FRANCISCO SANDOVAL

Al amparo de enormes piezas de mármol de suntuoso corte barroco se accede a la Basílica de la Vera Cruz de Caravaca desde hace tres siglos. Estas piezas componen una fachada de la que sabemos menos de lo que cabría esperar para un icono regional en la historia del arte. Columnas helicoidales se mezclan en el fuste con un diseño más clásico, se relacionan con pináculos y con la tan presente concha santiaguista, y entre toda la amalgama aparece un insólito elemento: el estípite.

FRANCISCO SANDOVAL

Al amparo de enormes piezas de mármol de suntuoso corte barroco se accede a la Basílica de la Vera Cruz de Caravaca desde hace tres siglos. Estas piezas componen una fachada de la que sabemos menos de lo que cabría esperar para un icono regional en la historia del arte. Columnas helicoidales se mezclan en el fuste con un diseño más clásico, se relacionan con pináculos y con la tan presente concha santiaguista, y entre toda la amalgama aparece un insólito elemento: el estípite.
El estípite, o columna tronco-piramidal invertida, es un elemento propio del barroco más avanzado, que aparece tímidamente en retablos y otras composiciones de pequeña entidad en el interior de algunos templos. Sin embargo, raro es encontrarlo en la arquitectura como tal. Un estípite tallado en piedra, formando parte de la fachada de un edificio es algo que en España tiene los casos contados. La iglesia de San Juan Bautista, en Mas de las Matas (Teruel) cuenta con un par de este particular tipo de columna. Pocos ejemplos más encontraremos en el país y, desde luego, con la dimensión de los estípites que flanquean la puerta de la Basílica caravaqueña no hay ningún otro en toda España.
En Centro América, por el contrario, se extendió el uso del estípite en grandes portadas durante el siglo XVIII. Encontramos buenos ejemplos en la Catedral de México, en el templo mayor de Tepotzotlán o en otras tantas portadas de Mesoamérica. Allí queda patente la condición antropomorfa del estípite, como si de un guerrero se tratase. La inestabilidad visual que manifiesta este elemento, que además es sustentante, es anticlasicista y suele aparecer flanqueando los motivos principales, hornacinas o portones (como es el caso de Caravaca tanto en el primer como en el segundo cuerpo de la fachada). En América se usa con profusión y existen portadas donde predomina en todo el conjunto, pero rara vez aparecen relegados al contorno exterior de la fachada, como si el “guerrero” debiese permanecer lo más cerca posible de los elementos de mayor relevancia.
Se desconoce con exactitud quién planteó esta figura para la portada caravaqueña. El arquitecto José Vallés (autor de la fachada de la Colegiata de Lorca) se encontraba en Caravaca a principios del siglo XVIII, y según quedó escrito se le encargó diseñar una fachada para el templo. Sin embargo nada más sabemos, pues solo con ese dato no podemos concluir que la fachada que ha llegado a nuestros días fuese realizada por él. Aparece aquí un velo de misterio pues, de forma coetánea a las grandes obras del barroco mexicano, se crea la fachada de Caravaca. Y además del estípite, tenemos talladas en mármol rojo dos serpientes emplumadas (popularmente conocidos en nuestra ciudad como Dragones Rojos), que son uno de los principales dioses de la cultura mesoamericana.
Es por todo ello que, cabría reflexionar cómo el arte es testigo de los posibles lazos que pudo haber en el pasado entre culturas tan distantes. La Cruz de Caravaca tiene cierta presencia en México. Por otro lado, conocidas son las misiones jesuíticas en América que desde el siglo XVI llevaban a cabo una labor evangelizadora. La historia nos ha legado una serie de hechos que, aún con la incertidumbre por falta de documentos, estimulan teorías sobre relaciones e influencias de más allá del atlántico. Al fin y al cabo, no parecería descabellado que esas particulares formas de la fachada caravaqueña, que esos estípites que se hincan a la entrada, que esa exótica iconografía en mármol rojo… hubieran andado dando tumbos en la mente de algún tracista que hubiese cruzado el charco. Y que por alguna razón, lo manifestase en un diseño que hoy se muestra ante nuestros ojos.