JOSÉ ANTONIO MELGARES

Entre los paseos públicos de Caravaca hay uno, entre los demás, que ha gozado de las preferencias de los lugareños de muchas generaciones y aun sigue siendo el primero en el ranking local. Me refiero al denominado Camino del Huerto, cuyo topónimo nos hace pensar fuera, en origen, un camino abierto a lo largo de parte del huerto, o tierra de labor, del desamortizado monasterio jerónimo que, muy transformado y convertido en casa solariega de la familia Sebastián de Erice en la segunda mitad del S. XIX, alberga en la actualidad la Casa de Cultura Emilio Sáez y otros espacios dedicados a fines diversos (biblioteca, archivo municipal, sala de exposiciones etc.)

Grupo de chicas en las piedras, año 1963

Grupo de chicas en las piedras, año 1963

El monasterio en cuestión se abrió en aquel lugar en 1638 y abría sus puertas principales (iglesia y convento) a la actual Plaza del Templete; y las secundarias al espacio donde se inicia la carretera de Moratalla, de donde partía un espacioso huerto, con aguas propias procedentes de los manantiales de las Fuentes del Marqués. Muchos años atrancadas sus puertas durante la mayor parte del año, motivo el escrito: La Casa Cerrada que en 1950 escribió para la Revista de Fiestas de ese año el diplomático Fernando Sebastián de Erice.

Con la Desamortización de Mendizábal, a partir de 1835, los bienes de los Jerónimos caravaqueños fueron vendidos a particulares en pública subasta, quedándose el Concejo con un espacio paralelo al Río de Las Fuentes al que comenzó a llamarse, como hoy se hace, Camino del Huerto. El inicial y estrecho camino vino a convertirse en espacioso paseo en diciembre de 1930, cuando el Ayuntamiento acordó la expropiación de los terrenos colindantes, proyecto que se materializó a comienzos de 1936, durante el gobierno municipal del denominado Partido Radical, cuyo alcalde a la sazón era el profesor Juan San Martín Gutiérrez. Las obras de ampliación y adecuación comenzaron en enero de aquel año, dotándosele de treinta asientos de piedra jaspe, de las canteras caravaqueñas, que fueron realizados por el cantero Alfonso García García. Desde entonces estuvo prohibida por su superficie la circulación de vehículos de tracción animal y luego los de tracción mecánica, previéndose ello en las propias Ordenanzas Municipales en las que, desde 1895 se aconsejaba en aquel lugar «la compostura, formas corteses y decoro de todo pueblo culto».

El Camino del Huerto corre paralelo, como se ha dicho, al Río de Las Fuentes en su trayecto hasta El Molinico, siendo flanqueado en su lado opuesto por tierras de labor en las que se ha cultivado de todo, según los tiempos, hasta que la fiebre constructora sembró ladrillos que dieron como fruto las discretas construcciones que hoy existen. Durante muchos años se cultivó en ellas el cáñamo que servía de materia prima a la industria alpargatera y aportaba frescor inigualable a los paseantes durante las tardes del estío, además de servir de refugio a escenas de amor cuyos secretos siempre mantuvo prudente. Junto al río y desde el paseo, hay bajantes con peldaños de piedra que sirvieron y sirven de refugio a parejas, y saben mucho de conversaciones íntimas de las que fueron mudo testigo las aguas cristalinas que discurren hasta el Argos. Los árboles que allí crecen tienen todos sus propias leyendas, como la del Álamo Blanco que el escritor Juan Manuel Villanueva llevó al papel en sus Leyendas de Caravaca y Moratalla, y durante los crepúsculos veraniegos y en las tardes en que reina el sol de invierno, las parejas se deleitan en la contemplación del Gigante Todmir que forma la silueta de las montañas en el Oeste, y que inspiró al poeta y cronista local Manuel Guerrero Torres el relato de ese mismo nombre en 1951. También se inspiro en El camino del Huerto el poeta Jesús Martínez Cortés para su composición del mismo nombre publicada en la Revista de Fiestas de 1953.

Grupo de adolescentes en El camino del Huerto. Año 1963

Grupo de adolescentes en El camino del Huerto. Año 1963

El Camino del Huerto que vivimos los de mi generación tenía dos partes bien diferenciadas: la habitada, donde se construyeron en los últimos años cincuenta del S. XX las denominadas Casas Baratas (con el bar de Romera donde se consumían en las noches veraniegas la sangría y las patatas con ajo), y la deshabitada (hasta las piedras) donde la oscuridad, siempre cómplice, fue compañera en noches de luna, de tantos primeros besos, fugaces roces corporales, declaraciones de amor, y promesas, cumplidas o no, según los casos. Como recordará el lector, llegar hasta las piedras en las sugerentes noches del estío caravaqueño, constituía todo un logro para las parejas que iniciaban su relación, pues lo permitido por la estricta e hipócrita moral de la época franquista era hacerlo hasta el citado bar de Romera o, a lo sumo, hasta la maternidad del Dr. Bernal (inaugurada en 1972). Desde allí, cualquier paso adelante constituía un nuevo afianzamiento en la relación de pareja.

Al Camino del Huertonos llevaron nuestras madres por primera vez en sus vientres durante nuestra gestación. Fue el escenario geográfico de nuestros primeros juegos infantiles y de las tardes de novillos cuando, adolescentes, nos fugábamos las clases del Colegio Cervantescon los primeros paquetes de cigarrillos en el bolsillo. De las cuervas a base de vino tinto y trozos de manzana y melocotón, a veces acompañadas de sabrosas sandías, en grupo, durante las noches estivales. De las caminatasde los mayores (unos por prescripción médica y otros por pura delectación en amena tertulia); de lecturas prohibidas, de cavilaciones en solitario y hasta de aprendizaje de alguna lección a recitar poco tiempo después en el aula del recordado Cervantes. Los troncos de sus árboles fueron el primer libro donde escribimos las iniciales de nuestros nombres junto a las de la persona amada, en siluetas de corazón hábilmente trazadas y, finalmente, también fue el escenario donde, el lector puede rememorar sus propias vivencias y recuerdos.

Del camino del Huerto todos, en Caravaca, tenemos recuerdos que forman parte del patrimonio íntimo de cada cual, y otros que lo son del acervo cultural común. Para nadie, sin embargo, el Camino del Huerto es indiferente, y para todos tiene el recuerdo de un día o de un momento entre los demás en la historia común o personal de cada uno