Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

No solo no están de moda los celos hoy, sino que son incluso perjudiciales para la salud, políticamente incorrectos, pasados de moda y peligrosos en la esfera social; aquéllos que los sufren acaban siendo sospechosos de maltrato, porque inquirirle a una mujer por una determinada o probable infidelidad sentimental, por muchas pruebas que el individuo posea, es el principio de las desavenencias, los gritos y, en algunos casos, los golpes de carácter mortal. Tengo, a veces, la impresión de que a los hombres se nos está criminalizando por el único motivo de serlo y eso es, en estos tiempos, una discriminación de género en toda regla. Debemos estar pendientes de nuestras palabras y de nuestros gestos, porque en ellos podría estar larvado el germen del mal.

Cada mañana me miro al espejo y me digo que tal vez detrás de ese rostro sereno y bonancible se halle la sombra de un criminal en toda regla, de un torturador de mujeres, agazapado, oculto en una existencia apacible y en una identidad honorable.

Escribo esto, porque yo he sido celoso toda la vida, y en estos días debo callar mi condición torcida y mi índole perversa. Por fortuna, no tengo motivos para recelar de mi esposa, pero los celos se han engendrado siempre en la irracionalidad, en la mera fantasía, y el celoso, a veces, se ha recreado en su propio disgusto imaginando lo que no tenía entidad alguna. Entonces, ha hecho preguntas a su compañera y ha indagado acerca de sus actividades fuera de su alcance, en las horas de asueto, en el trabajo o en cualquier otro ámbito extraño a los minutos compartidos, e incluso, ha supuesto escenas imposibles e inciertas.

La compañera le ha afeado su falta de confianza, ha dado todo tipo de explicaciones, ha montado en cólera y lo ha mandado a freír espárragos, porque los celos lindan con el insulto y quien los padece debe controlar su brío, tornarse razonable y entender que no todos los hombres del mundo pretenden a su chica, una guapa cuarentona que bordea la esfera de los cincuenta, y que ella, a su vez, no está por la labor de darse al primero hombre que se le insinúe (ni al último tampoco).

De muchachos y de más jóvenes, protestábamos por una mirada furtiva, por la atención especial que nuestra novia ponía en las palabras de otro amigo, por las horas en blanco sin ella, de las que nada sabíamos, por un sinfín de idioteces, a la postre, que sólo nos hacían sufrir a nosotros y a ellas. Nacía todo, desde luego, de un brutal sentimiento de posesión animal, y nada a nuestro alrededor nos sacaba de nuestro yerro, porque la literatura, el cine y la moral de la calle justificaban cualquier desmán en el nombre de esa pasión oscura que ha devenido plaga sanguinaria en estos últimos años.

La maté porque era míarezaba aquella copla salvaje e inhumana, pero aun las leyes permitían la atenuante de la pasión en un caso de homicidio, y las mujeres, sobre todo ellas, porque nosotros no hemos corrido peligro casi nunca, seguían manteniendo la herencia áurea de la honra del hombre, que en los viejos siglos se defendía con la punta de la espada y en un duelo a muerte.

Y, sin embargo, desear el cuerpo y el alma de una mujer y negarse a compartirlos con nadie es tan antiguo como el ser humano; hasta tal punto que constituye casi la prueba del nuevedel verdadero amor, excluido el cariño infinito a los hijos y otros aprecios familiares. Acaso la naturaleza nos impele a buscar a la mujer para engendrar a los vástagos, a los que, sin embargo, no tenemos más remedio que dejarlos ir en algún momento. Algunos animales comparten sus parejas sin prejuicio alguno. Un gallo cumple con su labor solo en un gallinero de varias gallinas, del mismo modo un carnero o un macho cabrío o un toro, como si el asunto de la lealtad entre ellos no tuviese la menor importancia.

Entre nosotros, todo resulta un poco más complicado. Elegimos a una mujer o una mujer nos elige a nosotros, (pues de este modo es como suele ocurrir con más frecuencia) y si ella nos gusta, un lazo especial nos une durante mucho tiempo, en ocasiones para siempre, y ese mismo lazo nos ata a la obligación de no darnos a nadie como nos damos entre nosotros, al privilegio de formar un vínculo casi sagrado, aunque nada tenga que ver Dios con esto, y al orgullo de que alguien nos pertenezca y de que nosotros pertenezcamos a alguien.

Cuando yo era un crío mi abuelo Pascual, que andaba a sus ochenta años enamorado aún de mi abuela María, y así se lo hacía saber en las largas tardes de invierno frente a la chimenea, solía advertirme con sus mejores formas que una mujer era sagrada y que un hombre no debía hacerle daño nunca, si era un verdadero hombre. De este modo pensábamos en el barrio del Castillo la mayoría. Los hombres podrían ser brutos y celosos, pero se vestían por los pies y respetaban a las mujeres, que eran la vida misma, el alma de la casa y la dulzura. Los otros, que también había alguno, no pasaban de ser unos desgraciados hijos de su madre con los que apenas nos tratábamos.

Nos hallamos en estos años confusos y conturbados por la violencia creciente, de lo contrario seguiríamos apegados a unas pocas emociones que nos unen aún a nuestro origen. Y no deberíamos avergonzarnos de sentir celos (o celo, mejor todavía) por la mujer que comparte nuestra existencia, o por el hombre. Sólo el deseo promueve y justifica esta desazón. Y el deseo es vida.