ANTONIO F. JIMÉNEZ

De esto que uno pega la oreja sin quererlo demasiado y tuvo que tragarse conversaciones ajenas. Comí solo hace poco en un bar de esquina deleitándome con las aventuras y desventuras del palomo murciano. Un cuarentón trajeado, que jalaba a prisa, necesitaba un poco de conversación; requería que el camarero, además del solomillo al roquefort, le sirviera unas cuantas palabras vagas esturreadas por el aire. Cuando el camarero tras la barra ya no sabía qué más decir, y solo se escuchaba el engullir del machote, el diálogo volvía pronto una vez que el bolo alimenticio le bajaba al comensal por el esófago: «Sigue, jefe, ¿a cuánto va el palomo de caza entonces?». Abrió la puerta un señor con unos rasgos faciales apesadumbrados y los ojos muy aguados. Era un hombre alicaído al que dan ganas de cogerle la chaqueta cuando se le atranca por los brazos, y más tarde dejarle un hombro para que llore con desahogo. El camarero le sentó equívocamente en una mesa con un espejo enfrente, que se disimulaba en forma de columna artística. El del traje, que obviamente comía de pie y en la barra, seguía: «Entonces, jefe, si digo de sacar la escopeta un domingo de estos, ¿me llevas a las sierras del palomo o qué?». El hombre entristecido se aplastó la servilleta sobre los muslos con sus enormes palmas. Yo vi justo cuando levantó la vista y se vio reflejado en el espejo. Empezó a chasquear céleremente al camarero, como si hubiera visto una cucaracha. El atento camarero, que estaba entre el barril y la comercial conversación del palomo, le asistió enseguida: «¿Se encuentra bien, caballero?». El de la barra se giró para mirar. Yo enfoqué más todavía. El hombre, pusilánime, dijo al fin: «¿Puede ponerme en otra mesa? Lo último que quiero es comer conmigo». Fue el mejor punto final a la plática del palomo.