JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Una de las manifestaciones sociales que más ha cambiado a lo largo de la segunda mitad del S. XX ha sido la relacionada con el entierro y el luto posterior a éste, tras la desaparición de un miembro del grupo social local.

Entierro del Arcipreste Tomás Hervás 1956

Entierro del Arcipreste Tomás Hervás 1956

El culto a la muerte y el oropel que la rodeaba, heredados del barroco, dejó marcada a la sociedad rural y urbana en muchos aspectos que, practicados de manera intocable de generación en generación durante siglos, han cambiado de forma radical en muy pocos años, influyendo en ello, desde el punto de vista religioso, las directrices emanadas del Concilio Vaticano Segundo, celebrado entre 1962 y 1965, y en lo civil por la emulación, como signo de progreso, de lo que se hace en otros lugares lejanos y de cultura diferente.

El lector entrado en años recordará que los ornamentos litúrgicos utilizados por el clero en las ceremonias fúnebres era el negro, como negro era el color del luto oficial y particular. La Iglesia cambió el negro por el morado como color litúrgico de la muerte, adelantándose a la desaparición del color negro en la sociedad civil, como manifestación pública del luto, hoy totalmente en desuso.

Los entierros en Caravaca, hasta la revisión de los aranceles como normativa de la Iglesia Católica, eran de diferente categoría según el estatus social y económico del difunto y la familia que costeaba sus exequias. Los entierros más modestos eran los denominados de cura y sacristán(o de tercera categoría), en los que como se indica participaban un monaguillo con la Cruz Menor, el sacerdote con roquete, estola y bonete, y el sacristán.

A éste le seguía el de segunda categoría, en el que figuraba la Cruz Mayor Parroquial que durante muchos años portó siempre el popular Ico, con un sacerdote revestido de capa pluvial negra, sacristán y monaguillos con ciriales en torno a la cruz. En el de Primeraparticipaban, además de la citada Cruz Mayor Parroquial, los acólitos y el sacristán, tres sacerdotes con capas pluviales siempre negras. El de mayor categoría era el denominado Entierro General, al que acudían, además de los ya mencionados, todos los sacerdotes de la localidad (seculares y regulares), igualmente con capas pluviales negras. A veces, y dependiendo de las posibilidades económicas de la familia del difunto, venían sacerdotes de fuera e incluso los seminaristas del Colegio Seráfico de Cehegín, quienes formaban en dos largas filas ante el clero oficiante. En ocasiones hasta la Banda de Música Municipal encabezaba el cortejo. Documentos anteriores a nuestra memoria nos hablan de la participación de los pobres del Asilo local, en número indeterminado a convenir, con velas encendidas, en entierros de categoría superior. En todos los casos el clero parroquial se desplazaba desde la iglesia al domicilio del difunto procediéndose al levantamiento del cadáver. Desde la casa mortuoria el cortejo fúnebre se dirigía al templo cantándose durante el trayecto el salmo del Miserere en latín. Desde este lugar el cortejo partía hacia el Templete (primero) y luego hasta el límite de la feligresía en la C. del Pintor Rafael Tejeo, frente a Calzados Mané, si el difunto pertenecía a la feligresía de El Salvador.

A mayor suntuosidad eN el cortejo fúnebre, correspondía mayor información pública a través de las campanas de las torres y espadañas de la ciudad. Obligadamente se doblabadesde la torre de la iglesia parroquial a cuya feligresía pertenecía el difunto, pero de acuerdo con la disponibilidad económica de la familia del finado, se hacía en intervalos de una hora o de media, y desde una sola iglesia o desde todas, incluyendo conventos y ermitas (Santa Elena e incluso La Soledad mientras hubo en ella espadaña con campana). El doble(que así se llamaba y se llama el aviso al público de la muerte de alguien), era diferente si quien moría era seglar, clérigo o niño. Si era seglar (daba igual que fuera hombre o mujer) se doblaba haciendo sonar a la vez las campanas Mayor, de San Pedro y Pocico. Si se trataba de un clérigo las citadas campanas se volteaban a medio vuelo y si era niño no se denominaba doblar sino foliar, accionándose en este caso las campanas de La Soledad y Mayor dando dos golpes de badajo en aquella y uno en ésta, a intervalos cadenciales de unos minutos. Cuando el ruido callejero fue en aumento se invento por la empresa Firlaqueel moderno sistema, complementario del doble, mediante el cual se fijan esquelas en lugares urbanos convenidos. Esto era impensable cuando aún había mucha gente que no sabía leer.

