Pedro Antonio Martínez Robles

Este pueblo nuestro de Calasparra es diferente. Sólo en algunas cosas; pero es diferente. O quiere serlo. Por eso celebra el carnaval cuando ya no es carnaval, sino cuaresma. Aunque esto es lo de menos. Lo que realmente importa es que esa costumbre, instaurada no sé en qué momento ni por qué motivo, ha sido capaz de sobrevivir y acrecentar su fuerza a medida que pasan los años.

Hay un pueblo de España que, por una causa que también ignoro, celebra la Nochevieja en pleno verano, y este evento tiene, tal vez por lo anecdótico, más éxito que el resto de las celebraciones ordinarias de la despedida del año. Pues así debe de ser también en nuestro pueblo, que mientras que en el resto del mundo la gente ya se ha sosegado y vive entregada a las privaciones propias de los preceptos cuaresmales, nosotros hemos convertido el primer sábado de estos cuarenta y seis días de abstinencia en nuestra particular fiesta de despedida de Don Carnal, y lo hacemos, en lo esencial, como todo el mundo, con mascaradas, comparsas, bailes y otros regocijos bulliciosos, como hermosamente nos dicta nuestro diccionario, pero unos días después de lo establecido en el calendario. Sin embargo hay detalles, también hermosos, que las nuevas corrientes acaban por solapar. Frente al único quebradero de cabeza que nos trae hoy la elección del disfraz, que es el de ir a la tienda y elegir entre las múltiples posibilidades que estos establecimientos nos ofrecen, con trajes hechos a medida y pensados para grupos con el fin de evitar las vacilaciones del comprador, se alza tímidamente, con una fortaleza cada vez más débil, la vieja tradición de escarbar en el culo del cofre y estrujarse los sesos buscando una combinación con prendas de ese vestuario que el tiempo condenó hace años y con la que esperamos impresionar a quien nos vea, con la esperanza de que no nos reconozca. Es cierto que participar en la fiesta de las mascaradas, el baile y las comparsas constituyen una aventura, pero tampoco es menos cierto que si escarbamos en el culo del cofre para buscar un atuendo para esa noche de carnaval, no viviremos una, sino dos aventuras.