PASCUAL GARCÍA

Ahora que ya se ha ido, casi en silencio, como solía hacer ella algunas cosas, pienso en todos los días que pude bajar a su casa, enfilar el Empedrado, descender aquella cuesta empinada que horas más tarde debería volver a subir,  para pasar una tarde entera de sábado con mis primas, viendo la televisión que por aquel entonces todavía no había comprado mi padre, pero sobre todo para disfrutar de la atmósfera clara y pacífica de la casa de mi chacha Ramos y relajarme junto a mis primas Mari Cruz y Rosa, sentados en el flamante tresillo o en alguno de los butacones del comedor, mientras mis chacho Rubio acababa sus quehaceres de ebanista de primera clase en el taller que había instalado en el bajo.

Han muerto, por desgracia, ya todos, incluidos mis padres, mi chacho Jesús y mi chacha Juana, pero me quedaba el último vestigio de tierna dulzura que representaba mi chacha Ramos. Solo ella era capaz de ponerme una inyección sin hacerme daño, yo que les había tenido siempre verdadero pánico, solo ella mostraba una cierta autoridad moral mezclada con un espíritu moderno, atrevido, juguetón, recatado a veces.

Toda mi infancia había sido el deseo de bajar a su casa y pasar la tarde con ellos, de compartir una manera diferente, más libre y optimista de afrontar la vida, porque mis chachos y mis primas poseían el secreto de la alegría, de la tolerancia y del disfrute; por eso tenían un sofá cómodo y dos butacas, mientras que en mi casa seguíamos sentándonos en vulgares sillas de anea. Eran diferentes hasta en los peores momentos, tanto que sus estancias en la vendimia de Francia no se parecían en nada a las nuestras, y esto último pude comprobarlo el año en que estuvimos juntos en un pueblecito del oeste de Francia bajo el mando de un patrón entrañable que nos hizo la campaña mucho más llevadera.

Entonces pensaba que mi chacha Ramos sería eterna, que nunca se iría de este mundo, que seguiría preparándole a mi chacho Rubio cada día una rica sopa de arroz y un filete de carne, o una sopa de fideos y pescado blanco a la plancha, que él se comía acompañado de un vasito de vino.  Pensaba que seguiría viéndolos rezongar a veces, mi chacho con sus maneras corteses de caballero antiguo y mi chacha con su gracia femenina de mujer de pueblo no sin un cierto grado de sofisticación. Al contrario que con mis padres, nunca me cupo la menor duda de que se querían y de que lo harían para siempre.

Se fue primero él, aunque había sido fuerte como el acero, pero se lo llevó un pasmo coronario, y ella, que ha recibido los cuidados y el amor de sus hijas y de sus nietas, se ha ido apagando lentamente, mientras dejaba de acordarse de todo e iba olvidándonos poco a poco a muchos de nosotros. Rodeada de los suyos, muy querida por sus hijas y por sus yernos, emprendió su último viaje casi en silencio, tan elegante como había sido siempre, sin molestar apenas. Yo tuve la suerte y la ocasión de despedirme de ella este verano, porque como en el caso de mi chacho Jesús, ya sabía que no volvería a verlos.

Durante toda mi infancia y mi adolescencia dispuse de un rincón para ser más feliz que en mi casa; los sábados por la tarde bajaba por el Empedrado, tocaba en la puerta, sentía el olor noble de la madera cuando pasaba dentro, saludaba a mis primas y a mi chacha y me sentaba a ver la película.

Me he quedado con ganas de darle las gracias por todo y leerle este artículo