Pedro Antonio Martínez Robles

A veces nos ofrece la memoria imágenes muy remotas, en ocasiones como un fogonazo nítido, brutal, inapelable, que nos dice que lo que recordamos fue así y no pudo suceder de otra manera, y otras veces se nos muestran bajo una pátina brumosa, en sepia, si queremos, que nos permiten moldearlas y acomodarlas a ese sentimiento de nostalgia que su ausencia nos produce. Así traigo yo ahora a ese laberinto de recuerdos que es mi cabeza esa figura envuelta en niebla pero cierta de Francisco Miquel Miquel, quizá en sus primeros años de heladero en el pueblo, en que ofrecía sus granizados, su horchata y sus barquillos en un deambular callejero con su carro de helados y aquellas maneras elegantes que siempre le recordaré, las de un hombre entregado con pasión a su oficio, las del artesano que conoce y ama su trabajo y vuelca el alma cuando ofrece sus frutos; así lo vi en más de una ocasión, ya entrado en años pero activo, inclinado sobre un niño, con un polo o un cucurucho en la mano, entregando lo que parecía ser una prolongación de sí mismo, y esa imagen me hace pensar en esos versos de Silvio Rodríguez que tanto me gusta aplicar a cualquier faceta de la vida: “Debes amar la arcilla que va en tus manos, debes amar su arena hasta la locura, y si no, no la emprendas, que será en vano. Sólo el amor alumbra lo que perdura, sólo el amor convierte en milagro el barro”. Y eso es lo que a mi juicio conseguía aquel hombre de maneras afables con la almendra, el limón o la chufa, convertirlos en el milagro del helado y ofrecerlos como quien ofrece un tesoro, con la sencillez de su carro callejero al principio, y con su floreciente establecimiento en el corazón del pueblo después, o casi al mismo tiempo.

Entre finales de los años 70 y principios de los 80 yo tenía la costumbre de tomar una infusión o un refresco casi todas las tardes del año en su heladería, regentada entonces por su hijo Paco, y con frecuencia lo encontraba sentado al fondo del local, pensativo, quizá reuniendo en su memoria lo que había sido su vida, y quizá satisfecho con el resultado de su obra y sus esfuerzos. A veces yo buscaba la proximidad de su mesa y cruzaba con él unas palabras. Siempre he sentido admiración por esas personas que, cuando concluyen su misión en esta vida, entregan su legado con sencillez, se muestran discretas, y no hablan de lo que han hecho salvo si se les pregunta; y así creo recordar también al heladero que a principios de los años sesenta paseaba su carro por el pueblo y consiguió levantar la única y emblemática heladería que durante décadas llenó nuestros veranos con el placer de los granizados, los polos, los cortes o los barquillos de turrón, de chocolate, de nata o de tutti frutti (poco más, en verdad, podíamos encontrar en aquellos años). Una tarde que conversaba con él, se dio cuenta de que miraba una de sus manos a la que le faltaba uno de los dedos centrales, no sé si el corazón o el anular; él también la miró, la movió, y me dijo: “Me falta un dedo, pero no me ha venido mal; me ha servido para liar los cigarros mejor y con más comodidad”. Este fue, en apariencia, un comentario nimio, sin importancia alguna; sin embargo, creo que aquella observación encerraba un rasgo más de su carácter positivo; el de las personas que son capaces de hacer de lo adverso un motivo más de superación y lo consiguen. ¡Quién pudiera!

 

 

 

12 de julio de 2020