Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Fue un luminoso y templado sábado de noviembre, a la hora de comer, cuando encontré por casualidad una especie de ventorrillo de huerta, la cantina de una conocida peña murciana, que mantenía su ritmo de negocio cotidiano en unas instalaciones permanentes.


La intuición me dijo que me llevaría una sorpresa y el azar, que me había dejado solo por unas horas, callejeando por el centro de la ciudad, me empujó a preguntar por el menú del día. No había nada en concreto, me dijeron, y un poco de todo: de la paella del día había sobrado un plato de arroz con carne y verduras, que yo identifiqué enseguida como arroz bomba de Calasparra y que el misterioso cocinero del interior había sabido impregnar de la melosidad necesaria y de la ternura de todos sus ingredientes hasta culminar en un acabado admirable, delicioso, a pesar de que el arroz no es mi plato preferido, pero reconozco la excelencia cuando se cocina con arte. Me trajeron una cerveza y, más tarde una copa de Luzón, con la que acompañé el crujiente de pechuga de pollo con mostaza de miel y las dos croquetas de jamón, servidos ambos platos sobre bandejas planas de pizarra, al uso de los restaurantes de postín, que en aquel ambiente, sentado a una mesa de patio en la terraza solitaria de la peña, me parecieron dos notas de dignidad gastronómica en un contexto popular, aunque enraizado en la mejor y más sabrosa tradición de la cocina autóctona. El crujiente y las croquetas habían establecido su propio diálogo porque ambas texturas se complementaban a la perfección y el vino hacía el resto.
Habían traído asimismo un plato con tomate partido, olivas de Cieza, huevos cortados en pequeños pedazos, remolacha y sardinas ahumadas, regado todo con un chorro de aceite de oliva virgen y unas gotas de perfumado vinagre de Módena. Una combinación tan fresca y natural como insólita en aquel entorno donde no faltaban las morcillas, las patatas con ajo y la longaniza. Decididamente había una apuesta novedosa y de incuestionable calidad culinaria.
Volví a comprobarlo, mientras recibía el regalo singular del sol de invierno, con el postre: tarta de queso y fresa con mermelada de albaricoque. Nada original, si no fuera porque cada sabor estaba en su sitio y porque todo era originario de la propia naturaleza, sin conservantes ni aditivos ni otras trampas de la química.
El colofón no podía ser otro que un café de olla, alimentado por un chorrico extra de cazalla, que saboreé en el éxtasis del final, mientras daba gracias a mi buena suerte, a mi inexplicable buen juicio de comensal básico y a la intervención del destino aquel sábado cálido y radiante de noviembre.