Juan González Castaño/Presidente de la Real Academia Alfonso X El Sabio/Cronista de la Ciudad de Mula

Como aportación al quinto centenario de la fortaleza que corona la ciudad de Mula voy a narrar las circunstancias de un hallazgo sucedido hace más de cincuenta años, que, sin duda, ayuda a conocer la interesante historia del monumento y de la localidad que lo conserva.

Sucedió un día cualquiera de unos de los años finales de la década de 1960. Varios amigos entusiasmados por el pasado de su tierra,  entre los que se encontraban Ginés Herrera, Francisco José Verdú, Francisco Nicolás, alguno más que no recuerdo y el que esto escribe, andábamos recorriendo la zona exterior de la muralla islámica que sirve de camino de acceso al monumento del siglo XVI. Admirábamos el fuerte tapial con que estaba construida, capaz de resistir el deterioro provocado por la incuria humana y el envite de los elementos durante siglos, cuando nos fijamos en un agujero al pie que no estaba en visitas anteriores.

Se abría bajo una roca de medianas dimensiones y, aunque la sensatez aconsejaba no entrar sin elementos de protección, dado lo inestable del terreno, no había fuerza humana que impidiera que muchachos de quince a diecisiete años se colaran en la abertura, espoleados por la curiosidad. No recuerdo quién se introdujo primero, pero salió pronto diciendo que había una piedra redonda en el fondo, lo que despertó el interés de todos.

Comprobado el aserto, decidimos rescatarla y conducirla al cuarto que, en el Edificio de Falange, nos había prestado el Ayuntamiento para conservar los restos arqueológico que íbamos recogiendo aquí y allá. Desde el primer momento, entendimos que era un proyectil arrojado por trabuquetes o catapultas durante un asedio del que desconocíamos todo. Medía 130 cm de perímetro y su tallado en caliza certificaba que era obra de hábiles manos. Lo normal es que hubiera sido recuperado por los sitiadores para lanzarlo de nuevo, pero lo impidió el quedar enterrado profundamente en el terreno, tal vez por estar húmedo a causa de la lluvia.

Llevamos unos metros de gruesa cuerda y, con maña y paciencia,  exhumamos la piedra de su sepultura de siglos. Poco a poco la fuimos bajando por la pendiente hasta el barrio del Puntarrón y, rodándola por las calles de la ciudad, ante la perplejidad de la gente, la depositamos en el local mencionado. En él permaneció hasta que tuvimos que abandonarlo, por lo cual la dejamos en un cuarto del Matadero Municipal, donde quedó guardada junto con otros objetos de la pequeña colección que deseábamos fuera el germen del futuro museo de la ciudad.

Poco después unos comenzamos estudios universitarios otros empezaron a trabajar y nos olvidamos de las piezas, por creerlas a buen recaudo. Por eso nos molestó que no nos dijeran que el improvisado almacén iba a ser desmantelado para convertir el Matadero en Centro Joven. Los elementos del pasado, recogidos con tanto esfuerzo e ilusión, fueron tirados a la basura, en sentido literal, porque el bolaño fue extraído de un contenedor de residuos por don Francisco Peñalver Aroca, actual director del Museo Arqueológico Municipal de Cehegín, y llevado a esta institución, donde se encuentra en el día, a la espera de retornar a Mula.

Analizando muchos años después en qué asedio pudo haber sido lanzado el bolo, determiné que Mula sólo sufrió dos desde el siglo XIII, el de la toma de la madina islámica por el Infante Alfonso, futuro Rey Sabio, en nombre de su padre, durante la primavera del año 1244, que duró poco, concluyó con la rendición de sus defensores y la integración de la localidad en el reino castellano. Y el que mantuvo Jaime II de Aragón a lo largo de ¡siete años!, desde 1297 hasta 1304.

Durante ese periodo, cercados los muleños, resistieron los ataques de los ejércitos aragoneses, mientras el resto del territorio, incluida la capital, era aragonés desde hacía tiempo. La guerra concluyó con la Sentencia Arbitral de Torrellas, en la cual se acordó la partición del reino de Murcia entre Aragón y Castilla, situando la frontera entre ambos reinos en el río Segura.

En siete años, y con duros combates, no cabe duda de que las máquinas de asedio debieron arrojar muchas bolas de piedra, una de las cuales es, seguramente, la que extrajimos nosotros, rescató el Sr. Peñalver Aroca y pronto volverá a Mula, donde se convertirá en un pequeño jalón, pero no por eso menos importante, de la historia de su castillo en el año en que se conmemoran los cinco siglos del comienzo de su construcción.