También tenía que ver con la categoría social y económica del difunto su posterior funeral, ya que la misa de corpore insepulto no era habitual. Había funerales rezados y cantados (en los que siempre intervenía como cantor el conocido y apreciado Pepeel Sacristán, hijo del sacristán José Martínez Segura). Y funerales celebrados por un solo sacerdote o por tres, denominado en este caso Misa de Tres.

Antes de generalizarse las coronas de flor natural, la empresa de pompas fúnebres facilitaba una de plumas moradas y negras, que se alquilaba o vendía a voluntad de la familia del finado. Si se alquilaba, al finalizar el entierro se retiraba sirviendo para otro posterior. Si se adquiría, la corona quedaba en el panteón familiar o en el domicilio del difunto como recuerdo del entierro.

También fue costumbre generalizada, perdida paulatinamente, el uso de cintas (cuatro o seis por lo general) que, cogidas al interior del féretro, portaban desde el exterior otras tantas personas. Documentos anteriores a nuestra memoria dan cuenta de esta costumbre en entierros de categoría superior, mencionándose los nombres de quienes las portaban. Los de mi generación sólo las vimos en entierros de adolescentes o jóvenes de ambos sexos, siendo sus portadores amigos o compañeros del fallecido.

La introducción en el interior del templo del féretro que contenía los restos mortales de un difunto, en el recorrido fúnebre desde el domicilio hasta el cementerio, no era habitual, teniendo lugar la ceremonia en el atrio del mismo. Eran muy contadas las excepciones en que aquel se introducía y disponía ante el altar, dentro del templo, generalmente cuando se celebraba misa de corpore insepulto.

En cuanto a los lutos, también todo ha cambiado mucho en el transcurso de los últimos cincuenta años, como cada lector recordará y tendrá sus propios ejemplos con que ilustrar mi afirmación. Desde aquellos lutos de nuestros abuelos, en que durante un año se clavaban las puertas y ventanas de las casas, se cubrían los espejos y a penas se salía a la calle, ha pasado mucho tiempo. La mujer era la más afectada pues el hombre tenía que atender el trabajo y por tanto salir de la casa; evitando uno y otro el hacerlo si no había necesidad perentoria de ello. La familia vestía (incluido el servicio), de negro impoluto. La mujer con mantodurante los primeros meses y medio manto y velo de gasalos siguientes. Se cumplía con el precepto dominical asistiendo a la denominada Misa de Ánimasque cada domingo tenía lugar en El Salvador a las seis de la mañana. No se asistía a espectáculo alguno y se clausuraban los aparatos de radio domésticos. El paso del negro al color tenía lugar muy paulatinamente mediante el denominado alivio, combinando grises y azules marinos las mujeres, mientras que el hombre lucía brazalete de tela negra en la manga de la chaqueta o forraba de este color uno de los picos de la solapa de esta misma prenda. Quienes usaban corbata, durante el período de luto ésta siempre era de color negro.

Si en la familia tenía lugar una primera comunión o una boda durante el año de luto, el niño o la niña vestían de negro en aquella y no había celebración posterior a la ceremonia religiosa en ninguno de ambos casos.

Las cosas han cambiado mucho y en muy poco tiempo. Unos pensarán que para mejor y otros que para peor. El entierro y el luto no son sino algunas de las costumbres sociales cuya mutación da fe de ello; y es que, como dice la canción: «los tiempos cambian que es una barbaridad».