Ya en la calle el nº 1039

¿El disco físico en peligro de extinción?

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Pedro Antonio Hurtado García

Llegamos a un punto de incertidumbre que pone en peligro tradiciones técnicas, formatos de grabación, trabajo para los artistas y negocio para los distribuidores. El soporte fonográfico, hace unos tres cuartos de siglo, quedaba sustentado, esencialmente, en el disco de vinilo y en la cinta magnetofónica. El disco de vinilo, a su vez, en base a su capacidad de almacenamiento, se dividía en varios tamaños o formatos, conocidos en el mundo del sonido como discos de 33, 45 y 78 r.p.m. (revoluciones por minuto), siendo los más usados los dos primeros citados que correspondían a los “singles” o discos de dos canciones, una en la “Cara A” y, otra, en la “Cara B”, para el caso de los de 45 r.p.m., aunque también se presentaba este formato con la denominación de “E.P.” o “Extended play”, un disco de cuatro canciones que ofrecía dos en cada una de sus caras, mientras que los de 33 r.p.m. eran los denominados como “L.P.”, abreviatura, en inglés, de “Long play” o “Larga duración”, de 30,50 centímetros de diámetro y que soportaban unos 25 minutos de grabación, de media, por cada cara.

Las R.P.M.- Hay que matizar que, en principio, se denominó “E.P.” al disco de vinilo, de siete pulgadas de diámetro, que se grababa a 33 r.p.m., distinta velocidad con respecto al “single”, grabado a 45 r.p.m., para que soportara una mayor duración, con un máximo de doce minutos y medio en cada lado, lo que le dotaba de una capacidad global de 25 minutos de extensión temporal, distinguiéndose del sencillo o “single”, que no pasaba, en ningún caso, de los 15 minutos de duración. Fue, en el momento en que los vinilos se definieron a 33 r.p.m., cuando se otorgó la denominación de “E.P.” a aquellos discos de siete pulgadas que albergaban más de una canción en cada una de sus dos caras.

C.D.- Actualmente, con la aparición, en 1979, del disco compacto, conocido como “C.D.”, abreviatura, en inglés, de “Compact disc” o “Disco compacto”, la diferenciación entre “single”, “E.P.” y “L.P.”, conocido, éste último, también como “Álbum”, resulta totalmente arbitraria, basándose en condiciones y circunstancias de carácter artístico y comercial, así como atendiendo a su duración, por lo que, generalmente, un “E.P.”, en formato “C.D.”, es el disco que ofrece una duración máxima de entre 20 y 25 minutos, aunque, en este caso concreto, puede presentarse como un disco de tipo “mini-C.D.”. Superada esa duración, ya suele hablarse de un disco de “larga duración”, es decir lo que en vinilo era un “L.P.”. Sin olvidar que, por razones promocionales, también aparecen discos con una única canción, sustituyendo al antiguo “single”, pero ya, lógicamente, sin las dos caras de antes.

“Single” promocional.- Esta estrategia comercial de las discográficas va enfocada a varios aspectos. De una parte, entresacar de un nuevo disco del artista aquellas canciones individuales que se entiende que pueden tener una mejor acogida y éxito. Y, así, lanzan un primer sencillo del “C.D.”, un segundo, un tercero, un cuarto y, si comercialmente se considera recomendable, puede que exploten el “álbum” de forma dosificada con esta fórmula que, lógicamente, tiene un precio de adquisición mucho más asequible y que posibilita la compra, fácilmente, a los jóvenes con menos ingresos, quienes, por otro lado, son los mejores “colaboradores” en la promoción de un disco, al elevar su nivel de ventas, aunque solamente sea a través del sencillo que nos ocupa. La comercialización de los primeros discos de larga duración se producía hacia el año 1948, pese a que también es cierto que, en 1930, ya existía un precedente del referido formato. Muchos jóvenes de hoy los han conocido gracias a que esta presentación ha vuelto a ponerse de moda por razones que ahora comentaremos. En cualquier caso, este tipo de disco se convirtió en la fórmula esencial que se utilizó para publicar música grabada desde la década de los años ’50 hasta la de los ’80.

“Cassette”.- Pero no queremos dejar “aparcada” la cinta magnetofónica, soporte de almacenamiento que grababa en pistas de banda plástica fabricada con material magnetizado. Se extendió su uso de cara a la conservación analógica de música, especialmente a través del inolvidable “cassette” que tanto disfrutamos en su tiempo y que, hoy por hoy, ya está olvidado. Pero también contábamos con la cinta de bobina abierta.

Vinilo.- El resurgimiento actual del disco de vinilo no obedece a otra cosa más que el aprovechamiento comercial de las discográficas, cosquilleando las entrañas de los aficionados que recuperan con nostalgia un formato que marcó una época, pero nadie puede discutir que el sonido digital de los nuevos “C.D.’s” resulta imposible de superar con su prodigiosa y limpia lectura óptica frente a una lectura del surco, con rozamiento de una aguja, cerámica o magnética, que produce rozamiento y, a corto plazo, ruido. El “C.D.”, que también sirve para grabar imágenes, vídeo, documentos y otras informaciones, además del audio para el que se concibió, presenta un diámetro de 12 centímetros, espesor de 1,2 milímetros y capacidad para admitir hasta 80 minutos de audio o 700 MB de datos de otra naturaleza. El “D.V.D.” es muy similar al “C.D.”, pero multiplica considerablemente su capacidad de almacenamiento.

Pendrive.- Pues bien, como decíamos al principio, los actuales soportes fonográficos están en peligro de extinción, ya que el “pendrive” es mucho más versátil y adaptable, pese a que la música grabada en un “C.D.” podríamos considerarla eterna y sin el riesgo de borrarla o eliminarla involuntariamente, riesgo que presenta el manejo del referido “pendrive”.

Colecciones privadas.- Todo eso, no obstante, no va a anular y mucho menos destruír los grandes “depósitos” que poseen esos coleccionistas que llevan muchos años adquiriendo volúmenes, en los diferentes formatos reseñados, y que, en algunos casos, han logrado colecciones que muchas emisoras de radio menos veteranas quisieran disfrutar. Es cierto, adicionalmente, que, además del “pendrive”, los sistemas de almacenamiento colectivo atentan contra la nostalgia de lo aquí narrado. Se trata de esa “nube” que, para más “inri”, los creadores y responsables de la misma, escriben y etiquetan con “uve”.

A merced de la tecnología.- Y es que la tecnología nos genera continuos tiempos de cambio, hasta tal punto que existen plataformas y firmas comercializadoras que ya nos venden una única canción en forma de archivo digital, mientras otras, ponen a nuestra disposición un catálogo de millones de canciones, sin otorgar propiedad al usuario y solamente para escuchar, a cambio de una módica suscripción de pago periódico mensual. Buenos días.

 

 

 

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