José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.

Con motivo del ochenta aniversario de la conclusión de la Guerra Civil, que este año tiene lugar, viene al caso el recuerdo de un acto celebrado en fecha concreta desconocida para el Cronista, del mes de abril de 1939. Un acto del que apenas tenemos información, que tuvo lugar en El Templete, en el mismo marco urbano en el que anualmente se celebra la Misa de Apariciónen la mañana del dos de mayo.

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Organizado seguramente por el propio Ayuntamiento y la Iglesia local, en un momento en que todos los templos locales estaban dedicados a menesteres no religiosos, se celebró una misa de acción de gracias por el final de la Guerra, que presidió, a manera de pequeño retablo un cuadro de la Stma. Cruz (que aparece en la ilustración), de propiedad particular, que para el caso pidió a su dueña Dª. Anunciación López López (a quien venía por herencia), el arcipreste D. Tomás Hervás.

El cuadro, de 107 Cm. de alto por 86´5 de ancho y 15 de profundidad, perteneciente a una colección privada, es un trabajo de artesanía femenina, ampliación de la palia con que tradicionalmente se remata cada año la Bandeja de Flores que el Alcalde local ofrece a la Patrona a medio día del citado dos de mayo. Está elaborado a base de flor y madroño artificial multicolor, con predominio de rojos, verdes y blancos. Como observará el lector, sobre una superficie rectangular protegida con marco de madera y lámina de cristal, se inscribe una mandorla que alberga la imagen de la Vera Cruz guarnecida de ornato floral, a cuyo pie luce un lazo de color blanco. En las cuatro enjutas otros tantos angelitos con las alas desplegadas, que se repiten a ambos lados del palo vertical de la Cruz, a manera de ángeles tenentes, que recuerdan los que figuran en la iconografía popular del milagro de la Aparición. Al pie de la Cruz dos rosas abiertas.

El cuadro parece un trabajo de elaboración monjil, propio de alguno de los dos conventos de clausura de Caravaca, realizado, según su actual dueño, para una rifa benéfica hacia 1830, con el fin de allegar fondos para un grupo social local necesitado.

Llamo la atención del lector respecto a la segunda fotografía que ilustra este texto, la cual recoge la panorámica del espacio entre el Templete y el inicio de la Glorieta, entonces cerrada por verja perimetral que desapareció durante el mandato como alcalde local de Antonio Guerrero Martínez (1942-1951).

La fotografía es del acto aludido. Tras su observación podríamos llegar a la conclusión de que se trata del dos de mayo de 1939, ahora hace ochenta años, pero supongo que fuera días antes, a primeros de abril, muy pocos días después de la conclusión oficial de la Guerra, y ello por la indumentaria, aún invernal, de los asistentes, algunos de ellos con abrigo, gorras y sombreros en las manos, mujeres enfundadas en chales negros de lana y manos en los bolsillos de muchos de los presentes.

Quizás fuera una misa de acción de gracias, como digo, y también funeral por los caídos a juzgar por el catafalco o túmulo que aparece en el centro, al que hace guardia simbólica un pelotón militar compuesto de soldados y falangistas en actitud de «presenten armas». Posiblemente el acto se organizó tras el acuerdo municipal de 12 de abril de 1939, no llevado a cabo, de abrir una fosa funeraria en el centro del Templete para introducir en ella los restos mortales de los caravaqueños asesinados en el Castillo la noche del 1 al 2 de octubre de 1936, así como los del juez Manuel Martínez Alcayna. En esta Sesión Municipal también se tomó el acuerdo de denominar en adelante a la antigua Corredera como Paseo de los Mártires.

Las autoridades locales, algunas con abrigo y sombrero, presiden el acto a la manera que se hace en la mañana del dos de mayo, durante la Misa de Aparición.

En el centro de la imagen se pueden observar algunos músicos entre el público, sin uniforme y con sus instrumentos musicales en las manos, de lo que se deduce una salida improvisada de lo que quedaba de la Banda de Música. Al fondo, a la derecha, frente a la fachada del Molino de Ramoncico, una compañía militar en formación en la que, según información oral, figuraban italianos y moros.Posiblemente fuera parte del denominado Batallón Nacional de San Marcial, con sede temporal en Caravaca, para cuyo alojamiento se habilitó el Convento del Carmen.

También llamo la atención del lector sobre la ausencia aún, de los  edificios que, con posterioridad en el tiempo, se levantaron junto al citado Molino de Ramoncico, viéndose la huerta en el lugar donde luego se levantaron éstos.

Finalmente insisto en la atención del lector para que observe la escena del fondo, a la derecha, donde una mujer enlutada monta de lado sobre un borrico del que tira un hombre, escena que recuerda la Huida a Egipto de nuestros belenes navideños.

Entre otras curiosidades, la fotografía aporta importantes datos sobre el atuendo tradicional: chal negro que la mujer de la comarca Noroeste usaba en invierno para protegerse del frío. Ausencia casi total de color en la indumentaria masculina, en la que predominaba el negro, el azul marino, el gris y el marrón. El delantal femenino que las mujeres usaban con tanta asiduidad incluso fuera del domicilio familiar, y mantilla, velo o pañuelo negro con que éstas se tocaban para asistir a los oficios religiosos, bien si se celebraban en el interior o bien si éstos tenían lugar en el exterior de las iglesias.

Las fotografías le fueron facilitadas al Cronista por mi amigo Juan López-Egea López, quien propuso, sin aceptársele entonces, que el cuadro de la Cruz en cuestión figurase en la exposición «La Ciudad en lo Alto», celebrada en Caravaca durante el Año Santo 2003, para inaugurar la rehabilitada Iglesia de la Compañía. Quizás no fuera mala idea intentar adquirir el citado cuadro de la Cruz para su incorporación a las colecciones de alguno de los museos locales, por su valor histórico y etnográfico.