Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Recuerdo que entraba el sol por la escueta ventana de la cocina y dejaba en el aire un sinfín de pequeñas partículas revoloteando como pajarillos microscópicos en las que yo me ensimismaba como lo hace siempre un crío con los asuntos aparentemente baladíes pero que los sentidos del muchacho captan de un modo especial, como se capta un prodigio. La luz que llegaba del lado de la Sierra del Buitre cada mañana de invierno era un chorro mágico de vida, mientras mi madre barría la cocina, fregaba los platos o    preparaba la comida. Ahora soy consciente de que la escuela con su impertinente obligatoriedad arrasó con el idilio. Buscamos la inocencia y la libertad en la niñez, pero nos olvidamos de que el primer gran sufrimiento sucede en estos primeros años.

Yo pasaba las mañanas con mi madre en la casa, mientras ella se afanaba en sus quehaceres domésticos y mi padre andaba tal vez comprando y vendiendo ganado en el campo, o en la huerta atareado en sus faenas habituales. Los días eran un solo día, una vida larga en la que no cabían preocupaciones, desasosiegos o proyectos para el futuro. Vivir el puro presente es un privilegio de los animales sin memoria o de los seres vivos más primarios, pero es también el regalo de la infancia.

Yo creo que no tuve desazones auténticas, angustias existenciales reales o verdaderas cuitas hasta que no fui consciente de que existía la muerte y de que todos nos íbamos a morir en algún momento, y lo que es peor, de que mi madre también se iría para siempre y me quedaría sin ella. Nos hacemos mayores justo en el instante en que se nos revela el secreto de nuestro viaje hacia ninguna parte, ese propósito absurdo con el que venimos al mundo, ignorantes, inocentes y casi casi engañados por un plan superior a nosotros, que nos somete al ejercicio repetido de la supervivencia. Comemos, nos reproducimos y nos integramos en el universo porque una fuerza inmensa, una energía devastadora así nos lo dictan, aunque ignoremos la finalidad o la causa de todo esto.

Cuando aquel niño descubrió que los días de todos en la tierra estaban contados y que alguna vez debería despedirse para siempre de los suyos, tuvo una especie de rebelión interna, se negó a sí mismo la convicción, peleó como un jabato durante días para mantener intacta la antigua conquista de la inmortalidad, pero el paso de los años acabó por imponer una evidencia contumaz que no cesaba de aparecer en la tele, de ocurrirles a sus amigos, a sus vecinos y a parte de su familia y lentamente fue acostumbrándose a la tragedia y al engaño. En realidad, lo habían traído al mundo para nada y ahora tendría que ir despidiéndose de todo y de todos.

Nunca he dejado de evocar aquellas horas muertas en la cocina con mi madre mientras observaba un remolino de luz y de polvo en suspensión que entraba por la ventana como un haz de vida. Tal vez aquello fuera para mí el paraíso y la clave de una eternidad falsa y efímera que fastidiaría aquel tiempo extenso, descuidado y hasta es posible que feliz.

El transcurrir de los años lo muda todo, los espacios de nuestro pasado, las sensaciones que percibimos entonces y la constatación de que nos hemos rendido ante un puñado de certezas en las que no quisimos creer durante algunos años, mientras nos hacíamos fuertes en aquellas cocinas donde reinaban nuestras madres como diosas protectoras de una inocencia infinita.

Todavía recuerdo el día que mi hijo descubrió la verdad y se giró hacia mí pidiéndome un consuelo que yo no podía darle.