Francisco Fernández García/(Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz)

El título de este artículo sorprenderá a los conocedores de la imaginería religiosa caravaqueña, ya que en la actualidad no existe ninguna denominada con esa advocación. Sin embargo la imagen que con este nombre recibió culto en Caravaca durante más de 300 años se conserva en otra ciudad de la provincia de Murcia, en perfecto estado, pero con otro nombre.

Actual Cristo del Consuelo, antiguo Cristo de la Buena Muerte de Caravaca

Actual Cristo del Consuelo, antiguo Cristo de la Buena Muerte de Caravaca

Comencemos por el principio de la historia. A lo largo del siglo XVII en una zona cercana al Convento de San Francisco se fueron edificando 14 pequeñas ermitas para formar un Via Crucis, en el cual cada estación se rezaría en una de ellas. En la actualidad solamente se conserva una de ellas, la conocida popularmente como Ermita de la Reja, que pienso que debería ser una de las últimas, la doce (muerte de Jesús en la cruz) o la trece (descendimiento de Jesús de la cruz), atendiendo en el primer caso a la imagen que albergaba la ermita o, en el segundo, a la ceremonia del “desenclavamiento” que se celebraba en la explanada existente frente a su puerta durante la procesión del viernes santo; en ningún caso la última (entierro de Jesús) que correspondería a otra, desaparecida en la actualidad, pero de la que se conservan en el Museo Arqueológico de la Soledad los dos escudos nobiliarios de la familia de su constructor así como una lápida donde se detalla el nombre del benefactor, don Pedro de Alfaro, el de la ermita, del Santo Sepulcro, y el año de construcción, 1691.

Tanto las obras de construcción de cada una de las ermitas como su mantenimiento corrieron a cargo una familia de la nobleza local. La de la Reja fue costeada por el matrimonio formado por don Francisco Muñoz de Otálora y doña Catalina López Muñoz y Díaz de Villalta. Se trata de una ermita de reducidas dimensiones, construida con sillares de piedra, donde destaca la reja que cierra una amplia ventana dispuesta en su fachada principal, sobre la cual se ubica la correspondiente lápida conmemorativa de su edificación así como el escudo nobiliario de sus benefactores. El texto es el siguiente: «A HONRA Y GLORIA DE DIOS N. S. POR SU DEVOCIÓN MANDO HACER ESTA OBRA EL NOBLE CAVALLERO D. FRANCISCO MUÑOZ DE OTALORA REGIDOR DE ESTA VILLA Y Dª. CATALINA LOPEZ SU MUGER. SIENDO PAR. REY DE ESPAÑA DON PHELIPE 3. AÑO 1617».

Este matrimonio pertenecía a la clase social mas elevada de la entonces villa de Caravaca, puesto que él era miembro de la familia Musso Muñoz, siendo el segundo hijo de don Alonso Musso Muñoz que fue miembro del Consejo de Indias, oidor de la Real Chancillería de Valladolid y alguacil mayor del Santo Oficio de la Inquisición y de una de las damas mas ilustres de la hidalguía sevillana doña Catalina López de Otálora y Jiménez de Bohórquez, principal artífice de la fundación del convento de monjas carmelitas descalzas de Caravaca e hija del licenciado don Sancho López Otálora miembro también del Consejo de Indias.

