Pedro Antonio Martínez Robles

Hace días me despertó el llanto de un bebé. Sentí una terrible inquietud, un indescriptible desasosiego. Sin embargo, al abrir los ojos y comprobar que el llanto procedía de un programa de televisión me sentí aliviado.

En uno de sus ingresos hospitalarios, alguien le dijo a mi madre que cuando se sueña con el llanto de un bebé una persona cercana va a morir. Yo sólo tuve conocimiento de esa revelación cuando falleció mi padre. Días antes de que ocurriera, mi madre dijo a una de mis hermanas que debíamos estar preparados para recibir la noticia de  un suceso triste, que había soñado con el llanto de un bebé, y eso era una premonición, un mal presagio; lo que ella no imaginaba es que habría de ser mi padre la víctima de aquel mal augurio.

Mi madre era una persona seria, jamás alardeaba de estos presagios, de estos “avisos”: los temía y nunca los mencionaba salvo en la más estricta intimidad, del mismo modo que le ocurriera a su madre, mi abuela María. Ambas cultivaban un profundo sentimiento religioso, una fe inquebrantable, aunque no tengo la absoluta certeza de que esos presentimientos tengan relación alguna ni con la fe ni con la devoción religiosa, sino que obedecen, quizá, a un don que escapa a nuestra comprensión.

Es posible que algún lector poco crédulo atribuya estos sucesos a la fantasía, a la ocurrencia o a simples casualidades; yo, que ni entro ni salgo en estos asuntos, diré que siento un profundo respeto por quienes aseguran sufrir estos presagios, estas inexplicables manifestaciones procedentes de un ámbito que somos incapaces de manejar.

No sé cuántas veces pudo mi madre padecer estas premoniciones; a mí me contó tres o cuatro a lo largo de su vida, y no siempre estos “avisos” le fueron manifestados del mismo modo (palmadas secas donde no había nadie, golpes rotundos, o el llanto angustioso de un bebé en medio de un sueño). Y digo padecer porque entiendo que deben entrañar un sufrimiento indescriptible, un enorme desasosiego, una angustia sorda y devastadora.

Estas cosas le ocurrían a mi abuela, le ocurrían a mi madre y, me atrevería a decir, que también a una discretísima hermana mía que no habla de ello o le quita importancia. De cualquier modo, se trata de un don que nadie desea poseer y a veces me asalta el temor, digamos que inexplicable, de que en esa herencia que vamos recibiendo, generación tras generación, se haya podido transmitir al menos un ápice de esa facultad, y en cualquier momento despierte en mí. Sería muy difícil, a partir de ese momento, volver a conciliar el sueño.

 

 

 

3 de mayo de 2020