Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)       
Lo que tiene volver en las fiestas a tu pueblo es que, de paso, realiza uno un singular y vertiginoso viaje en el tiempo y se lleva, como es lógico, más de una sorpresa, porque el tiempo apenas nos cambia cuando no atendemos a su paso, cuando nos dejamos vivir como si nada cotidianamente y transcurren los años sin que el espejo nos devuelva su mueca infame. Al fin y al cabo, en la casa de uno las cosas suceden de otra manera y nada parece cambiar en exceso, aunque nos asalten las canas del mismo modo, aumente el volumen de nuestro vientre de una forma ostensible y se caiga un poco todo en esa inercia imparable que gobierna la ley de la gravedad.
El verdadero encuentro con nosotros mismos se produce cuando regresamos al pueblo y nos damos de bruces con el amigo, el compañero de estudios o el vecino, aquel que nos dejamos en unos años antiguos y ya es irremediablemente otro, tan lejano a la imagen que conservábamos de él, a pesar de que su edad y la nuestra es la misma. Y es entonces cuando hemos de reconocer, no sin una buena dosis de amargura, de aceptación dolorosa, que nuestra facha tampoco andará tan lejos de ese horror físico que hemos descubierto en los demás.
Aquella adolescente por la que perdimos el sueño en tantas ocasiones y que, al cabo, nos la arrebataron pese a todos nuestros esfuerzos por estar a la altura del contrincante de turno,  es hoy una opulenta madre de cinco hijos adolescentes o, en algún caso, fuera ya de quintas, como se decía antaño, a la que observamos como se observa un sueño que pasa delante de nosotros hasta perderse en la distancia.
Nos cruzamos con nuestros viejos maestros, jubilados desde hace mucho y ancianos, y echamos cuentas de los años que podrían tener cuando nos impartieron aquellas lecciones magistrales que nos han permitido llegar a alguna parte, o aquellos otros, que sólo nos mostraron la forma equivocada de ser y de enseñar. La calle entera es un río en plena fiesta y se suceden a nuestro paso rostros familiares y otros desconocidos, rasgos que identificamos tras un esfuerzo de la memoria y de una manera inevitable comparamos con las imágenes archivadas, con los años idos, con aquella infancia que para nosotros fue únicamente un tiempo de espera.
No es venganza, por supuesto, es como una restitución de lo perdido o de  lo que no pudimos tener en aquellos días. Tal vez por eso sonreímos cuando la muchacha engreída y tonta que se burló de nosotros sin causa es ahora casi una matrona, arrasada por los estragos de la edad, o el insolente despreciativo que nos restregó sus vaqueros de marca durante algunos cursos se busca hoy la vida como mejor puede, sin brillo y sin gloria.
Sabíamos, porque lo habíamos leído en los clásicos, que el tiempo es implacable y muchas veces coloca a cada uno donde le corresponde; en el teatro calderoniano de la vida algunos cumplen su papel con absoluta fidelidad al texto, pero muchos pierden el paso, se olvidan del gesto apropiado cometen muchos errores y terminan siendo el hazmerreír del público.
Uno no es nada ni nadie si no se mira en el otro, y cuando vuelve a su lugar de origen encuentra la ocasión de hallarse de nuevo muchas veces, y acaso comprende que esas huellas inicuas del transcurso de los días, aquella calva incipiente, las ojeras cómplices, esos kilos de más y la fatiga ostensible de los miembros lentos y pesados, la severidad de las responsabilidades y de los años no solo han avejentado la cara de todos, los que nos saludan y preguntan por nuestra familia, sino que, como si de un espejo inmisericorde se tratara, también nos han vencido a nosotros, nos han bajado los humos de una juventud fugaz y sobrevalorada y nos han colocado, al fin, en nuestro sitio.
Esa es la peor parte del viaje al pasado, la certeza de que también nosotros estamos incluidos en él y de que no somos tan distintos, después de todo, de cuantos se cruzan en nuestro camino en ese día festivo, donde debiera triunfar la alegría en exclusiva, pero donde se impone casi siempre la usura de la nostalgia.