Pedro Antonio Muñoz Pérez

600 y pico días y unos 100.000 muertos (uno arriba o abajo qué más da consignarlo en el maremágnum de datos que nos abruma a diario) desde el inicio de la pandemia del coronavirus (COVID-19), nos encontramos en el punto de partida, como si en este juego de la oca que nos ha tocado vivir hubiéramos caído en la casilla de la muerte, colocada con evidente mala intención muy cerca del final, justo cuando estamos a punto de alcanzar la victoria definitiva o de vislumbrar una salida. Esto parece también un episodio de “el juego del calamar”, con muchos jugadores ingenuos y desesperados al borde de la eliminación, es decir, de sucumbir por su empeño en negar la evidencia y rechazar la vacuna, aunque ellos crean que así tienen más opciones de sobrevivir. El virus, mientras tanto, sigue a lo suyo. Las leyes de la biología se ejecutan en parámetros más pragmáticos y menos especulativos.

En estas circunstancias, solo cabe la estupefacción ante la persistencia de la estupidez humana en contraste con los éxitos de la ciencia y la investigación. Hemos desarrollado varias vacunas en tiempo récord; nuestro sistema sanitario ha soportado los embates de la hospitalización de miles de enfermos, mitigando la mortalidad y el sufrimiento de millones de personas, exponiendo el personal sanitario su propia integridad; las autoridades políticas han adoptado con aceptable eficacia y diligencia medidas excepcionales ante una hecatombe planetaria cuyas consecuencias marcarán la historia venidera.

Pese a todo, una parte de la sociedad que algunos analistas califican de minoritaria, pero que no parece tan insignificante, se empeña en actuar como una panda de niñatos y niñatas malcriados, consentidos, renegones y tremendamente irresponsables. Se diría que hablo de los llamados “negacionistas”, pero ese 25% que se resiste a inocularse y no pocos vacunados abrazan en privado esa religión de la conspiración universal. Han cercenado nuestra “libertad”, afirman con una pasión revolucionaria digna de mejores empresas. La “libertad” de ir de bares y discotecas, se entiende, la “libertad” de la playita, el viajecito, la terracita y demás etcéteras de diminutivos ridículos. El fulgor anestesiante del ocio como lenitivo contra la vulnerabilidad y el miedo. Qué se ha creído el virus. Si piensa que nos va a aguar la fiesta, va listo.

Y en este río revuelto de incertidumbres pesca la ultraderecha, liderando el desconcierto de esa legión de insumisos. Los diabólicos promotores de este holocausto y sus títeres, los gobiernos de uno y otro signo de todas las naciones, nos han mentido. El virus es una añagaza para imponer un estado totalitario, nos quieren sumisos y con un “chís” implantado para manejar voluntades y conseguir un poder omnímodo, no se sabe bien para qué, en un mundo de borregos zombis y alienados. La obsesión por aumentar unos privilegios que ya tienen poniendo en riesgo sus propias vidas es una paradoja notable que algún día habrá que desvelar a la luz de los silogismos de la lógica formal.

Partimos de una obviedad: si en la (supuesta) moderna y próspera Europa occidental todavía no hemos implementado una táctica para afrontar con éxito el desarrollo y las consecuencias de la pandemia, algo falla. Como no soy epidemiólogo, ni mucho menos experto en sanidad pública, mis especulaciones derivan hacia aspectos tangenciales, llámenlos anecdóticos si lo prefieren, pero significativos desde mi punto de vista. ¿Cuántos entierros de víctimas del coronavirus han recogido los informativos? ¿Cuántos funerales, duelos, llantos, testimonios directos de enfermos? ¿Cuántas almas rotas, cuánta desesperación e impotencia, cuánto sufrimiento real, cuánto desgarro? Sin embargo, estamos ahítos de manifestaciones contra las medidas restrictivas, declaraciones de representantes de los sectores afectados económicamente, botellones dionisíacos, sermones de políticos y expertos de toda índole intentando que los ciudadanos cumplan las recomendaciones y se conciencien de la necesidad de obrar bien para salvar sus propias vidas. Pero ni un cortejo fúnebre acompañado por dolientes inconsolables. ¿No les parece extraño?

Repaso en algunos documentos la información sobre otras pandemias históricas. Imagino los carros cargados de cadáveres, las sepulturas abiertas, algunas individuales y otras fosas comunes donde amontonar a las víctimas para rociarlas con cal viva, los lamentos de dolor por doquier, las pústulas abiertas por el bacilo de la peste, los estragos del cólera, los enfermos hacinados en lazaretos. Los afectados se contaban por calles enteras, familias completas. Los contagios se extendían como una inundación y no había forma de paliar el dolor y la muerte. La sensación de desamparo y la inminencia de apocalipsis encogían los corazones. No hacía falta campañas de concienciación ni esa ridícula didáctica de la prevención con la que ahora se nos bombardea ante la displicencia y el hartazgo de quienes se sienten invulnerables por el mero hecho de vivir en el regazo confortable de un mundo “moderno”.

Tengo para mí que ahí radica el gran error de quienes han diseñado la política informativa en este desgraciado acontecimiento histórico. La ocultación de los muertos y la elipsis del sufrimiento físico, no sé si para no “ofender las sensibilidades”, o sea, el rechazo estúpido de esta sociedad hedonista por la exposición pública de lo desagradable, han contribuido a extender la percepción generalizada de que la pandemia es un artificio, un señuelo pasajero de infelicidad al que no había que dar demasiado pábulo. La muerte ocurre de manera aséptica en las ucis de los hospitales y los fallecidos devienen en cifras, meras estadísticas, porcentajes.

Tal vez el virus haya venido para poner de manifiesto las contradicciones de nuestra civilización decadente y regenerar los cimientos de la historia. Mientras escribo, hordas de “civilizados” europeos se manifiestan contra los intentos de sus gobiernos por contener el crecimiento exponencial de infectados y la saturación del sistema sanitario. La OMS advierte de que más de medio millón podríamos fallecer de Covid19 este invierno. Como si una fiebre de adolescencia se hubiera adueñado de la sociedad, personas de todas las edades cuestionan las evidencias científicas, se creen inmortales, recelan de la autoridad paterna/estatal. Y ocupan las calles, envalentonados pese a la amenaza del patógeno, comprometiendo la salud de quienes nos interponemos en su afán de caprichos y veleidades. En esta dialéctica entre la realidad y el deseo, la muerte es esa cosa antiestética, un incordio en nuestro delirio de bienestar perpetuo, ausente por completo en el universo de pantallas que nos rodea. Cómo no sospechar que todo sea un cuento.