tuvo su origen en 1656 y perduró, con algunas interrupciones, hasta mediados del siglo XIX.
Los problemas generados por la soldadesca y las sucesivas ordenes prohibiendo su realización provocaron que desde el último cuarto del siglo XVIII se buscaran otras alternativas para acrecentar el cortejo. Una de las que surgen a mediados del siglo XIX y que tendrá un extraordinario calado entre los caravaqueños son los grupos de moros y cristianos. La primera referencia al respecto la encontramos en 1845 en el Diccionario de Pascual Madoz, coincidente todavía con la soldadesca: «un numero considerable de arcabuceros, vecinos del pueblo y campos, improvisan una compañía … van también comparsas de moros á caballo y á pie». Sin embargo no sería hasta 1853, fecha de la definitiva supresión de la soldadesca, cuando el interés de los organizadores comenzó a dirigirse hacia los grupos de moros y cristianos; su éxito, debido a su evidente relación con la tradición de la aparición de la Cruz, fue total, consignándose desde entonces en el programa oficial de fiestas. Resulta ciertamente admirable como en poco más de siglo y medio (no es cierto que su antigüedad sea la que de manera irresponsable se publicita en diversos medios) este festejo ha sabido concentrar a su alrededor un gran interés y aceptación popular, generando un nuevo hilo argumental en nuestras fiestas, que desde entonces se muestran como una evocación de la época medieval, con episodios mas literarios que históricos; de hecho, la misa de aparición también surge en esta época. El desconocimiento de nuestra historia ha hecho que a nivel popular se den por ciertos algunos de esos episodios, pero eso no fue así, produciéndose algunas confusiones curiosas, como el interés para que el parlamento se recite con luz del día, debido a que uno de sus versos alude al sol, cuando la realidad obedece a que en la época en que se compuso, el parlamento se celebraba por la mañana.
El segundo de los rituales es el baño de la Vera Cruz en vino, cuyas primeras referencias las encontramos en 1722 en el mencionado libro del Padre Cuenca, donde advierte que no había «hallado razón en los autores, ni papeles manuscritos que he visto, cual fuese el fundamento para introducirlo». No obstante, su arraigo entre la población llegó a ser tan grande que las innovaciones introducidas en el ritual en 1782 por el administrador de la encomienda caravaqueña fueron objeto de queja ante el Real Consejo de Ordenes, que dictaminó a favor del concejo obligando a los santiaguistas a mantener el orden y protocolo establecido, censurando, entre otros, el «no repartir al publico el vino que en dia de cruz ha sido costumbre, ni subir al Castillo el que se ha de vendecir». Por cierto, durante muchos siglos y hasta época no muy lejana, el vino utilizado era blanco, cambiándose al tinto sin ningún fundamento ni respeto por la tradición. La necesidad de subir el vino necesario para esta ceremonia hizo que surgieran los Caballos del Vino, puesto que ese era el modo de transportarlo. Las primeras referencias documentales datan de 1765, aunque, como ya hemos visto, su origen es anterior. Este festejo consiguió también un gran arraigo entre la población, de modo que cuando el vino dejó de transportarse de esa forma, en lugar de desaparecer no solo se mantuvo sino que se consolidó y acrecentó, convirtiendo al caballo en el su principal protagonista. A lo largo de sus más de tres siglos de historia los Caballos del Vino han experimentado una notable evolución, aunque manteniendo sus principios y señas de identidad propios.