PASCUAL GARCÍA

Necesitaba fuego para encender una de esas románticas velas de olor que se colocan sobre una mesa para crear un ambiente propicio a la memoria durante una velada de confidencias y recordatorios, pero no encontré cerillas o encendedores por parte alguna. Busqué con la seguridad de que quedaría algún resto de mi vieja y contumaz afición al tabaco en los rincones de la casa y no hallé ni rastro del fuego antiguo. Entonces comprendí que hacía años que me había curado del todo de forma inconsciente del vicio al que había dedicado dos largas décadas de mi juventud, pero a la vez supe que no podría encender la vela  esa noche, que no bajaría a la calle a aquellas horas porque ya no tenía una excusa firme ni una convicción necesaria.

Sin darnos cuenta nos hemos ido despojando del hábito que algunos consideramos un placer porque nos acompañó en los mejores  momentos de nuestra vida y supo aliviar nuestra congoja en los peores, fue y vino con nosotros en viajes, oposiciones y trabajos, nos insufló el valor necesario para acercarnos a la chica que nos gustaba, echar el resto en un examen complicado y aguardar con una mezcla de paciencia  y pánico la noticia feliz del nacimientos de cada uno de nuestros dos hijos.

Hubo un tiempo que anduvimos al borde de la muerte en parte por su causa, pero recordamos imágenes memorables en una playa dorada junto al mar abrazados a la muchacha de nuestros sueños, justo aquella que no supimos retener junto a nosotros.

Y después vino la mili como un castigo alevoso por tanta juventud dilapidada en vano, las horas pesadas y lentísimas en el cuartel, la licencia final y las fiestas, todas las fiestas que celebramos con una copa y con un cigarrillo junto a los amigos de siempre. Y las primeras clases en el instituto, en unos años en los que todavía fumaba el profesor mientras departía sobre el barroco o leía una rima de Bécquer. En los bolsillos llevábamos todos un Zipo (a mí me regaló mi mujer uno de plata con unas palabras grabadas unos días antes de la boda), un Clip o una caja de cerillas de aquellas de madera que algunos encendían en los pantalones vaqueros con un gesto teatral y circense.

Si te pillaba una noche de exámenes sin fuego ibas a la cocina y le cogías prestados los mixtos a tu madre, pero en cualquier parte encontrabas con qué encender el cigarrillo: unas brasas de la chimenea o de la estufa, el último aliento del mechero de tu progenitor con el que salvabas la ansiedad de un cigarrillo de madrugada; en las repisas, en los armarios, en los cajones de las mesitas de noche, junto al televisor o en los bolsillos de los pantalones de tu padre hallabas el objeto deseado. Y por la calle cualquiera te daba fuego, porque todo el mundo llevaba su antorcha particular y diminuta con él, como un ídolo sagrado de aquellos años en que el humo estaba con nosotros en todos lados y no nos molestaba tanto, porque formaba parte de nuestra cultura y todavía no habíamos caído en que la muerte nos acechaba a todos en un recodo del camino y era ineludible.

Pero de todo aquello parece que hiciera siglos o que no hubiese pasado nunca, me digo mientras me afano en buscar fuego para encender la vela de olor que nos acompañará a mi amiga y a mí durante toda la noche. Y no encuentro ni las cerillas ni el encendedor, y entonces me digo que ni siquiera aquellos versos áureos e inmortales habrían sido posibles: Alma a quien  todo un dios prisión ha sido/ venas que humor a tanto fuego han dado,/ médulas que han gloriosamente ardido.

Aunque Quevedo siempre llevaba fuego encima.