Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)
Mi tío Jesús tocaba el bajo en la banda municipal de Moratalla. Tocar un instrumento, interpretar la partitura que alguien ha escrito en un lenguaje mágico, donde se combinan los sonidos y el tiempo es para mí uno de los grandes misterios del arte. La pintura refleja, mal que bien, la realidad que nos circunda, el universo íntimo que nos atormenta oel-gato-montes el ámbito figurado de los sueños y lo hace con los colores de la materia. La literatura emplea las palabras, que todos sabemos usar desde muy niños, y construye fábulas legendarias o poemas de amor, pero la música constituye el más secreto y arcano de los saberes del hombre. La escucho y me sosiega como un bálsamo medicinal, o araña mis vísceras en la forma en que lo haría una bestia salvaje, pero rara vez me deja indiferente.
Me veo a mí mismo, emocionado y feliz, Calle Mayor adelante, al paso de los acordes de «El gato montés». No sé por qué recuerdo siempre ese título y esas notas. Son las fiestas del Santo Cristo y nos dirigimos todos hasta la puerta de los corrales por la que saldrán las vacas aquella misma tarde. El aire huele a verano y no podemos evitar esa punta de miedo entrándonos desde las piernas como una corriente eléctrica, pues aunque yo soy todavía un crío, ya no me gusta meterme en un balcón y prefiero subir a un boquete o a una reja y ver pasar a los animales debajo de mis pies, a unos pocos centímetros, como los hombres, lo más cerca posible.
La banda sonora de mi vida la han puesto desde muy pequeño los hombres y los jóvenes que han ido relevándose y que han integrado en diferentes épocas nuestra agrupación musical. La música es el espíritu, el alimento del alma y es, casi siempre, verdad; por eso anda unida irremediablemente a nuestra memoria y cuando escuchamos unas notas y reconocemos su origen, aunque no sepamos identificarlo del todo, se nos alegra el corazón y regresamos al delirio de los días que perdimos.
Aquella noche, en La Glorieta, acomodados junto a la fuente en duras sillas de tijera, tocan generosos de forma gratuita como cada año para todos los que paseamos distendidos o nos comemos un polo sentados en uno de aquellos bancos de nuestra infancia, unos hombres maduros, que muestran sus recias manos forjadas en las labores del campo y que han aprendido a acompasar un puñado de notas para ofrecernos una espléndida serenata nocturna. Es su regalo al pueblo donde nacieron y donde viven, y es posible que nosotros, ese pueblo, no les hayamos agradecido nunca, lo suficiente, sus horas de sacrificio y de trabajo, de ensayos interminables, de dedicación con el único objeto de hacernos pasar un rato placentero.
De vez en cuando, una pareja con aire clásico, como de película, se cogen de la mano y salen a un imaginario escenario y se mueven al compás de la música, que es un vals o un pasodoble o un foxtrot; me fijo bien aquella noche y descubro a mi tío Eugenio y a mi tía Ramos bailando con la gracia que solo ellos saben derrochar en ese trance.
La banda estuvo, aunque no siempre reparáramos en ella, mientras tonteábamos con las muchachas, cuyos senos apuntaban por debajo de la camisa en aquellas largas y perfumadas verbenas de estío y en las procesiones de Semana Santa y en el día de Jesucristo Aparecido, solemne y bien acordada, entrañable y cercana. La banda ha estado en los mejores momentos de la historia de nuestro pueblo, de esos últimos ciento sesenta años que celebramos ahora con orgullo, porque la música de un pueblo es también su memoria sentimental.
Cargados con los instrumentos y con las partituras, los músicos eran la fiesta misma y con su presencia alegraban las calles del pueblo. Sonaba El gato montés y yo veía a mi tío Jesús con una punta de orgullo, pequeño y sabio, aplicado a su tarea de ennoblecer la vida y esparcir el júbilo que provoca el misterio de la música.