José Boluda Guillén/Ha sido archivero municipal del Ayuntamiento de Mula

Ilustración: la «puerta de las Casas de la Justicia, en la Plaza del Ayuntamiento, según la recreación de José López Lara».

En noviembre de 1984 quiso la suerte que encontrásemos, en una antigua casona de Mula, una montaña de documentos, generados en los despachos de la Audiencia, también nombrada en los documentos como Las Casas de la Justicia, situadas en la plaza principal de la villa. En este lugar es donde el Alcalde Mayor, nombrado por el marqués de los Vélez –igual que en otras villas de señorío–, tiene su residencia, ejerce el control de la vida pública  y conoce las causas civiles y criminales en primera instancia.

En aquel maremágnum de papeles extraordinarios estaban apilados los documentos que habían sido el resultado de la administración de justicia durante los tres siglos en los que Mula fue la capital de los estados pertenecientes a la familia Fajardo, marqueses de los Vélez desde 1507. La influencia de esta familia en los Reinos de Granada y Murcia nos ha dejado grandes huellas en el patrimonio arquitectónico y documental: en Almería, el castillo de Vélez Blanco; en la capital del Reino de Murcia, la Capilla de los Vélez –una de las piezas más bellas del gótico antiguo–, y en el centro de la Región el castillo de Mula, que durante mucho tiempo, a pesar de su carácter militar, tuvo una importante función de protección del patrimonio documental. La construcción del castillo de Mula en el año 1520 por el primer marqués de los Vélez, don Pedro Fajardo Chacón, es una prueba de la importancia que la familia Fajardo otorga a esta villa en el Reino de Murcia.

Desde finales del siglo XVI la villa de Mula es un importante centro administrativo generador de un rico patrimonio documental. Con más de mil vecinos, según el Libro Becerro (1635) –que traza las directrices de gobierno y administración de los estados de los Vélez–, Mula se consideraba suficientemente poblada para ser la capital del Marquesado. A partir del año 1582, desde esta villa, el gobernador, nombrado por el Marqués, gobierna las villas de Almería y Murcia; el alcalde mayor, como letrado y hombre de ciencia y conciencia, imparte justicia; y el contador mayor lleva el asiento de las cuentas, de los bienes y de la hacienda de su señor. La responsable del traslado de la capitalidad, desde Vélez Blanco a Mula, será doña Mencía de Requesens, viuda del III Marqués, don Pedro Fajardo y Córdoba. Este cambio de rumbo hay que contemplarlo, según dice Raimundo Rodríguez en su libro El camino hacia la corte: los marqueses de los Vélez en el siglo XVI, como un intento de recuperar el poder de la Casa sobre la ciudad de Murcia y su Reino: el traslado del Archivo desde Vélez Blanco a Mula; la confianza depositada por doña Mencía de Requesens en un hombre, Domingo de Zavala, para gobernar sus estados desde la nueva capital y el cambio en la administración de los señoríos; el retiro a Mula del siguiente titular de la Casa, don Luis Fajardo Requesens, IV marqués de los Vélez, donde va a residir casi permanentemente…, todas estas circunstancias hay que entenderlas como un periodo de reestructuración de la Casa de los Vélez, que atañe a Mula como nuevo centro administrativo y capital de los estados.

En 1582, doña Mencía de Requesens, considerando que en el Archivo se encuentra la fuente de todos los privilegios de la Casa de los Vélez, ordena el traslado del Archivo de la familia a Mula y su instalación en el castillo, en una sala de la Torre del Homenaje. Siguiendo a Domingo Beltrán, profesor de la Universidad de Murcia, hubo un tiempo en que el castillo de Mula era considerado el lugar más idóneo para la conservación de la documentación más valiosa de los marqueses por la mayor seguridad que proporcionaba, mientras el archivo de palacio quedaba para los asuntos de gobierno. Por orden del IV Marqués, a comienzos del siglo XVII, se produce un cambio de ubicación del archivo desde la fortaleza a las Casas de Palacio, traslado que posiblemente está relacionado con las obras  de adaptación en la fortaleza de una sala bien acondicionada  para acoger los documentos. Sin embargo, en 1619 solo vuelven al castillo los documentos más importantes (títulos, derechos, privilegios, etc.), aquellos que constituyen la salvaguarda de los derechos del marquesado. En las Casas de Palacio solo queda la documentación más viva, recientemente producida.

A principios del siglo XVIII, el Archivo se traslada a Vélez Blanco donde permanece circunstancialmente, sin desembalar, para evitar que las tropas del Archiduque Carlos en la Guerra de Sucesión pudieran dañarlo. Cuando los documentos regresan a Mula en 1716 se depositan en las Casas de Palacio y ya no vuelven al castillo. La razón la daría veinte años después don Pedro de Casanova, gobernador de los estados de los Vélez, al expresar abiertamente su temor de que en el castillo pudieran ser pacto de las llamas. Hablamos, claro está, de un siglo, el XVIII, en que se inicia el abandono del castillo de Mula y su consiguiente deterioro.

