PEDRO ANTONIO MARTÍNEZ ROBLES

En la noche del pasado domingo, después del primer concierto de verano de nuestra laureada banda municipal de música –a mí me gusta llamarla banda municipal aunque ya no lo sea– y mientras tomábamos un helado en la plaza de la Corredera, vino al hilo de alguna conversación, en apariencia insustancial, un comentario de El Piroña acerca del malestar que le causa ver cómo se desperdicia hoy, con tanta indolencia, el pan nuestro de cada día. Nos contó, con breves y expresivas pinceladas, cómo reprendió, recientemente, a un chiquillo ante su madre por sacar del chusco el condumio y tirar el panecillo al suelo con el mismo desprendimiento despectivo con que se arroja una piltrafa. Y si malestar le causó la acción del chiquillo, que a fin de cuentas chiquillo es, no menos consternación le causó la reacción de la madre que, con un gesto más que significativo, venía a indicarle que a él aquello qué le importaba. Y claro que le importa, pues es deber de todo buen ciudadano cumplir y hacer cumplir los preceptos mínimos de urbanidad. Con mayor motivo si el quebranto de este precepto lleva implícito una connotación tan clara como el desprecio hacia el pan nuestro de cada día, que tanto nos faltó en las décadas de los 40 y los 50  (y aun antes) y quién sabe si habrá de faltarnos después. Vino entonces a colación hablar del hambre padecida por algunos personajes de nuestro pueblo, a lo que El Piroña confesó: <<Yo mismo he pasado más hambre que Peperre, por eso me disgusta tanto ver cómo se desprecia la comida.>> Frase célebre la del hambre de Peperre que fue, para quien lo desconozca, un personaje no menos célebre de nuestro pueblo, llamado José Pastor Rubira, que vivió entre 1878 y 1909 y murió, como se adivina, a la temprana edad de 31 años; exitoso compositor de zarzuelas, muchas de ellas estrenadas con pompa en Madrid y en Barcelona, que padeció, en su corta vida, los estragos de un hambre tan acentuada que hoy, a un siglo redondo de su paso por la vida, aún se recuerda en Calasparra hasta el punto de haber perpetuado el consabido dicho de el hambre de Peperre.

Todos sabemos que la comida es sagrada y aunque en este cercano mundo nuestro ahora nos sobre, en otro tiempo anduvo escasa y escasa anda hoy también en otras partes que, por quedar algo más alejadas de nuestra conciencia, queramos pensar que no existen. Y como las cosas lo mismo que van, vienen y lo mismo que vienen, van, puede ser que alguna vez nos vuelva a tocar el boleto de la hambruna; así que, amigos míos, menos tirar el pan y que nuestros hijos lo aprendan, no vaya a ser que de tanto andar con los ojos llenos de él, dejemos de verlo algún día.

 

27 de junio de 2007

 

Pedro Antonio Martínez Robles