Como ya queda dicho, el matrimonio formado por don Francisco Muñoz de Otálora y doña Catalina López fueron también los encargados del mantenimiento de la ermita «dotandola con 400 ducados de censo para pagar un capellan que dijese misa todos los viernes del año, de la cera, sueldo a Juana Ruiz, para el cuidado y limpieza de la ermita y riego de las oliveras adyacentes». Como imagen titular de la ermita adquirieron una escultura de Cristo Crucificado al escultor valenciano Juan de Rigusteza. Este autor realizó hacia el año 1602 tres versiones prácticamente idénticas de la misma imagen: una para la parroquia de San Miguel Arcángel de Murcia, otra que fue la comprada por el referido matrimonio caravaqueño y la tercera para una población cuyo nombre se desconoce de La Mancha. Sobre esta tercera existe la leyenda de que durante su transporte a la ciudad manchega, el trío de bueyes que tiraban del carro se detuvieron a la altura de Cieza no habiendo forma de que avanzaran más, por lo que la imagen se quedó en la iglesia parroquial de esta población. La realidad es algo distinta, ya que existe un documento fechado en 1672 que atestigua la compra de esta imagen por don Pedro Jiménez, miembro de la Cofradía de la Sangre de Cieza, quien a su muerte la donó a la citada parroquial. Este Cristo de Cieza fue bautizado con el nombre de Cristo del Consuelo, mientras que el de Caravaca lo fue con el de Cristo de la Buena Muerte.

Las tres imágenes estaban realizadas en cartón piedra, lo que facilitaba el parecido entre ellas al utilizarse el mismo molde; una vez seco el cartón piedra se recubría con varias capas de estuco para darle mayor consistencia y finalmente se policromaba. La figura de Cristo aparece crucificada unida a un madero de orfebrería, con la cabeza inclinada al lado derecho y vestida con un tonelete de tejido natural.

Así se mantuvieron las cosas hasta el 9 de agosto 1936 en que la imagen de Cieza, a pesar del gran fervor de que gozaba entre los ciezanos fue quemada, víctima de la barbarie iconoclasta desatada en muchísimas poblaciones en los comienzos de la guerra civil. Por su parte, el de Caravaca fue trasladado en fecha indeterminada a la iglesia parroquial de El Salvador, donde permaneció toda la guerra sin experimentar daño alguno, librándose el día que se produjo el asalto a esta iglesia y la destrucción de algunas de las imágenes que en ella se encontraban.

Al finalizar la guerra los ciezanos intentaron restablecer el culto y devoción a esta imagen y para ello, el entonces Hermano Mayor de la Cofradía de la Sangre, don Antonio García Salmerón, hizo una oferta para comprar la imagen caravaqueña al arcipreste y párroco de El Salvador don Tomás Hervás, puesto que ambas eran idénticas, pero este rechazó la oferta, admitiendo solamente la posibilidad de cambiarlo por una imagen del Sagrado Corazón de Jesús que, según él, era necesaria para la parroquia caravaqueña. Los ciezanos aceptaron y se produjo el cambio.

El 1 de enero de 1940 se redactó el documento oficial de permuta de ambas imágenes. La imagen del Sagrado Corazón de Jesús permaneció algún tiempo en El Salvador y posteriormente fue trasladada a la iglesia del convento de monjas carmelitas de nuestra ciudad, perdiéndole a continuación la pista ya que desconozco si fue una de las que se llevaron las monjas cuando se marcharon de Caravaca o tuvo algún otro destino. A la enviada a Cieza se le cambió inmediatamente la advocación, y tras su restauración por el escultor Juan González Moreno, volvió a procesionar el Domingo de Ramos de 1940.

Y esa es la historia, la imagen del Cristo del Consuelo (antigua del Cristo de la Buena Muerte de Caravaca) sigue en Cieza gozando del mismo fervor y devoción que la primitiva, mientras que en Caravaca nadie puso objeción alguna al cambio, ya que su preocupación se centraba en obtener un nuevo lignum crucis para restaurar el culto a la Santísima y Vera Cruz.

No dudo de la bienintencionada acción de don Tomás Hervás, pero creo que su decisión perjudicó notablemente el patrimonio cultural e histórico de nuestra ciudad, pues cambiar una imagen de principios del siglo XVII, con mas de 300 años de devoción en Caravaca, por otra nueva de mediana calidad solo se justifica por razones religiosas o de ceguera, circunstancias ambas que se daban en la controvertida figura del arcipreste caravaqueño.