Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)/ Francisca Fe Montoya

A los adolescentes, como a mí, les aburre el camino, porque necesitan llegar a alguna parte, por eso no corro ni ando, porque me aburre soberanamente, pues el camino te lleva a algún sitio o no sirve para nada, como si los años me devolvieran a una pubertad permanente, aunque reconozco que he cambiado para bien y he mejorado bastante. Entonces bebíamos para emborracharnos, hoy ni siquiera podemos beber mucho, pero lo hacemos con todos los sentidos, concentrados en cada matiz y atentos a la sensación de cada terminación nerviosa. De muchachos andábamos mucho, porque no había otra, pero lo hacíamos para alcanzar un destino, nunca como deporte o como un ejercicio de relajación.


La aritmética era por aquel tiempo nuestra aliada y la exageración también, por qué no decirlo. Como en el parchís, nos comíamos una y contábamos veinte o al revés, no estoy seguro. Pero se nos quedaba el número, la cantidad como una fijación necesaria para que todo aquello valiera algo. Nos tomábamos cuatro cubatas y echábamos tres polvos sin esfuerzo aparente, aunque lo uno y lo otro no se llevaban bien del todo, y resultaba preferible invertir el orden: primero el sexo y a continuación el alcohol.
La dieta era un asunto de solteronas con opción a novio todavía o de novias ya en capilla a las que debía entrarles el vestido a cualquiera costa, pero nosotros no comíamos más porque se había acabado el jamón o el queso o la longaniza y el pan o porque nos estallaría la barriga de un momento a otro.
El presente era ir de fiesta muy tarde y volver derrengados, sin una conciencia clara de en qué habíamos invertido las ocho horas de ausencia, además de en pegar brincos bajo los focos de una discoteca de una forma desacompasada, proferir alguna brutalidad junto a la oreja de una chica, encajar el bofetón y seguir bebiendo cubalibres de origen desconocido y muy poco recomendable.
El camino no importaba, el camino éramos nosotros y nos salía al encuentro cada día y, en ocasiones, alguna noche, como aquella en que nos marchamos al Somogil pasadas las doce para dormir el resto de la madrugada y la mañana siguiente, todos juntos en una lamentable tienda de campaña y sin más colchoneta que una manta delgada e incomodísima, mientras nos desfogábamos a base de pedos y nos reíamos hasta partirnos la caja, como se dice ahora.
Éramos jóvenes, muy jóvenes y necesitábamos llegar a alguna parte, tocar los objetos de nuestro gusto o los pechos de las chicas, besar sus labios y bebernos las copas de un solo trago, aunque no fuesen whisky de malta ni se parecieran a los maitai que años más tarde me bebí en Bangok o a las pintas de cerveza negra que me tomé este verano frente al mar.
Íbamos deprisa como siguen yendo los jóvenes hoy, sin reparar en los detalles, porque los detalles no importaban ni el trayecto tampoco y debíamos llegar a alguna parte lo antes posible, aunque íbamos andando a la Puerta y al Somogil y a La Casa de Cristo y nos entreteníamos contándonos burradas, obscenidades y chistes malos, y alguna vez nos hacíamos confidencias, a altas horas de la noche y bastante cargados, cuando alguno se acordaba del nombre de una muchacha y de su perfume.
Todo era fugaz, transitorio y volátil, porque la juventud es eterna pero de una eternidad efímera, como es todo lo valioso en esta vida, incluyendo el amor y la felicidad. Pero nosotros no lo sabíamos aún entonces y, por eso, no advertíamos el camino y proseguíamos andando hasta la meta, nos bebíamos la cerveza hasta la última gota y repelábamos el jamón que nos comíamos con el buen pan del Chaparro.
Por eso corríamos, como los adolescentes de ahora, porque teníamos prisa por llegar a algún sitio o, como me ocurre a mí, porque albergo una enorme curiosidad por descubrir lo que hay a la vuelta del camino. Y a eso se le llama esperanza y optimismo. Andar para consumir la ruta y para despejar la incógnita; andar para sorprender la vida en cualquier esquina y no dejarnos amilanar por el tiempo; andar para terminar la partida e intentar ganarla a costa de lo que sea.
Incluso de la propia muerte.