En 1755, el X Marqués, don Antonio Álvarez de Toledo, ordena el traslado del Archivo de los Vélez a Madrid, donde sufrirá las embestidas de la Guerra de Independencia y las inclemencias del siglo XIX. Hasta que finalmente es trasladado a Sanlúcar, en la provincia de Cádiz, donde en la actualidad se conserva el que durante tanto tiempo estuvo guardado en el castillo de Mula como un tesoro de la Casa de los Vélez, y que hoy pasa por ser, con otros fondos nobiliarios a los que se ha agregado, una importante sección del Archivo General Fundación Casa Medina Sidonia, el mejor Archivo familiar de Europa.

Pero volvamos a  la Plaza del Ayuntamiento de Mula, a las casas de la Audiencia del Marqués. Durante mucho tiempo, la imaginación de muchos niños muleños se alimentó de una leyenda que hablaba de la existencia de una sima en el castillo que desembocaba en la Plaza del Ayuntamiento. Nunca supimos dónde terminaba el pasadizo secreto, aunque en el fondo estuviéramos convencidos de la relación entre el castillo y las Casas de la Justicia. De aquí es de donde procede la documentación aparecida en 1984. De la segunda mitad del siglo XVI –sobre todo desde 1582, con el cambio de la capitalidad–, hasta principios del XIX, cuando finalizan los señoríos, se han recuperado noventa y un legajos de documentos, que actualmente forman el Fondo del Marqués del Archivo Municipal de Mula. Se desconoce la razón por la que no fueron enviados a Madrid en 1755 cuando el X Marqués, mandó hacer el traslado del Archivo. Considerados por Domingo Beltrán como un caso particular, afirma que se habían quedado en Mula al albur de las circunstancias históricas. En este edificio –continúa diciendo– se conservaban las escrituras judiciales en las que intervenía el alcalde mayor o el gobernador del estado en calidad de juez de apelaciones. Estos documentos olvidados –denuncias, procesos criminales, ejecuciones de bienes, cuentas, control de establecimientos públicos, etc., como una ventana que se abre después de mucho tiempo,  aportan a la historia un paisaje distinto al que ofrecen otros: aparte de su carácter judicial, de cuando en cuando encontramos documentos sobre la administración de las rentas señoriales: alcabalas, cuentas de millones, juicios de residencia, visitas de tiendas, almazaras, hilanderas, molinos, etc. Todos proporcionan una información generosa sobre el fluir cotidiano de la vida de los hombres, y no solo en Mula, también en otras villas pertenecientes al señorío de los Vélez: Molina de Segura, Alhama, Librilla y otras villas del Reino de Granada.

La sentencia de las Mil Quinientas Doblas, de 1555 –momento en que las luchas entre Concejo y señor están más exacerbadas– es un hito importante en el marco de los pleitos que sostuvieron ambas instituciones reivindicando sus privilegios. Ninguna de las partes quedó contenta, es verdad, pero esta sentencia dio pie a continuas revisiones. Un auto del año 1566, otorga a los alcaldes mayores nombrados por el Marqués la prerrogativa de conocer en primera instancia en los pleitos civiles y criminales. Desde entonces la documentación judicial aumenta de manera exponencial. El II Marqués, en un alarde de opulencia, ordena pintar sobre el arco de piedra de las Casas de la Justicia una inscripción que pone: “IIDO/MAR/QUES”, debajo en una segunda línea, a la izquierda, la corona marquesal, y en el centro el acrónimo con las letras V, I, T, O, R., inscripción que por cierto se encuentra en un lamentable estado de deterioro. Tanto, que es posible que desaparezca si no se acomete pronto su restauración.

Debe ser cosa del destino: durante la Época Moderna los pleitos del Concejo de Mula contra el marqués de los Vélez se suceden sin descanso; hoy, cuando todo parecía estar claro y asumido como algo propio, cuando ya no tiene sentido hablar de relaciones de vasallaje y otras cosas del pasado, cuando hemos recuperado nuestro patrimonio documental, surgen nuevos problemas (aunque de otro signo), y volvemos a las luchas y a los pleitos, esta vez para recuperar algo muy nuestro, el castillo: resurge el afán del Ayuntamiento de Mula reivindicando su patrimonio –que es el de todos los murcianos–, se crea La Plataforma Mula por su Castillo en defensa de la propiedad pública del edificio y su puesta en valor, logrando levantar al pueblo en comunidad y tomar simbólicamente la fortaleza –como ya ocurriera en 1520, cuando el I Marqués fue obligado a claudicar–, y renace la verdadera nobleza de quienes en un gesto de generosidad ceden al erario público aquello que un día les otorgó la gélida ley y que hoy se ha convertido en un emblema de nuestra historia.