MANUELA SEVILLA ARNAO

Es el culto a los difuntos un tema que puede parecer escabroso en nuestros tiempos, pero no lo fue así en épocas anteriores, donde la creencia en la vida de ultratumba, el deseo de dejar constancia y perpetuar la memoria del difunto, generaron diferentes manifestaciones de trascender, que en Calasparra tienen su sello particular.

Las primeras noticias que tenemos respecto a enterramientos en nuestra localidad pertenecen a la época Argarica, encontrándose un enterramiento en Phitoi (tinajas funerarias), así como elementos de ajuar funerario de la cultura ibérica y, ya de tiempos de la romanización, el ajuar funerario encontrado en el yacimiento de Gilico. En la alquería de Villa Vieja se han encontrado enterramientos musulmanes bajo las viviendas. En la Edad Media los enterramientos se hacían dentro y alrededor de las iglesias y ermitas. Con la construcción de la Iglesia Parroquial de San Pedro, en el s. XVII, se procedía a la inhumación temporal en su interior, para luego pasar al osario. Aquí se enterraban a los calasparreños, pero no a todos. Los nobles eran enterrados en lugares preferentes en el suelo cerca del altar mayor o en capillas, mientras que el resto de la población lo hacía bajo el pavimento de las naves o en los aledaños del templo, en el llamado “Osario de los pobres”, que dio nombre a la calle lateral que linda con la Iglesia, calle “Osario”,por la que los días de fuerte lluvia bajaban huesos de los enterramientos mezclados con el barro, al igual que por el Callejón de San Pedro. En este osario también se encontraron cuerpos colocados en disposición contraria a la forma cristiana, en las que el difunto tenía la cabeza en primer lugar, posiblemente fueron moriscos de esta zona. En esta época las distintas Cofradías religiosas existentes en Calasparra gestionaban los enterramientos de los cofrades, la cruz, el pendón, las velas que llevaban los acompañantes y las misas pagadas. Destacamos la Cofradía de las Ánimas Benditas del Purgatorio.

En 1787 Carlos III, a través de Real Cédula, prohíbe estos entierros por razones de salud pública. Pero en Calasparra se fue posponiendo la orden e incluso se hizo una ampliación del Osario convirtiéndose en “Campo Santo de San Pedro”.

A finales del siglo XIX se decretó que el establecimiento de cementerios se ubicara a las afueras de la localidad, debido a la falta de espacio y por motivos de insalubridad. En Calasparra se construyó el “Cementerio Parroquial de San Andrés”, situado cerca de Las Pedreras, cuyas obras comenzaron en 1849 y al que seguimos llamando Cementerio Viejo. Tenía forma cuadrada y era pequeño, en la parte frontal una puerta grande, de dos hojas de madera, y encima una inscripción en latín, esculpida en piedra. Al fondo se situaba una capilla rematada con un arco de medio punto, coronado con una gran cruz de madera pintada de negro. Adosados en los muros había varias hileras de nichos coronados por un tejadillo a dos aguas y en el centro un monumental mausoleo, perteneciente a Don Francisco de Urrea y López, natural de Calasparra, que falleció en 1895, de mármol italiano de Carrara con obelisco central, con tres esculturas de las virtudes, el cáliz y la paloma real, que lamentablemente fueron robadas. Alrededor existían humildes sepulturas cubiertas con caballones de tierra y pequeñas cruces de madera. Relacionadas con este cementerio teníamos dos calles que hacen alusión: “Calle del Paraíso” y “Calle de los Muertos”. Sin olvidar la costumbre de la chiquillería de ir al solar, ya abandonado, a rebuscar fragmentos de huesos.

El actual Cementerio Municipal de Calasparra, denominado Virgen de la Esperanza, fue inaugurado el 1 enero de 1930, siendo Alcalde D. Fernando Hervás, quien tuvo la primera contrariedad con el primer enterramiento, un muchacho joven natural de Moratalla, Francisco Valero López, negándose su madre a que fuese el primer enterrado, alegando que estaría muy solo. Su planta cuadrangular se construyó de manera similar a los de su época, una calle principal y cuatro cuarteles, existía capilla y sala de autopsias así como el “Corral de los ahorcados” que es dónde se enterraban a los suicidas y a los niños sin bautizar y otro osario, con restos sin identificar del Cementerio Viejo, y restos de una fosa común de la época de la guerra. Existía la “caja de las ánimas” para aquellos muertos que no tenían recursos, solo se utilizaba para el velatorio y subida al cementerio, después era guardada para otro pobre de solemnidad.

Costumbre del siglo XX en Calasparra, igual que en otros lugares de Murcia, era vestir las camas con las mejores sábanas para que las ánimas vinieran a descansar y las gentes veían los “hoyicos” que dejaban al acostarse en los colchones de borra, tantos como ánimas habían venido. Otra era poner las “mariposas”en aceite para guiar el camino al cielo. El día de los muertos era un día de recogimiento, las mujeres vestían de negro con sus velos y eran momentos de pocos alborotos. Se pasaba todo el día en el cementerio e incluso allí se comía lo poco que se tenía, se juntaban las familias y pasaba el cura, con el sacristán y el monaguillo, diciendo tantos responsos, con hisopo incluido, al difunto como se pagaran, dando mayor prestigio el mayor número. También se celebraría el “alboroque”, tan arraigado en la huerta murciana, aunque aquí, con nuestra peculiar forma de ver las cosas, se decía vamos a echar unos vinos para empujar al muerto al cieloy el brindis era “un empujoncico al cielo por fulano”. El día de las ánimas por la noche, 2 de noviembre, se hacían tres misas seguidas a las seis, siete y ocho por las ánimas del Purgatorio para que encontraran el camino. Como se subía andando al cementerio, las jóvenes casaderas utilizaban el paseo para ennoviar. Ahora hemos sustituido el melón que nos hacían cuando éramos pequeños por el truco o trato de Halloween, con calabaza incluida.

Hay muchas anécdotas que han surgido en el cementerio. Una era la costumbre de comprarse la lápida al gusto antes de fallecer, como el caso de María “la Castilleja” que se la arreglaba incluso con flores o el caso del que fue de paseo al cementerio y al encontrarse su tumba cubierta de coronas y flores, ni corto ni perezoso, cogió un bote de pintura y escribió en la pared “El Puli vive”. Y la del Reverendo que al final ponía “Tu Josefa y tu hija no te olvidan”. Los jóvenes siempre han subido de noche al cementerio con temas de espiritismo y fantasmas, con un toque más de juerga que otra cosa.

Dando un paseo por el cementerio durante estos días se pueden observar tumbas con lápidas significativas. Hay muchas que tienen esculpido un calendario con el día y el mes, hasta un reloj, marcando la fatídica hora. Algunas son verdaderas obras de arte como el mausoleo antes citado o el que tiene un ángel de bellas proporciones, otras como un gran libro abierto con el nombre del difunto escrito en sus páginas para la posteridad, muchas con la imagen de la Virgen de la Esperanza esculpida en alto relieve.

Actualmente el cementerio tiene un proyecto de colocar cuatro columbarios para las urnas de las personas que desean ser incineradas. El sepulturero, D. Pedro López, nos invita a consultar el registro de nombres y tumbas y a resolver cualquier cuestión. Finalizo agradeciéndole la ayuda dada para la redacción de este artículo.

“Yo estaré en cada una de las flores, esperando mi nueva primavera” Epitafio de D. Enrique Rius Zunón.