José Antonio Melgares Guerrero/Cronista oficial de Caravaca y la región de Murcia

La Comarca Noroeste de la Región, por su configuración y situación geográfica y su situación fronteriza con otras comunidades autónomas, sigue teniendo una personalidad muy acusada, con matices diferentes al resto de las comarcas que conforman el caleidoscopio autonómico. La vinculación del hombre y la mujer de la tierra con los de otras comarcas del este de Andalucía y de Castilla-La Mancha, y las buenas y fluidas relaciones que históricamente han tenido sus gentes (hechas a sí mismas y con muy pocas ayudas de los lugares de decisión política y económica por su lejanía física a los mismos, y las malas comunicaciones), han creado un sentimiento mutuo de comprensión y afectividad, heredados de padres a hijos desde al menos la Edad Media, siguiendo en muchos aspectos unidos por vínculos que se demuestran en las mismas aficiones y gustos folclóricos y etnográficos.

El ciclo festivo navideño, tan rico en matices, es buen ejemplo de lo dicho hasta aquí, y hay que entenderlo en gran pare de su recorrido, un tanto alejado, en sus celebraciones, del resto de las comarcas de la Región, y de manera contundente de las de la Huerta de Murcia y el Campo y Costa de Cartagena, donde entre otras cosas, el clima y la geografía son diferentes, y como consecuencia también lo son la inmensa mayoría de sus costumbres y tradiciones.

Podríamos aventurar que el ciclo festivo de la Navidad comienza en Moratalla con sus seculares hogueras, que se prenden durante la noche del 7 a 8 de diciembre por toda la población, en lugares tradicionales o de elección moderna, precedidas de la recogida de leña por los niños de la localidad, que a lo largo de todo el día 7 recababan, y siguen haciéndolo con menor intensidad, del vecindario “un palico pal castillo de la Purísima”. Las hogueras callejeras, como festival ígnico vinculado al solsticio de invierno, luego cristianizado, son excusa para la reunión comunal, para el encuentro de los vecinos tras semanas ya de reclusión doméstica por culpa de las bajas temperaturas; y también para compartir, al calor de la lumbre, alimentos perecederos de la reciente “matanza” (del cerdo) doméstica y de los dulces navideños también recientemente elaborados y cocidos en el horno próximo al domicilio de cada cual. También se prendían en esa fecha hogueras en la pedanía caravaqueña de Singla y dentro del programa de sus fiestas patronales a la Purísima Concepción.

Las hogueras siguen prendiéndose en Caravaca durante la víspera del trece siguiente, en esta ocasión en honor a Sta. Lucía, abogada contra las enfermedades de la vista y patrona de modistillas y costureras, con similar desarrollo y explicación, escuchándose en esas reuniones vecinales los primeros “villancicos” alusivos al nacimiento de Cristo, el Señor.

Los días festivos previos a la Navidad y aquellos que se encuentran dentro del ciclo, eran muy propicios para la celebración de bailes domésticos en los que se rendía culto a la música y a la danza tradicionales, sobre todo en los caseríos diseminados por el campo y en los núcleos de población campesina (al igual que hoy tienen lugar encuentros o festivales de cuadrillas y aguilandos). A lo largo de esa tarde, y para evitar la monotonía, durante el descanso de los músicos (todos ellos de cuerda y púa), se celebraban improvisados “juegos de cuadra”, así denominados porque los también improvisados “actores”, utilizaban esa estancia (siempre situada junto a la cocina en la arquitectura doméstica tradicional) como lugar donde cambiarse de indumentaria. Así mismo, a lo largo de la velada tenían lugar otros ingenuos “entretenimientos” en los que se emparejaban o separaban mozos y mozas, con la consiguiente alegría o decepción de los participantes. En algún lugar, a estos juegos se les denominaba “eneros”.

Fecha muy importante en desarrollo y contenido es la Fiesta de los Inocentes, con diferentes manifestaciones lúdicas en las diferentes poblaciones de la comarca, todas ellas heredadas de la medieval fiesta del “Rey Pájaro”, suspendida por orden real en toda España en 1474, aunque la disposición tardó en llegar y hacerse cumplir por los concejos, pues en Caravaca aún se celebraba en 1480, en Cehegín en 1481 y en Mula en 1487.

Las denominadas en los documentos de la época “Alegrías de la Navidad” que motivaron la suspensión de aquel festejo en todas las tierras de España, derivaron y cobraron personalidad propia en cada lugar transformándose en el festejo de “Juan Pelotero” en Calasparra, “Inocentes” en Caravaca, “Los Carcaborras” en Puebla de D. Fadrique y “El Inocente” de Copa de Bullas, entre otras, todas ellas transformadas por la Iglesia Católica al reconvertir aquel bárbaro festejo medieval en otros más llevaderos, organizados generalmente por “cofradías de ánimas” para la obtención de fondos con los que ofrecer sufragios por las ánimas del purgatorio.

Las hogueras se prolongan durante todo el ciclo navideño, con más o menos intensidad según los años y la coincidencia del día de la semana, cosa que para nada influía en las celebraciones de antaño. En Cehegín se prenden por S. Sebastián el 20 de enero, y de nuevo en Moratalla, La Copa de Bullas y Benablón lo hacen por S. Antón (17 de dicho mes). El ciclo festivo navideño se prolonga hasta comienzos de febrero, siendo las fiestas litúrgicas de La Candelaria y S. Blas las últimas en celebrarse con hogueras festivas, en esta última ocasión también en Moratalla, Barranda y, lejos del Noroeste, en El Altipano, en Yecla; conduciéndonos al siguiente ciclo festivo (según la disección de Caro Baroja): ”El Carnaval” (o “estación del amor”).