José Antonio Melgares Guerrero/Cronista oficial de Caravaca y de la región de Murcia.

La primavera de 1919 (acaba de cumplirse un siglo), trajo el desasosiego y la indignación a Caravaca, a cause de un horrendo crimen perpetrado en la pedanía de Los Royos, que convulsionó la tranquila y apacible vida de la población, y no sólo por tratarse del homicidio de un indefenso niño recién nacido, sino por las circunstancias que rodearon el caso.

El cinco de abril, los niños de la aldea jugaban en la calle tras la salida del colegio, aprovechando el alargamiento de las tardes y la bonanza causada por el sol de primavera. Uno de ellos reparó en un gato callejero que llevaba en su boca una tierna mano de niño, que dejó caer, huyendo sin ella, al percatarse del espanto que la escena causó al grupo infantil. La noticia corrió como reguero de pólvora por toda la población, interviniendo de inmediato el alcalde pedáneo y el guardia municipal “Sr. Muñoz”, quienes al día siguiente se personaron en el Juzgado de Caravaca con la prueba del delito, a denunciar el caso. Ya ambos, la tarde anterior habían llevado a cabo las primeras pesquisas y avisado al comandante de puesto de la Guardia Civil de Archivel “Sr. García”.

Sin pérdida de tiempo se personó el Juzgado en Los Royos durante la mañana del 6 de abril, presidiendo la delegación  el Juez de Instrucción D. Luís Bernardo Fernández, acompañado del escribano habilitado D. Eduardo López de Haro y del médico D. Mariano López Salazar (quien sustituía al forense local D. Alfonso Caparrós Fernández.

Lo que los técnicos encontraron en la discreta pedanía fue un grupo social totalmente convulsionado y receloso, que se deshacía en sospechas y comentarios de todos contra todos y entre el que circulaban leyendas, todas ellas macabras, de sucesos similares acaecidos  en otros lugares.

La investigación no fue fácil pero sí rápida, sometiendo el juez a concienzudos interrogatorios a individuos de distintas familias que, dado su nivel cultural y el miedo, no colaboraron con la Justicia de la forma que hubiera sido deseable. Sin embargo, la pericia del juez, ayudado por la Guardia Civil del puesto de Archivel ya mencionado, no tardó en esclarecer los hechos y poner presos a los culpables.

Se trató de un infanticidio en el seno de la familia conocida como “los Jerónimos”, al parecer tipos “muy extraños y rudos” (según el parecer de las gentes del lugar). Tras quedar embarazada involuntariamente la joven Juana María, de su primo Jerónimo Pérez Sánchez, la familia ocultó el embarazo durante los nueve meses de gestación y, tras dar a luz de manera oculta, y en connivencia con la abuela Concepción Aznar y las hijas de ésta y hermanas de aquella María Jesús y Teresa Pérez Aznar; ayudadas todas por Francisco Pérez Matas (conocido por “el Zorro”), decidieron deshacerse de la criatura recién nacida, a base de golpes en la cabeza del neófito, los cuales le causaron la muerte. Enterraron el cadáver en la cuadra del propio domicilio familiar, junto a una “pesebrera”, donde fue descubierto por algún perro campero vagabundo, al olor de la carne ya putrefacta.

Cuando los asesinos se percataron de lo ocurrido exhumaron el cadáver del pequeño y lo trasladaron a un barranco (¿) distante cinco kilómetros de la población, donde apareció tras las declaraciones judiciales, envuelto en paja. Al decir de los presentes en el momento de la exhumación definitiva, se trataba de un robusto niño al que faltaba una mano (la que delató el crimen cuando el gato jugueteaba con ella), enterrado sólo a medio metro de profundidad.

Ni que decir tiene que todos los miembros de la familia citada fueron conducidos de inmediato a la “Cárcel de partido” de Caravaca, situada en la Pl. de Alfonso XII el Pacificador (sic), así llamada entonces la actual “Plaza del Arco”, donde quedaron en prisión preventiva e incomunicada, a la espera del traslado definitivo a Murcia, donde se pierde la pista a los acusados y donde acaba lo que conocemos de esta truculenta historia.

Tras el exhaustivo reconocimiento médico practicado por el Dr. López Salazar a Juana María, la madre de la criatura difunta, el facultativo situó temporalmente el alumbramiento sobre el día 20 de marzo anterior, procediéndose al crimen inmediatamente después del nacimiento, habiendo transcurrido entre éste y el descubrimiento fortuito por los niños de la aldea poco más de quince días. El Cronista desconoce la deliberación y acusación definitiva del juez, pues su fuente es la prensa de la época y concretamente la información proporcionada por el diario provincial “El Liberal” de Murcia, pero hay que imaginarse que la acusación fue por homicidio premeditado y planificado durante nueve largos meses, en los que la familia de los “Jerónimos” debió sufrir lo suyo hasta llegar a la fatal decisión del crimen.

Ni que decir tiene que en la ciudad, en todos los pueblos del Campo, y sobre todo en la aldea de Los Royos, no se habló de otra cosa durante meses, y que el caso se recordó durante años, existiendo hasta hace poco tiempo personas que oyeron hablar a sus mayores de ello. Pero el tiempo acaba por borrarlo todo y ya nadie, imagino, haya oído hablar (después de cien años transcurridos) de lo que durante mucho tiempo ocupó la mayor parte de las conversaciones de nuestros antepasados, referidas al “Crimen de Los Royos”.